Ahí estaba en esos pasillos blancos, tal vez no tan blanco, ni tan pasillos. No
podían serlo si me hundía en ellos, no solo me hundía, me rasgaba el alma,
es decir aquello profundo que apenas se puede enunciar. Pero aunque estaba
empantanada, autómata avanzaba por aquel pasillo el cual hubiera deseado
que fuera eterno cumpliendo su función de estar “entre” una habitación y
“otra.”

Sin exteriorizar el caos emocional y orgánico, túnicas también blancas
hablaban, escuche tan solo algunas palabras: adrenalina, varios intentos,
despedida. Al tratar de unirlas con una cierta lógica comprendí que lo
expresado por aquello dos seres no podía ser bueno. Aun así debía abrir la
puerta, dejar ese pasillo blanco y pasar a la “otra” habitación.

Había dos camas con sábanas blancas, separadas por una cortina del mismo
tono. Me quedo inmóvil, el color blanco de la habitación me encandilaba,
me cegaba, me mantenía concentrada en mis ojos, en que ninguna lágrima
saliera. En frente un ventanal mostraba la noche más oscura de julio y
también mi reflejo en el vidrio.

El silencio de aquella habitación solo se irrumpía por el sonido de la
respiración más vacía que hubiera oído, y un pitido de esos que te recuerdan
que queda poco tiempo. Tiempo ese algo que no me alcanzaba, que ya no
nos quedaba, te estabas yendo, mientras me peleaba con la finitud, lo
efímero, y lo muerto.

Sostengo tu mano también blanca y más fría de lo habitual, aquella mano
que había construido mundo, aquella primera mano que reconocí, caía
pesada e inerte sobre la mía. Sabía que por más que el blanco de la habitación
seguía siendo extremadamente reluciente, ya no me encandilaba, me estaba
acostumbrando a estar ahí. En tanto el pitido seguía recordándome que
quedaba poco tiempo, o que ya no había o que no existía.

Te estabas yendo de aquella habitación, y yo no podía encontrar las palabras
para despedirte, miraba fijo al pasillo blanco y veía regados por él todos mis
pedazos. Te fuiste, alguien abrió la ventana para despedirte y también se fue
mi reflejo que estaba en el vidrio. Ese día no hubo banderas a media asta,
Bvar. Artigas estaba igual que todos los días, nada se había inmutado porque
te habías ido. Sin embargo para mí era el julio más frio y gris de toda mi
existencia, haciéndome comprender la diferencia entre lo universal y lo
particular.

Me despedí de casi todo, de mi gusto por el invierno, de los pasillos y las
salas de espera. Reforcé mi total desagrado por las habitaciones
inmaculadamente blancas, las condolencias y las empresas fúnebres. Desde
tu partida a este instante me enfrento a lo paradójico de la vida misma, al ser
y la nada, a la conciencia del fin.

 

Yami Capurro.