No era una mansión pero no estaba mal. La primera impresión de la casa era la que causa cualquier cosa cuyo grado de necesidad obstruye la visión sobre su grado de deterioro. Ella había crecido sin mucho afecto, casi lo mínimo como para tener ciertos valores y la capacidad de querer. Creció en una casa más o menos como ésta, pero que no era un hogar, cosa que si esperaba que fuera para su hija. Era más bien un cenicero.

La crianza que recibió le enseñó más que nada a resistir y ser fuerte incluso en las peores condiciones, pero decidió que ya no podía tolerar más ciertas cosas, que su hija no pasaría lo que ella pasó. Esa casa era necesaria.

Su capacidad de amar, era más bien y paralelamente, otra necesidad. Amaba a su hija por sobre todas las cosas, con ese amor protector, de madre. Ese sentimiento inexplicable, irracional, injustificado, de amar dando todo siempre. Por eso quizá, no soportó aquella repudiable escena que solo una bestia podía ejecutar. Semejante ira desatada contra una criatura incapaz de defenderse, ¿había algo más triste que ver los ojos de esa niña y la impotencia ante la injusticia? Los gritos, las palabras… y lo peor; amaba casi de la misma forma a la niña que a la bestia. O la había amado.

En el hotel, antes de buscar una nueva casa donde olvidar lo suficiente como para no sufrir pero recordar lo suficiente para no perdonar, le vino a la memoria una mancha, una sombra que tenía borrada y que había oscurecido su infancia. Siempre amó los animales, en especial una perrita que había encontrado una tarde gris, en compañía de su madre, y que a pesar de los reproches de ésta llevó a su casa a escondidas. Su madre sabía lo que hacía cuando se negaba a permitirle la estadía, aunque fuese temporalmente. A su padre no le iba a gustar.

El episodio que puntualmente recordó, fue la crueldad de esa bestia al descubrir a la perrita. La furia y la locura con que su padre revolvía los roperos de su cuarto hasta encontrar la fuente de ese llanto hiriente. Ciego de ira la arrastró sin importarle el frío ni la lluvia al patio trasero de la casa, las tres lloraban desconsoladamente; la perra lloró encontrando su fin, ella lloró por la perra, y la madre por su hija. Intentaba taparle los ojos y oídos, evitarle la imagen de su padre lastimando sin piedad al animal, palo en mano, golpeándola hasta que lo chillidos cada vez más amorfos, como los huesos, cesaran con la muerte.

Dejó caer una lágrima sobre las páginas de la guía. Así como aquella noche no pudo dormir, esa noche no pudo buscar una casa. Sin sacar la mano del teléfono se secó la lágrima y pensó en llamar a su marido. Y el silencio fue interrumpido por su hija:

– No llores, quizá me lo merecía… Quizá no estaba haciendo bien. – dijo la niña, con la inocencia más desgarradora. Todavía tenía la cara colorada.

– No mi amor, no digas eso. No tenés la culpa de nada. – Contestó con igual dulzura la madre, antes de darle el abrazo de buenas noches.

Las palabras de la niña le habían destrozado el corazón hasta la más última fibra, pero contuvo su angustia para no hacerla sentir peor. Durante el abrazo pensó que no podía darse el lujo de amar a aquel hombre y tuvo la lucidez para ver el deterioro frente a la necesidad. La niña sin embargo le preguntó cuándo volverían a casa con su padre, y ella le explicó que se tomarían unas vacaciones juntas, algunos días.

A la mañana siguiente tuvo las fuerzas de un día corriente y no hubo un solo momento de tristeza para nadie. La niña desayunó junto con ella en el hotel, luego, en la habitación, llamó para ver la casa.

No era una mansión pero no estaba mal, le recordaba a la casa de su niñez. Ya estaba amoblada y la cocina era tan parecida a aquella cocina donde ella ayudaba a su madre que casi podía verla junto al horno. Su hija estaba tan feliz como ella, estaba guardando su ropa en los cajones del mueble de su cuarto y parecía haber olvidado lo pasado.

Todo quedó en su lugar esa misma tarde. De noche cenaron después de preparar la comida juntas. La niña se acostó en su cama y se durmió inmediatamente, su madre terminó las tareas de la casa. Al apagar la luz y cerrar las cortinas se sorprendió con el trueno que dio inició a la lluvia. Se fue a acostar, y apenas apoyó la cabeza en la almohada el llanto agudo y estremecedor de un perro la hizo paralizarse y abrir los ojos, con ese miedo que no deja hacer nada, como un instinto de simplemente quedarse quieto y pasar desapercibido ante lo que aterra.

