(Foto: The Who)

Cada 24 de agosto tiene lugar en Uruguay la Noche de la Nostalgia, festividad inventada por Pablo Lecueder hace casi cuarenta años y que es la de “mayor convocatoria en cuanto a salidas nocturnas se refiere” (más que el importado San Patricio, las tradicionales fiestas de fin de año y demás eventos parangonables), según wikipedia.

Debo el título de esta columna a mi amigo Manu Serra, que me lo comentó cuando dije lo que aquí sostengo nuevamente; la noche de la nostalgia es la noche en la que Uruguay festeja ser un país de viejos al punto tal que hasta los jóvenes lo celebran.

Es curioso que el evento surja en 1978, solo un año después del estreno de Saturday Night Fever, pero más curioso es que gente que nunca fue asidua a escuchar música anterior a sus primeros quince años de vida concurra a fiestas donde suena música de hace, como mínimo, treinta años, mientras que los melómanos, habitués de los clásicos del rock y el pop (principalmente) que algunos insisten en llamar oldies, disfrutan a diario de la buena música y ni se asoman a la vereda en la noche en cuestión. Demás está decir que la mayoría de lxs menores de treinta años que salen el 24 no reconocen Break it all ni a sus autores si lo escuchan, y es probable que cambien de radio (si alguna vez suena en la radio). Al margen, llamar viejitos a ciertos temas que tal vez tienen plena vigencia, porque se siguen escuchando, se siguen versionando o incluso son interpretados por su autor me merece algún reparo.

Entonces, ¿por qué salir esa noche? Uno; porque todo el mundo lo hace, dos; porque no salen nunca. Es la noche en la que salen los que hace años no salen y/o salen una vez al año, a lo que se le suman los que aun saliendo seguido, entienden que amerita salir porque es una noche especial. Y es cierto; es una noche especial para pagar más caro por estar en un lugar colapsado de gente escuchando e intentando bailar música que no se conoce y que quizá incluso, no gusta. Pero lo más detestable es la idea rancia y desagradable como el olor a humedad de una habitación cerrada durante siglos que sobrevuela en la fecha; todo tiempo pasado fue mejor.

¡Que se quemen los tiempos pasados! Pero en especial, ¡que se quemen los viejos vinagres! La idea de renunciar a un futuro mejor, de asumir que el presente no puede ser mejorado es un cáncer. Hay cosas buenas en el pasado, sí, cosas que deben ser presente, cosas que deben estar presentes. Pero nosotros no debemos estar allá, ¡debemos estar acá y mirar hacia adelante! Celebrar el pasado es lamentable, es asumir que lo mejor ya pasó, y así las cosas, ¿Qué sentido tiene el mañana? ¡Muera la muerte! Celebro cada día que vivo porque no sé si viviré otro, pero los que ya viví, son a lo sumo una anécdota a contar en el próximo brindis por el mañana. Jamás el motivo de la borrachera de hoy.  Si algo puedo festejar la noche de la nostalgia (del griego, regreso al dolor) como cualquier otra noche, es que la vida algún día se termina, y hay que disfrutarla hasta morirse!

No puedo evitar referirme a nuestra idiosincrasia, a tono con la edad avanzada de nuestra población. Es nauseabundo como inhalar naftalina en el placard del abuelo el culto a la vejez (que además es medio hipócrita) y peor aún los jóvenes que piensan como viejos. Por un lado se atribuye a lxs ancianxs una sabiduría excepcional, por otro se los basurea y se los deja morir de aburrimiento (cuando menos) en algún guardaviejxs de mala muerte. Por un lado están los movimientos juveniles en los partidos políticos, y en las cabezas de los jóvenes militantes los discursos y las ideas vetustas de sus mayores. ¡Asco! ¡Asco! Espero morirme antes de envejecer cantaban los Who en el ’65 y hoy suscribo. Envejecer no es cumplir años, envejecer es no asumir con dignidad que los años han pasado; ser necio, esa es la auténtica característica de la vejez, no la edad, ni las canas, ni las arrugas. Convencerse de que ya es tarde para cualquier cosa, o de que aún se está a tiempo de cualquier cosa. Según dijo el gran Dino Ciarlo una vez, citando a Hugo Mercader, “hay solamente dos formas de envejecer; o te transformas en un venerable anciano, o pasas a ser un viejo de mierda”.

Y respecto a la sabiduría, conozco muchxs botijas que ya saben más de la vida a sus escasos veinte años por escuchar al Pampa Larralde o a Bob Marley que lo que demuestran haber aprendido varios que están más cerca del arpa que de la guitarra a lo largo de varias décadas. Ser viejo no es ser sabio, y ser joven no es ser ignorante.

Para cerrar esta columna, me despido con un himno de Los Tontos, del año 1986, que no es el de los conductores imprudentes.

No tengan nostalgia de ésta!