Desde que el tema de la igualdad de género se ha puesto sobre la mesa (y de esto hace ya más de medio siglo) han surgido posturas extremistas y por momentos la cuestión se ha transformado en una especie de batalla de los sexos en términos de nenes contra nenas, digna de un salón de prescolar. Quiero compartir algunas opiniones (que no deben tomarse más que como tales) que creo que algo pueden aportar, o que al menos se merecen ser sometidas a discusión y criticadas a los efectos de construir ideas mejores.

En primer lugar quiero referir a la violencia de género. Conviene tener en cuenta que el problema de la violencia es un fenómeno jodido y que trasciende al género. Es un problema social e individual con raíces profundas; la violencia contra las mujeres es solo una cara más de la Violencia, como lo es la violencia en el deporte, o en el tránsito o contra los niños. La violencia está generalizada, naturalizada en el día a día, y tal vez no la vemos hasta que no nos pega en la cara. Dicho esto, no se entiende la saña con la que algunxs se enfocan en erradicar la “violencia machista” cuando en todo caso sería mucho más productivo para la sociedad que nos enfocáramos todxs en erradicar la violencia y chau (que claro, dicho así es muy fácil), pero es interesante también señalar que lxs uruguayxs nos estamos matando entre nosotrxs y como dije antes, no es por una cuestión de género: el 53% de los homicidos están vinculados a delitos contra la propiedad y drogas, siendo un 17% violencia intrafamiliar en tercer lugar(1). De ninguna manera niego que exista un problema; digo que hay un problema más grande. Y ni hablar cuando el reclamo contra la violencia se vuelve también violento, con consignas al estilo “pija violadora a la licuadora” o “macho violador al triturador”.

Recientemente se aprobó la ley de feminicidio, criticada hasta el hartazgo por todos los juristas, me atrevo a decir. Primero, no se entiende como si todos somos iguales ante la ley el delito es diferente en función del sexo (menudo avance en igualdad de género, amén de la inconstitucionalidad). Siguiendo esa idea mañana podría haber un delito de comercianticidio cuando la víctima fuera un comerciante, o un hinchacidio cuando la víctima fuera asesinada por simpatizar con un club. Segundo, supongamos que la idea es “crear desigualdades jurídicas para igualar desigualdades reales”. Ahora bien, la desigualdad surge del abuso de condiciones físicas derivadas de su sexo que suele hacer el homicida respecto a las menores condiciones físicas de la víctima y ya hay un delito para eso (o en el cual al menos puede subsumirse todo ”feminicidio”) logrando una pena mayor que para el homicidio simple; el homicidio especialmente agravado. La nueva ley solo es un cambio de nombre. Tercero, aprobar una ley que tipifica un delito no evita que los delitos ocurran, es decir, no frena a los homicidas, no elimina la violencia y no salva vidas. Ahora, el punto al que quiero llegar es que en el debate de la ley surgió, como surge habitualmente, la rimbombante expresión;

“La maté porque era mía”

Esta expresión tiene por fondo, según dicen, la idea de que la mujer es un objeto de propiedad, una cosa, un bien que pertenece al hombre, lo cual es el sustento de la idea de patriarcado. Esta organización falocrática (otro término curioso muy utilizado) dista muchísimo de ser actual; luchar contra el patriarcado es como armarse hasta los dientes con una camiseta de MacArthur para luchar contra la amenaza comunista. Es tan anacrónico que hasta es gracioso, y eso le resta seriedad a la causa que de chistosa no tiene nada. La mujer hoy por hoy en estas latitudes no es objeto de nadie y de eso nadie tiene ninguna duda, ni siquiera los “feminicidas”; muchas mujeres (se me dirá que inconscientemente sometidas por el sistema, y no niego que haya un poco de eso) así como yo, ven en estas posturas extremistas un motivo deslegitimante del movimiento feminista, o al menos de sus militantes más fervientes.

