Los únicos socialistas, los ya últimos rezagados lectores de novela negra y los más dependientes del café no superaban, en este caso, los doce años.

Todas las tardes, justo cuando caía el sol y sonaba la hora donde se caían las máscaras, El grupo de la Crisálida se reunía en la playa Ramírez a trazar las directivas de una eminente revolución, liberar al conocido “energúmeno del pozo” el próximo miércoles 27 de Junio y al fin recordarlo.

Paquito llevaba esa tarde sus típicas y algo sucias botas de cuero que tanto gustaban a las chicas de trenzas que fumaban sus tabacos de tutti frutti en los ya olvidados “callejones sin salida de la memoria”. Pese a notar el interés femenino Paquito apuró su paso y se dirigió hacia donde el sol se estrella pisando fuerte el reflejo del cielo que la lluvia había dejado en el suelo amargo. Bajo el brazo izquierdo llevaba el mapa robado al Grupo de las Hirudineas,  los chicos de la bandera rosada que habían dado el golpe en la escuela número 33 mientras las maestras no miraban, esas maestras que ya no lo enseñaban porque las habían obligado a olvidarse, como a todos.

Cuando por fin llegó pudo ver la flácida panza de El Jordán moverse bajo la remera de los Rollings como una frágil nube atrapada en una bolsa de nylon mientras corría hacia él. Los cuatro chicos sentados en una roca alzaron las manos y le dirigieron un saludo de puños alzados.

-Paquito, a que no sabes, vení rápido, no hay tiempo.

-Encontramos este documento.

-A ver, pásalo Georgiño.

25 de junio- El energúmeno del pozo está muerto o ha escapado. Se emite la alerta roja y se recomienda circular con extremo cuidado hasta que no se establezca la defunción del sujeto o, de lo contrario, su necesaria captura.

-¿Dónde consiguieron esto?

-La Toti besó en los labios al Guapito y el tarado abrió la boca.

-Bien, ¿cómo piensan continuar? ¿Pulga?, ¿alguna idea?

-La zona seguro está vigilada Paquito.

-Es cierto, creo que lo mejor va a ser atraer la vigilancia hacia otro lado.

-¿Y cómo vamos hacer eso?

-Ya tengo la idea Jordán, pero aún no la tengo.

-¿Cómo que no la tenés, la tenés o no la tenés?

-Porque no habrá idea más que la idea de creer tener una, de que ellos lo crean.

 

Subí las escaleras de casa rápida pero silenciosamente así mamá no oía crujir mis botas.

-Paquito, vení a merendar, tus esfuerzos fueron inútiles, difícil es engañar a una madre.

-Bueno, ya voy.

Bajé las escaleras como un trompo dando las últimas vueltas antes de desplomarse por la injusticia de la naturaleza.

-Te preparé un café bien negro, tal y como te gusta, así que haceme el favor de sacar esa cara de quien no quiere la cosa.

-Gracias mamá. ¿mamá?

-¿Qué hijo?

-¿Vos conociste al energúmeno del pozo?

-¿Y éste tema de dónde salió? No podemos hablar de eso acá, además ya no lo recuerdo.

– No, no, lo sé, es que tengo curiosidad.

– La curiosidad mató al gato Paquito, además, en los tiempos que corren, lo mejor es asentir y creerlo.

-¿Siempre fue así? ¿Y cuando eras adolescente?

-Nunca lo fui, o al menos no lo recuerdo.

-La mamá de Georgiño dice lo mismo.

-¿Qué cosa?

-Que nació así de grande, o que al menos de grande le nació el recuerdo. Pero la mamá del Pulga se acordaba de algo que nunca pudo decir porque le pesaba tanto el presente que tuvo que soltar el pasado para poder andar sin que le doliera la espalda.

-Lo bien que hizo. Paquito, estás muy fantaseoso, ¿tengo que quitarte de nuevo esos libros?

-No mamá, no por favor.

-Bueno está bien, pero vos bien sabés que esos libros son los que no se pueden leer y que si los tenemos es por…

-Porque eran de papá.

-Porqué, ya ni lo recuerdo.

-Pero Teresa, recordá!

– A mí decime mamá.