Poco a poco se calmó, el llanto se fue perdiendo en el sonido de la lluvia y el sueño la fue cubriendo.

Al otro día, la hija relató en el desayuno que soñó con un perrito llorando, y alguien que desordenaba sus cosas y tiraba la ropa fuera del mueble. Justo después de eso comenzó a oír el llanto del animal. A la madre el relato le calló como un baldazo de agua helada. Busco consuelo en la razón, se lo atribuyó a la casualidad, una pesadilla producto de los malos tratos de su esposo.

Las cosas empeoraron y ya no pudo mantener la calma esa noche al escuchar de nuevo los aullidos del perro, que no dejaban de recordarle a la perrita que murió antes de tener siquiera un nombre. No pudo creer lo que veía por la ventana. Una sombra, una figura masculina, golpeaba salvajemente a un cachorro, y no era una pesadilla. La angustia era total y real.

No pudo terminar de contemplar ese espectáculo y al girar para meterse en la cama todo volvió al silencio. El perro ya no lloraba, y al ver por la ventana de nuevo ya no había nada. Pensó que era un truco de su mente, un producto de la tensión y a la vez que lo había vencido. Ya estaba superado. Pero en el fondo, el miedo le ganaba. En el desayuno no se lo mencionó a su hija y con naturalidad la invitó a recorrer el barrio y presentarse a los vecinos.

La niña buscó sus zapatos y ella abrió el ropero para darle lo que necesitaría para vestirse. Vio que un vestido estaba tirado en un rincón del mueble y al tocarlo, notó para su sorpresa que estaba tibio. Se lo puso y lo dejó acá, pensó, pero el miedo se apoderó de ella cuando vio los pelos, gruesos, distribuidos en sus manos y en el vestido. Ya no podía pensar ni decirse que todo estaba bien, que eran recuerdos, pasado dejado atrás. Pero lo peor fue la exclamación de su hija;

– ¡Mamá, cuantos pelos tiene ese vestido!, ¿hay ratas?

Su hija lo estaba viendo, no era una alucinación.

Se detuvo un momento y cambió su cara de pánico para responderle, aun con la voz un poco quebrada;

– Creo que sí, hay que lavar este vestido.

Se recuperó un poco, respiró. Tal vez sí, solo eran ratas.

Fue al baño, se calmó mirándose al espejo y le habló a su reflejo;

– Son ratas, hay que calmarse, anoche pude superarlo y hoy también. Está todo bien.

Se lavó las manos y se refrescó la cara, se escurrió el agua de los ojos y cuando los abrió vio en el espejo, nítido y brutal, la imagen de su padre. Dio un paso atrás, en silencio y siempre mirando a los ojos aquella imagen. Y de pronto perdió el miedo, la siniestra aparición de su padre repitió las palabras de aquella noche de lluvia y de muerte;

– No llores, hice lo que tenía que hacer. No pasa nada.

Reaccionó unos segundos después, respiró hondo, se tranquilizó. Secó su cara y salió a recorrer el barrio, como si efectivamente no pasara nada.

Por la noche, se quedó dormida en el sillón. Su hija en el cuarto no hacía un solo ruido. De pronto comenzó a soñar, estaba parada en la puerta del fondo y veía una especie de cuerpo, parecía una mujer. Golpeaba a su hija, mientras se escuchaba el llanto endemoniado y estremecedor de un perro.

Un vecino se despertó al escuchar los gritos en el fondo de su casa. Salió afuera y se le revolvió el estómago al ver a la nueva vecina golpeando el cadáver de su propia hija. Apenas pudo hacer un sonido, un grito que se ahogó en la desesperación y no pudo sonar como tal. La madre se detuvo de golpe, sobresaltada, y se aterrorizó al ver sus propias manos llenas de sangre, el cuerpo muerto de su hija. Ya no era una pesadilla.

No consiguió agacharse a intentar reanimarla cuando de pronto se enderezó, giró despacio y con la cabeza baja mirando amenazante al vecino atónito, sus ojos parecían los de un animal.

– No llores, hice lo que tenía que hacer. No pasa nada.

Sonrió siniestra, fría, no era ella. Parecía una bestia mostrando los dientes.