Al margen de eso, Hoenir Sarthou señaló  lo siguiente en una reciente “Jornada sobre la tipificación del feminicidio”  organizada por el CPCC; ¿cómo se explica que alguien decida destruir su propiedad? Es decir, suponiendo que el tipo dice “la maté porque era mía”; ¿qué pasa en esa cabecita? Y esto hay que verlo ligado al hecho de que la mayoría de los feminicidas matan y luego intentan autoeliminarse sino de inmediato al poco tiempo después del hecho; ¿por qué alguien decidiría destruir su propiedad y luego destruirse a sí mismo? No parece muy lógico ¿verdad? Ciertamente detrás del fenómeno de la violencia de género (y hay que observar que normalmente la violencia no se ejerce contra las mujeres en general, sino contra la pareja, lo cual dice algo respecto a la psique del violento), aquello que antes la prensa llamaba “crímenes pasionales”, hay un trasfondo psicológico que no se reduce a la idea filosófica de la mujer-objeto. Me atrevo a decir que tal idea, no está presente en la cabecita de nadie hoy por hoy. Ese trasfondo psicológico no es más que una baja tolerancia a las frustraciones, y como sabemos la frustración es la madre de la violencia.

En dicha jornada se planteó colateralmente un debate interesante que quiero plantear también aquí: La existencia o no de una ideología de género.

El término ha sido utilizado en general para deslegitimar y desautorizar movimientos feministas así como a la comunidad gay. Sin embargo, uno puede pensar que ya hasta los nombres de los “movimientos” huelen a ideología (mach-ISMO, femin-ISMO)(2). Los unos se refieren a los otros (principalmente el feminismo al machismo) como construcciones sociales, culturales. ¿Qué es una ideología sino una construcción socio-cultural? Bueno, es un conjunto de ideas que ordena un determinado esquema de pensamiento: ¿no es entonces propio de la ideología del machismo aquella norma arcaica que negaba a la mujer el voto y el derecho a administrar sus bienes? ¿Qué hay detrás de normas de ese estilo sino un esquema de pensamiento producto de una construcción sociocultural reflejada en la legislación? En todo caso la cuestión me parece irrelevante; discutir si comportamientos machistas (no ya la orientación de la legislación sino acciones cotidianas) son producto de un fenómeno socio-cultural, de una idiosincrasia o de una ideología, tanto da. Lo que importa es que si son perjudiciales (y todo lo que propicia la desigualdad lo es, no cabe duda) sean erradicadas.

Los movimientos feministas a veces se enfrascan en negar que el feminismo es una ideología, tal vez porque ven en el término un componente político y pretenden desmarcarse de la política, en especial la partidaria, y para en todo caso presentarse como un movimiento social. Creo que el movimiento por la igualdad de género ganaría más si primero se identificara con este nombre y segundo, asumiera que ciertas regulaciones arcaicas son fruto del pensamiento de una época pretérita (casi prehistórica) y que lo que hay que hacer ahora es construir nuestro pensamiento, el de nuestro tiempo, para legislar en consecuencia.

Por ejemplo, la llamada ley de cuota femenina fue un paso interesante, una verdadera conquista. Sin embargo ha sido criticada (¡incluso por mujeres!) por el hecho de que se otorgue participación obligatoriamente a una mujer cada tantos hombres por el hecho de ser mujer. Mucha gente entiende que eso es contrario al principio de que todos somos iguales ante la ley y reclaman que las mujeres se ganen su participación por mérito propio. Nadie parece reparar en el hecho de que la política está dominada por hombres en un país donde la mayor parte de la población son mujeres, a esto sumémosle que por el rol que ha ocupado la mujer en la sociedad y que mayoritariamente aún ocupa hacerse tiempo para poder participar en política no es fácil; pensemos en una jefa de hogar que vive a una hora del centro y trabaja cuarenta y cuatro horas por semana; ¿cuánto tiempo para repartir entre familia, descanso, recreación y problemas de la polis podrá tener? Esta ley sí crea una desigualdad jurídica para equiparar desigualdades materiales. También son un avance interesante, aunque poco se habla de ello, las cláusulas de género en convenios colectivos de trabajo. Se ha logrado conquistar beneficios como la creación de espacios para amamantar en horario laboral dentro del centro de trabajo y guarderías gratuitas, a vía de ejemplo. No me consta que se haya pactado en alguna empresa la paridad, pero sería excelente. Claro que en ello es clave el movimiento sindical, la participación de la mujer en el mismo y la apertura irrestricta del mismo a la mujer.

