Siempre me gustó el parque Rodó…su variedad de verde, el olor a eucaliptos, los pedacitos de arte desparramados en toda su extensión, su cercanía a la playa, las fuentes en donde “los pobres” aprovechaban para bañarse en días de calor y lograban escandalizar a mi abuela, sus veredas en donde probar la bici, el patín o la patineta que te trajo papá Noel, y no olvidar, el célebre lago de las lanchitas.

Al principio estas eran un tanto sobrias, con colores añejos y unos grandes números atravesados; si bien, siempre había alguna más colorinche que lograba llamar tu atención, y así deseabas, con toda la fuerza del mundo, que te tocara esa. Inclusive, a veces, si tenías suerte y había poca competencia, los empleados hacían un buen gesto y te dejaban elegirla.

Allá por el 2008 el gobierno se polentió y permitió que las manos de artistas les renovaran la vida. Y 5 años después, a modo de brecha justa para hacerse los que promueven el oficio, se copiaron la idea, mas, esta vez hasta implementaron unas con forma de cisne, carajo.

Habían otras lanchitas más planas, y bastante más inseguras, que funcionaban a lo cual esas bicicletas donde casi que vas acostado. Yo los creía reservadas para novios y me imaginaba de “grande” en uno de esos, feliz como una polla, con mi enamorado- bien a lo fantasía Disney que nos alimentan por sonda a todas las nenas-. Já. Otra ilusión que me cagó la vida. Al parecer predije todo menos olvidar ser montevideana, y dicho sea de paso, persona, y que existen otros parques más allá  del de la esquina.

Capaz, si algún día pierdo enteramente la cordura puedo instalarme por esos actuales huecos, con un colchón inflable, y brindar todas las noches por la desilusión con un buen whisky de ANCAP, si es que me dan los fondos para tal lujo.

Tenías media hora de paseo, o  algo así.

Te despedías con puro impulso, sin saber bien a dónde dirigirte. No había camino pautado más que explotar la espontaneidad. Va, salvo apostar a la hastiada dependencia y adoptar a los de adelante como lazarillo.

A los lejos veías al castillo- hoy todo graffiteado- y más tarde, en el camino de la selva, el pabellón de conciertos – actualmente en posible peligro de derrumbe. El fondo develaba más islotes artificiales, si bien no más que el propio lago, entre los que se escondía un apartamento de pájaros que seguro ahora pasó a albergar arañas.

Me acuerdo, también, que cerca del punto cero, en verano habían unos chorros que se disparaban desde abajo del agua para agregar a la sorpresa de hada y refrescar a todo sufrido infeliz.

El viaje era a pedal, lo cual justificaba el libre uso de los descansos para husmear alrededores – si bien siempre en esa obligada rigidez a fin de evitar ahogos-, o delegue del trabajo, en general costumbre, al adulto próximo. O,  en otra vertiente del sistema, podías emprender carreras con la lancha amiga del costado.

A la salida te despedía un paradorsito-  se ve que algún fanático de Adam Smith se la jugó bien y le copio la estrategia de la buena ubicación a los yanquis-. Lo que más llamaba mi atención de este era lo que en aquel entonces parecía un gigantesco cartel de helados Kibón, con ese logo de un amorfo corazoncito rojo cuyo diseño me costó entender, debido a complicaciones personales – es decir, a veces soy idiota, o quizá con una percepción distorsionada-  A la emoción azucarada de todo niño, se le sumaba que era una marca que no conseguías en todos lados, no sé muy bien por qué. Mis favoritos eran unos fucsia moldeados en formita de tabla de surf y etiqueta de “sabor frutilla”. Ahora que pienso, doy créditos a esa publicidad por forjarse en mi memoria, porque, si bien era parte de una audiencia impresionable, llevaba un mínimo de trabajo destacar, de entre la multitud, lo que era un palito de agua cualquiera, capaz con la sola excepción de estar bañado en más saborizantes y colorantes.

Una vez vuelto a sus pies, uno podía visitar los anexos más tranquilos, angostos y no accesibles con la lanchita, del lago. En su momento tenían vida, asique en la parte en donde cruza un pequeño puente, ahora condenado a la decadencia, recuerdo que una vez dejamos libre a un pez de mi hermano. No sé bien de dónde salió, si lo compramos o fue un envío de algún dios. Solo sé que se llamaba Dory -súper original, sí- y que en un arrebato caníbal, la comida ya no le saciaba el hambre y  se volcó a comer a sus vecinos; asique dejamos su paradero en manos de la naturaleza. Capaz se volvió un dictador de esas aguas y causó, con sus propias aletas, la presente privación bronquial, para luego fallecer, como un personaje de fábula, por las consecuencias de su exterminio. Capaz, en su completo opuesto,  fue víctima de bullying por provenir de una pecera – nadaba torpemente por el estanque y los otros peces le gritaban “cheto, ¿extrañas el agua clara?”- O quién sabe, capaz se adaptó bien,  tuvo hijitos, y accedió a todo lo que puede y merece hacer un ejemplar de su especie.

Allá por la alta escuela dejaron de llevarme al parque, y los fines de semana pasaron a ser de encierro.

Años más tarde, tampoco volví por mis propios medios. Preservé a mi querido Rodó en su virgen recuerdo y lo arrojé a los cofres de la no evocación. No me era más que una brecha físicamente inaccesible del pasado.

Hace pocas lunas, siendo la misma pero distinta, retorné a esas tierras para encontrar que, en expresión de viejo, los años no le cayeron solos.

Pero, sobre todo, la corona del descuido se lo llevó el lago. Ahora pasas y hay un pozo en donde van a morir las inocencias de nuestros niños. Parece un cementerio de máquinas con destino próximo a ser un nuevo vertedero.

Fue una muerte anunciada, con autopsia televisada e incluso sorpresiva, mas, a la realidad de la tumba abierta no hay familiaridad que acolchone el impacto.

Prometieron su resurrección, asique capaz mis bisnietos, cuya existencia reside exclusivamente en el plano de lo fabuloso y muy poca en el de potencia, lleguen a verlo.

Entiendo que en caso de caerte te perdías para siempre entre el abismo de musgo hasta evolucionar en el Nessie uruguayo, o en caso de ser rescatado a tiempo, salías con cáncer y hasta algún súper poder.  Pero con ese verso de innovación no seducen a nadie. Bien se sabe que las reformas acá duran décadas y ¿cómo se le informa a la fauna del desalojo “temporal”?

En fin. El olor a podrido no se ha ido, hay menos gansos y nos quedamos sin un lindo paseo de domingo.

Nota al pie: tengo muy presente la hipocresía  y testarudez de no haber asistido a las lanchitas en su momento, ni siquiera para matar tiempo en previas de un festival, y ahora quejarme de la imposibilidad de hacerlo. Próximamente honro a Jaimito con una murga lamentosa del tren fantasma.