Qué fuerte me temblaban las piernas. Había estado nervioso toda la tarde pero en ese momento me temblaron con más fuerza que nunca. La primera vez que me lo dijo no pude decir nada, había entendido perfecto, pero no podía asentir ni levantar la mirada. No quería que lo repitiera pero no tenía fuerza como para mostrarle que con lo poco que me había dicho ya alcanzaba. Entonces lo repitió. Y tuvo el mismo impacto en mi cuerpo como la primera vez que lo había escuchado. En el momento no pude pensar en nadie, ni en mis hijos, ni en mis nietos, ni en mi hermano, en nadie. Tampoco me vinieron a la cabeza recuerdos del pasado ni me puse a pensar en qué tenía ganas de hacer en los próximos días. Solo sentí terror, mucho miedo. Me aterraba tener que abandonar todo lo que yo creía mío, que ahora iba a ser cada día un poco menos mío.
Recién cuando me agarró la mano me acordé que mi hijo mayor estaba sentado en la silla de al lado, él tampoco levantaba la mirada. Nos quedamos los tres en silencio hasta que mi hijo me ayudó a levantarme y los dos nos fuimos. Caminamos despacio hasta llegar a su casa. En el camino me dijo que me quería mucho y que todo iba a estar bien, que no tenía nada de qué preocuparme, que tenía que estar tranquilo. La verdad es que yo nunca fui de quedarme muy tranquilo, siempre me había hecho cargo de muchas cosas y algunas se habían convertido en grandes problemas. Me puse a pensar que en realidad mi vida estaba llena de cosas sin resolver. Todo lo que pasó con mi hermano más grande, mi casa que se venía abajo y nadie hacia nada, mi hermano más chico y todas sus deudas y yo que ya no sabía que más hacer para ayudarlo. Todas estas cargas que durante mucho tiempo pedí que se fueran, que fueran de otro, ahora no podía soltarlas. Eran mías. Me había apegado a ellas con la misma fuerza con la que me aferraba a todas mis alegrías.
Entramos a su casa sin hablar y a la primera que vi fue a mi nuera. Apenas me miró se dio cuenta. Habíamos tenido nuestras diferencias hace tiempo, sobre todo con respecto a la crianza de mis nietos, pero la relación fue cambiando y ahora parecía como que nada de lo que ella hiciera me afectara. Nos abrazamos fuerte y lloré. Si hubiera sabido lo rápido que iba a evolucionar todo la hubiera abrazado todavía más fuerte. Y a mis nietos, que no sabían con qué cara mirarme. Uno de ellos estudia medicina, a veces pienso que puede enfrentar esto desde un lugar más clínico y alejado y que no le afecte tanto, pero después me doy cuenta de que no. Y me pongo contento. Me da orgullo. Pleura. Muy pocas veces me había puesto a pensar en la palabra pleura, y eso que tuve mucho tiempo para pensar, pero igual no me alcanzó. Ahora pienso todo el tiempo en la pleura, en mi pleura y en la de mi familia. Le pido perdón a mi pleura pero ella no mejora. No perdona. Al igual que yo no perdone tantas cosas. Ahora no me quedaba otra que soltar. Y con todo lo que me costaba a mí soltar. Ojalá hubiera empezado antes. Y yo que toda la vida dejé todo para otro momento, recién ahora me doy cuenta de que no siempre hay tiempo.

Felipe Smerdiner