Suele decirse que en el ámbito laboral es dónde más incide la desigualdad de género, que por igual tarea se le paga más al hombre que a la mujer y que para el hombre es más fácil acceder al mercado laboral. Yo no me explico cómo es posible que si la mano de obra femenina es más barata se siga empleando más a hombres que a mujeres, como también suele decirse. Menos aún lo entiendo cuando en nuestra población hay más mujeres que hombres. En fin. (3)

Leyes como la de feminicidio (reclamada y defendida mediáticamente), llamadas leyes-mensaje, leyes-manifiesto, derecho penal simbólico o populismo penal no son el camino para alcanzar la igualdad de género ni para resolver ningún tipo de problema social.

Es necesario también difundir muchísimo más los mecanismos de denuncia respecto a situaciones de violencia intrafamiliar. Mecanismos que no son necesariamente penales, que pueden hacerse efectivos en cuestión de dos o tres días y que pueden lograr rápidamente obtener por orden del Juez las primeras medidas de urgencia para proteger a la víctima, como el retiro del agresor del hogar, la confiscación de armas de fuego y/o la fijación de una pensión para los menores si los hay y para ella misma si no cuenta con medios de vida suficientes.

La denuncia de violencia debe ser realizada en un JUZGADO, NO en una COMISARÍA, y contrario a la creencia popular, CUALQUIER PERSONA que conozca la situación PUEDE DENUNCIARLA. Para más información, clara, completa y fiable, consultar aquí: http://www.impo.com.uy/violenciadomestica/

También hablando de cuestiones jurídicas sería interesante incluir en la agenda de discusión el llamado “homicidio liberatorio”. Esta figura supone un homicidio que no completa los requisitos de legítima defensa porque no hay una agresión actual que justifique la reacción homicida, pero la víctima de este homicidio somete a su victimario de tal manera que éste solo puede defenderse quitándole la vida con premeditación. Traduciendo esto al español; es el homicidio que comete por ejemplo una mujer que es abusada y maltratada por su pareja durante años, y no contando con posibilidades de distanciarse del agresor, ni con armas ni con la fuerza física necesaria, decide envenenarlo. Este tipo de casos son extremadamente complejos, porque condenar a la mujer por el delito cometido no parece ser lo más justo, pero a los fríos ojos de la ley, la mujer mató premeditadamente a una persona con la que tenía un vínculo familiar, usando veneno, todo lo cual supone un homicidio muy especialmente agravado. Hay mil comentarios que hacer sobre esto pero me limito a plantear el tema y advertir la complejidad del asunto.

Otro tema para someter a discusión es la libertad de decidir y el mito de que sólo la víctima puede denunciar, (que no es un mito en la órbita penal y que no debe confundirse con la denuncia judicial a la que ya referimos y repetimos; cualquier persona puede realizarla).

El fundamento es que el Estado no debe interferir en la vida privada de las personas sin que éstas expresamente lo soliciten, porque cada uno elige cómo y con quién vivir. La cuestión es, hasta qué punto esa elección es libre.

Desde la psicología se ha referido a las lógicas de víctima-victimario, en las que la víctima asume su rol de tal, es decir, pasa del “fulano me pegó” para decir “soy una mujer golpeada”, y lo mismo hace el agresor que pasa del “le pegué, estuve mal” a “soy un golpeador, es mi naturaleza”; se asume un rol. A su vez se manifiestan ciclos de violencia, en los que hay períodos de tregua y periodos de agresividad (a veces mutua), razón por la cual la víctima decide denunciar, pero una vez que la violencia cesa retira la denuncia en una aparente reconciliación. Desde la psicología es discutible si esa decisión es libre, y si no lo es y hay en ello una cuestión patológica que pone en peligro la vida de las personas, tal vez sería más justificable la intervención del Estado. Cabe señalar también que muchas feministas fundan en la libertad individual justificaciones de la prostitución y la pornografía, con las que otras feministas no están tan de acuerdo. Y ni hablar de la libertad de decidir sobre el propio cuerpo y su importancia como argumento a favor del aborto. Sería interesante ver como se armonizan todas estas libertades, si existen o no, si están sujetas a condicionantes psicológicas, a necesidades económicas o si son enteramente libres por igual las tres decisiones.

