El viaje fue realmente cansador pero las pilas estaban nuevas al salir, por lo que mucho no me puedo quejar. Hay cierto placer en la queja; quizás por eso llego resoplando a la residencia después de estar un mes sin pisar Montevideo, la vuelta al desgaste silencioso y constante de la rutina parece ser razón suficiente. Llego y saludo lo más al trote posible a quienes ocupaban la sala de estar, deseando llegar al cuarto y librarme de los bolsos que a esta altura pesan tres toneladas. Se alegran de verme, o eso parece, y me detienen para el interrogatorio común que se le hace a alguien que vuelve del receso de julio. Salgo rápido del paso y antes de continuar con mi camino pregunto por Juan, mi compañero de habitación, no vaya a ser que le interrumpa algo; me comentan que no lo han visto y nadie tiene idea si está o no.

La verdad que tengo suerte de compartir habitación con Juan. Para darles una idea Juancito es… Un pan de Dios, nunca hace un drama de nada y siempre está dispuesto a darte una mano. Olvidé avisarle que volvía hoy y en el camino al cuarto voy sintiéndome un poco culpable de poder incomodarlo.

Llego, Juan está, o no. Para mí, que siempre defendí que somos un cuerpo, Juan está ahí. Y está muerto.

Suelto el bolso por reflejo y me invade la parálisis ante la escena. Una hoja de papel está al lado de su cuerpo a modo de despedida. Atino a leerla por atinar a hacer algo:

“A quien corresponda:

                                       La presencia, pero qué cosa la presencia. Algo en alguien nos capta, altera nuestro entorno y nuestra percepción. Rasgos distintivos o, en su defecto, importantes para nosotros centran nuestra atención en la presencia de una persona.
Se podría nombrar al reconocimiento como una necesidad humana y con un poco de suerte ese primer nivel de reconocimiento casi instintivo, el de la presencia, será mutuo. En general, y si esto último no se da, seguramente alguien más nos notará.
Sin embargo existe gente por ahí a quienes la dicha del reconocimiento; el instantáneo o el que se construye con el tiempo, da igual; no los alcanza seguido. ¿Muchos, pocos? No se sabe, justamente porque nadie los nota.
Seres que en todos lados un poco pero en ninguno mucho, o al menos no lo suficiente. Que en nada son destacados por excelentes, ni siquiera por deficientes; cuyas virtudes son genéricas, nunca específicas y sus defectos minimizados por el triste desinterés.
Algunos logran destacar como números en listas de indicadores de esos que se recuerdan una vez por año y se olvidan en el día a día, pero sin nombre, sin cara, sin alma. Entes que no se saben vender, que no se saben mostrar o no les parece algo necesario para tener notoriedad, notoriedad que precisan, que precisamos (no sobresalir o llamar la atención permanentemente, se entiende supongo yo). Como casas con fachadas que no te invitan a pasar, a conocer, a habitarlas y tomarlas de hogar en un mundo donde confundir a la fachada con la casa es moneda corriente.
¡Y qué triste una casa deshabitada!

                                         Comparto con quienes cité sentimientos y con un número el cual no sé si es mayoría o minoría compartiré destino.

Con cariño,
Juan”.

Después de leer esta carta su nombre me parecía una ironía triste, de esas casualidades macabras que tiene la vida. Cuando me disponía a volver a la sala para dar la noticia y que se llamase al 911 miré su laptop abierta y vi terminada la canción “Viernes 3AM”.

Siempre igual los que no pueden más.