Esta es la última vez que te escribo, que te describo y te rememoro. La última
en que te haga fragmento, te analice, te interprete y te proyecte… tan sin
vos.

Y entre tanto, me ahoga, me abruma, me aplasta, bien ahí en el pecho. Raro
vínculo existente entre la emocionalidad y algunas expresiones orgánicas.

Me inhibo y me convenzo. Racionalizo mi emocionalidad. Sonrío lo intento.
Relativizo el todo, ayuda algo ayuda.

Me estanco, esta es la última vez que te narro, que las palabras me
remiendan, porque se llevan un algo incuantificable, que ni siquiera puedo
enunciar. Me contradigo una y otra vez, me evito a mí misma ¿Qué tan
misma?

Lo pienso mientras tomo vino… ¿la misma? Me encierro, pilares caen los
que suponía firmes, seguros, eso que sostenían la estructura, me rompo, me
rajo.

Sonrío expulsando el humo, aun siento el sabor de la lágrima en la comisura
de mis labios. Busco el encendedor, siempre lo mismo, lo pierdo no lo
encuentro.

Me extraño de mi extrañamiento, me sumerjo, me interpelo y a lo lejos
recuerdo que está es la última vez que te evoco, y desaparecerás de mi
cotidianeidad como los cuadernos de doble raya en los cuales tenía que
escribir prolijas letras cursivas, en aquellas palabras y en estas, que sanan
pero no transmiten.

Por eso escribo, por el afán de encontrar palabras que me transcriban… ¿Qué
tan misma?

Ya recuerdo. Esta es la última vez que te siento en carne viva, que te
rebobino en mi mente y alma, porque ya no me encuentro, rareza y
extrañeza.

Te lloro, me lloro, pero más a la inocencia perdida. Esta es la última. Tal vez,
encuentre un destello en la luna cuando proyecta su mejor fase. Pero sé que
a “aquella” ya no la encuentro, voy sin “esa” mí misma, se disipó como el
humo que hace un instante salía de mi boca.

Yami Capurro.

 

Dibujo de Gimena Vargas