Hay otros problemas no menores como son el acoso callejero y la construcción de la sexualidad tanto de hombres como de mujeres. Por ejemplo, aquello de que un hombre que se acuesta con muchas mujeres es un crack y una mujer que se acuesta con muchos hombres es una trola. Estas ideas son las desigualdades cotidianas y que en lo cotidiano debemos atacar; no tiene sentido que una mujer juzgue a otra por acostarse o no con quien se le dé la gana, ni mucho menos que lo haga un hombre. Tampoco es lógico cagar a trompadas al pibe que un día le escribió a tu novia porque le compete a ella decidir que hace al respecto, ni festejarle las ordinarieces a un compañero de laburo, porque cuando las ordinarieces versen sobre tu madre, tu hermana o tu hija capaz que no son tan divertidas. El problema de la desigualdad de género se combate en las pequeñas cosas, en el trato que nos damos entre hombres y mujeres; entre hombres y hombres; y entre mujeres y mujeres. Así como en lo que les enseñamos a los niños.

Es necesario también reivindicar y valorar la sensibilidad, la emocionalidad del hombre, tanto como se reivindica (o se reivindicó) la capacidad de la mujer para trabajar.

Es muy importante desterrar ese concepto de masculinidad/feminidad construido por oposición, propio del Emilio de Rousseau, en el cual hombre y mujer son opuestos complementarios; básicamente el hombre goza de fuerza física y raciocinio mientras la mujer se caracteriza por la motricidad fina y la sensibilidad. La violencia de género es una cuestión de estupidez emocional del hombre, que se traduce en violencia y en este caso canalizada generalmente hacia la pareja. El bajo desarrollo de la inteligencia emocional es lo que signa al violento; no todos los hombres son violentos y también hay mujeres violentas, no hay que generalizar dentro de un género ni excluir al otro en esto. El caso es que al hombre, en general, se lo educa menos que a la mujer en materia de control de sentimientos, de manejo de emociones, todo lo cual es parte de la herencia rousseauniana. Tal vez podamos solucionar la problemática de la violencia de género y de la violencia en general cuando asumamos que el hombre tiene sentimientos, que no es un pedazo de carne con ojos, y que no es un afeminado por ello. En definitiva, hay una cuestión sociocultural a resolver y un buen paso para lograr una sociedad menos violenta y más equitativa, -creo yo, sin ánimo alguno de poner un punto final al debate y la reflexión-, es darle importancia al desarrollo de la inteligencia emocional, tanto o más que a otras inteligencias en las que se enfoca la educación formal. Para variar, la respuesta en mi opinión, sigue siendo educar. Educar y predicar con el ejemplo.

(1) Últimos datos disponibles del Ministerio del Interior, año 2013: https://www.minterior.gub.uy/images/stories/anual_2013.pdf
(2) Recientemente una opinión de Lucy Garrido en La Diaria asume desde tiendas feministas la etiqueta de ideología, cosa que yo no había visto hasta ahora, no sin cierta ironía, también hay que señalarlo. https://ladiaria.com.uy/articulo/2017/8/mi-ideologia-de-genero/
(3) La única explicación plausible que se me ocurre es que el empleador prefiera pagar más a un hombre en el entendido de que éste nunca va a quedar embarazado con las consecuencias nivel laboral que ello implica. Aun así, le convendría igualar sueldos para abajo, o sea que sería comprensible que se contrataran más hombres que mujeres, pero no la diferencia salarial.
Respecto a la brecha salarial ha sido puesta en duda desde lo metodológico, ver: http://www.bbc.com/mundo/noticias-37217241 . Respecto a la ambigüedad del análisis de los datos estadísticos y su manipulación ”desleal”, puede verse en este link cómo se comparan situaciones diferentes y se extraen conclusiones en porcentajes de las que cabe duda atendiendo al artículo anterior: https://elpais.com/internacional/2015/03/19/actualidad/1426776406_056127.html. Además, que se pague diferente por el mismo trabajo supone por lo menos la desidia del BPS y demás organismos competentes, puesto que la ley obliga que tal diferencia no exista y es responsabilidad del Estado hacerla cumplir: http://www.impo.com.uy/igualdadlaboral/

Consciente de que algunas opiniones vertidas aquí pueden ser controversiales, os invito a compartir vuestra opinión en pos de enriquecer el debate a través de sobrasdeotroscumples@gmail.com