Cuestiones circunstanciales

Mario está en la sala de espera del consultorio 1. Paradójicamente, es el último consultorio, no el primero. La luz blanca y fuerte de la mitad del pasillo no llega hasta ese rincón. Los especímenes que lo acompañan en la espera no se ven desde la puerta de los demás consultorios. “Lo habrán hecho así por gusto”, piensa.

Él sabe distinguir los locos de los que creen que están locos. A los primeros, según su teoría, se les puede distinguir por la ropa. A los segundos, con solo mirarlos a los ojos. Él es de los segundos. Él está deprimido por “cosas circunstanciales”. La señora que tiene al lado, por ejemplo, es de las locas de verdad. Tiene puestas unas botas que parecen pantuflas y lleva una cartera con motivos infantiles. Pero la chica que tiene en frente, no. Ella no aparta la mirada del piso. De vez en cuando mira su celular. Seguro empezó a tener malas notas en el colegio y se inventó una película de tristeza y soledad para justificarlas ante sus padres. Y ahí está ahora. Pero en unos días, cuando los antidepresivos le den insomnio, se preguntará qué tanto de su historia era mentira. Y en unos años, ya se habrá convertido en su personaje.

Mario está deprimido por cuestiones circunstanciales. Su cerebro está bien. A veces piensa que se va a morir, pero casi siempre son ataques de asma. En la calle cree que todos le miran, pero él también mira a todos, así que ellos deben de sentirse igual. Después de comprobar que el buzo no está al revés y que no tiene ninguna mancha de pasta de dientes en la cara, se le pasa.

Le toca entrar a la señora de las pantuflas. Saluda con un beso al doctor. Mario comprueba su teoría: nadie le da un beso a un profesional, solo los locos. Después de ella le toca a él. Ya sabe qué decirle al doctor: que tiene pocas ganas de ir a trabajar y que extraña a su esposa, que no es fácil volver a vivir solo después de tantos años. Espera que le dé un antidepresivo y le recomiende salir a caminar. Ensaya su discurso, porque si lo dice desordenado, no va a funcionar, y puede que el doctor lo derive a un psicólogo. Y él no quiere saber nada de pagarle a un psicólogo.

La señora demora y eso lo desconcierta. Un loco nunca tarda tanto. Ellos entran, el doctor les renueva la prescripción y se van felices de la vida. Los que tardan son los otros, la gente como él, como la chica. Con ellos se puede tener una conversación civilizada sobre lo que los aqueja, y por lo general eso lleva más tiempo. Hablar con un cuerdo es más difícil que hablar con un loco.

La señora ya lleva 15 minutos. Mario detesta la espera, y más si hay gente alrededor. No hay cosa que odie más que las paradas de ómnibus, los semáforos, las filas para pagar recibos, las filas para levantar medicamentos, la fila de la caja del supermercado. Ahora también odia la sala de espera. La chica lo ha mirado ya dos veces. Mario olvidó su celular, no puede mirarse en el reflejo de la pantalla. No está seguro de haberse lavado bien la cara antes de salir. Piensa en ir al baño a fijarse, pero si se levanta, todos lo van a mirar. Prefiere bajar la cabeza.

La señora sale. Sí, está loca porque sale feliz. Nadie sale feliz del psiquiatra.

“Son cuestiones circunstanciales”, dice Mario. El doctor lo escucha pero no anota más de dos o tres palabras. Espera a que Mario termine de hablar. Le pregunta si ha tenido pensamientos suicidas. Mario no había incluido los pensamientos suicidas en su discurso. Se pone nervioso porque sabe que los psiquiatras se dan cuenta cuando sus pacientes mienten. Pero él está en su sano juicio. Lo puede engañar. Le dice que no, que hace tiempo que no piensa en matarse. La última vez fue “aquella vez”, en la que era lógico pensar en el suicidio. En esa situación, no podía pensar en otra cosa. Su esposa había dejado de existir de un momento a otro, en la misma habitación que él, y él no podía recordar qué había pasado. Le repite al doctor que no, que desde entonces no ha tenido pensamientos suicidas. Que está triste porque es invierno, no ha salido el sol en tres días y eso le afecta mucho. “Las circunstancias”, le repite.

El doctor sigue sin escribir. Mario se da cuenta de que su historia no ha funcionado. Ya no hay vuelta atrás. Intenta recordar el número de su último psicólogo. Empieza a hacer cuentas mentales, a pensar cómo repartir sus gastos ahora que tendrá un gasto extra. El doctor no ha dicho nada. Pero baja la mirada, ve los pantalones de Mario y sonríe. Mario le pregunta por qué. “Porque vino con el pantalón del pijama”, le responde.

Delfina Milder