No sé qué hago escribiendo esta carta, nadie la va a leer, mucho menos vos. De todas formas me siento, arranco una hoja y te escribo una prosa; porque siempre me hizo bien hablarte, porque hoy nuevamente no puedo dormir y porque ya me cansé de intentarlo.

Ya sabés que Buenos Aires siempre fue una ciudad gris para mí. Me invade una nostalgia espesa y violenta de algo que nunca viví, o quizás lo hice en otra vida como me decías vos a veces, uno nunca sabe. Capaz que me trae demasiados recuerdos de una infancia que hoy parece tan lejana y fugaz, y no quiero lidiar con ellos, con tu imagen borrosa, con el paso del tiempo. Sí, claramente es eso. Por eso no pude venir estos meses, ya me conocés, siempre huí de los enfrentamientos hasta conmigo misma, espero sepas perdonarme. Pero ayer finalmente me obligué a venir a buscar tus cosas, a buscar lo dejaste, a buscarte a vos.

Yo sólo me animaba a venir porque vos eras un rayo de sol en esta ciudad nublada. Caminábamos por Florida, volvíamos al cine donde conocimos las películas, nos tirábamos al sol en el pasto de Recoleta, sacábamos fotos analógicas en La Boca como turistas, me cocinabas, me aconsejabas, me cuidabas. Pero ahora que estoy acá y no estás vos, ese color gris que tanto se parece a la nada me duele un poco más con cada paso que doy en estas calles. Me siento minúscula y vulnerable.

Salgo al balcón a fumar el último cigarro de la noche y me veo al borde de un babel de edificios desordenados, bocinas apuradas por llegar a casa, corazones rotos llenos de rabia y soledad, pero sobre todo y a pesar del caos, silencio. Un silencio que aturde, tan espeso que se siente en la piel.

Observo a la gente en el interior de sus apartamentos, mirando la tele, estudiando las pantallas de sus celulares, leyendo las noticias, hundidos en sus vidas, ajenos al resto, al exterior, a mí. No me siento parte. Las ciudades grandes me asustan, me agreden, sobre todo Buenos Aires. Acá soy una en un mar de millones y millones de caras donde antes por lo menos sabía que estaba la tuya, pero hoy son todas desconocidas, sin nombre y sin piedad.

¿Y qué hago yo ahora con este apartamento viejo y triste? ¿Cómo le pongo precio a mis memorias? Si yo ya sé que no voy a volver. Si yo ya sé que aunque me duela mucho más de lo que sé escribir, vos no vas a volver, y no vas a estar esperándome en Retiro cuando venga, quejándote de lo tarde que llego a todos lados.

Si esta ciudad ahora es gris para siempre.

 

Martina Vilar del Valle