 

Volví a subir las escaleras, esta vez como un torpedo. Cuando entré a mi cuarto empapelado con dinosaurios y guitarras eléctricas me dirigí hacia el escritorio de vidrio en busca de mi agenda. Me distraje por un momento al observar el somier de dos plazas que ocupaba casi todo el cuarto, ese lugar que había sabido compartir con tantas a quienes había creído amar con locura pero que luego del adagio del rozar, que era como si fuera cosa de vida o muerte, ese baile, luego de adentrar y llegar al punto  en que parece que no se sale que se está y se quiere estar así pegado para siempre, ese momento en el que mi mano se expande y se adentra en la mano de ella, ubicando los dedos en el espacio exacto que dejan sus dedos, ahí, cuando creemos que el amor es para siempre y que la sola, única palabra que queremos pronunciar es un nombre, luego ya ni lo recordamos.

 

Teresa y la segunda vez que hicimos el amor.

 

En la agenda escribí breve y conciso las siguientes palabras que dejé la mañana siguiente en el pupitre del guapito, el hazmerreír de todos los grupos:

 

Tenemos al energúmeno, ya el olvido dejará de ser lo perdido en nuestras cabezas, publicaremos las reminiscencias en El Día.

 

Para cuando sonó la campana del recreo se había declarado ya el estado de guerra. José Franco, el líder de las Huridineas, había desempolvado las hondas y las pequeñas piedras y mientras las maestras no miraban, o no querían mirar, se llevaron a algunos de los nuestros, incluido Georgiño, pero yo, nosotros sabíamos que era el precio a pagar para liberar al energúmeno del pozo, o al menos encontrarlo.

Los 30 días que siguieron al 27 de junio fueron días turbulentos en la escuela. Los exámenes de matemática se juntaron con la guerra infantil que se había declarado y cada día, agradecíamos el poder llegar a casa a salvo para cerrar los ojos sin que este sea un acto que dure para siempre. De Georgiño no supimos nada durante todo ese tiempo y del energúmeno del pozo no pudimos encontrar pista. Parecía que nada bueno sacábamos en realidad de la guerra, pero no podíamos parar, de alguna forma nos habíamos vuelto adictos a intentar tener todo bajo control.

El primero de septiembre se llevaron a la bebota que yo le había regalado a la Toti durante el recreo, cuando encontramos sus ropas tiradas en el suelo ardiendo ella se desplomó en llantos; cada lágrima que derramó la sentí mía, la sentí mi culpa y yo ya había provocado las lágrimas de la Toti, la mujer que más había querido en la vida. Decidí que todo debía terminar y reuní a la Crisálida.

 

-Es necesario detener la guerra.

-No podemos Paquito.

-Se llevaron a Lucrecia, La Toti está desconsolada.

-Y también se llevaron a un centenar de muñecas y de trompos

-Se llevaron a Georgiño.

-Y también se llevaron a Pico, al Lagaña, a la Mafalda y a un tal Lucas.

-Por eso, tenemos que terminar con esto.

-Paquito, estás siendo egoísta, a vos solo te importa lo tuyo, La Toti, no viniste con estos reclamos cuando se llevaron al Lagaña.

-Yo no sabía.

-Sí sabías, sabías que era el costo, y estabas dispuesto a pagarlo, pero ahora que te toca directamente…

-Por favor, podrían pasar 12 años  más así.

-Lo siento, estamos cerca de hacernos con el mando.

-¿Y el energúmeno del pozo?

-Y qué importa, ¿vos creés en eso?

-Por supuesto, él es el único que se acuerda de lo que pasó aquel año.

-Y para qué queremos recordarlo, ya pasaron 12 años de lo que ya nadie recuerda.

 

198 y se me duerme la lengua de tanto que me la han asechado.

 

Luego de la charla corrí bruscamente hacia mi casa y cuando estaba por abrir la puerta me jalaron de los pelos.

 

Amanecí en un lugar húmedo y oscuro, había mucho olor a tierra mojada, era el insoportable olor que seguro agobiaba a los cadáveres cada minuto. Creí sentir una voz una vez, pero luego ya no oí más nada. Miré mi cuerpo y estaba todo golpeado, no sentía las piernas y tenía como la sensación de un hambre y una sed que ya eran tan viejas que casi se oían como un susurro. Toqué mi cara y tenía una barba espesa pero ya no tenía esperanza, Lucrecia estaba muerta y Teresa tendría que criar a Paquito mientras yo seguía vivo después de muerto en este pozo desde donde vi los fuegos artificiales que recibieron a 1986.

Doce años después, sigo muerto pero intermitente, carne o espectro, saben mi nombre aunque los obliguen al silencio.

 

Lotto Ploth