“Ahí viene Durruti con un pliego de papel,

Para decirle a los soldados que se vayan del cuartel”

Chicho Sánchez Ferlosio

 

Mucho se habrá escrito ya a esta altura de los trágicos sucesos del domingo en Catalunya, respecto al referéndum independentista. Y haré lo propio, más que por lo que pueda elucubrar mi capacidad analítica, por una necesidad casi física, de catarsis conmigo mismo, para aflojar la indignación que se infla en mi pecho. Es que gracias a las coberturas mediáticas y, sobre todo, a las redes sociales –ese nuevo instrumento que está revolucionando la vida como la conocemos– el mundo todo quedó impactado por las fuertes imágenes de la represión y violencia, en todas las letras, que llevó a cabo el gobierno español.

Las reminiscencias a ese momento aciago de la historia mundial, el fascismo a la ibérica conocido como Franquismo, son unívocas e innegables. La imagen de los policías enviados a reprimir hacen llorar los ojos y parece increíble que esto pase actualmente en un país miembro de la Unión Europea, organización que tanto se jacta de los valores republicanos y la libertad.

Y no solo las imágenes, el lugar, por su parte, también es de alta carga simbólica. Esa Barcelona, la de 1936, la de Buenaventura Durruti, Ascaso y García Oliver -esas “tres balas negras de plomo apuntando hacia el poder”, que tanto cantó Chicho Sánchez Ferlosio-, la del POUM y la CNT, ese bastión republicano contra la invasión del general traidor, Francisco Franco. La Barcelona que, por un momento, ilusionó con que un sistema sin oprimidos ni opresores era posible; esa misma Barcelona, y muchas más, es a la que se enviaron barcos –tal y como sucedió en la Guerra Civil– para evitar que se ejerza un valor fundamental de la democracia: el voto.

Como catalán en los papeles –abuelo oriundo de Terrassa– y en el sentimiento, siempre coqueteé con las ideas independentistas. No solo de Catalunya, ni de Euskadi –otro abuelo oriundo de Santurtzi–, de todos los lugares que deseen la separación, siempre y cuando sus reclamos sean justos y coherentes. Tengo la convicción –más basada en la intuición que en el fundamento teórico, pero convicción al fin– de que la división de Estados enormes –España tiene casi 47 millones de habitantes– puede permitir acercar, quizá no mucho, pero seguro que un poco sí, el gobierno a la ciudadanía. Hoy en día están cada vez más lejos, y en el caso español más que más (no por nada llaman a la alternancia PP-PSOE, como “PPSOE”). Evidentemente, no se llegará así, al estado más deseable de gobierno, que para mí es la democracia directa –en otros sistemas democráticos, los representantes terminan generando poderes propios, y no digo que de mala fe, pero la delegación termina siendo usurpación–, pero quiero creer que un país más pequeño tendría más cercanía a la hora de ser gobernado que uno gigante; o por lo menos, tendría más posibilidades de así serlo.

¿Legal? ¿No legal? Esa es una cuestión no menor. Más allá de lo expuesto anteriormente, previo a lo sucedido el domingo yo tenía una posición contraria a este referéndum, no por la independencia en sí, pero por la forma en la que se quería llegar. Fui uno de los que se desayunó con las palabras de Joan Manuel Serrat; antes de escucharlo a él, no había indagado tanto en el proceso, pero sus palabras me llevaron a buscar más información y reflexionar sobre el asunto. Porque además, si Serrat, que siempre fue tan jugado políticamente, que siempre reivindicó el canto en catalán, entre tantas otras cosas, estaba en contra, por algo sería. Y vaya que sí. Y, además, ser testigo virtual del linchamiento del que fue víctima -algunos insulsos lo trataron de “poco catalán” o “facha”, entre otros apelativos-, me hizo dudar del fanatismo con el que se estaban moviendo algunos independentistas.

En este sentido, al ver cómo fue votada esa ley de independencia, con mayorías y minorías fluctuantes, con cosas poco claras y transparentes, y con votaciones dudosas, se entiende la preocupación del gran cantor catalán. Y, además, al ver el contexto en que se da toda esta fiebre independentista, y quienes fueron sus principales promotores, se entienden muchas otras cosas. Más allá de que la independencia es un reclamo histórico y justo, entre los que comenzaron con esta nueva “ola independentista”, por llamarla de alguna manera, están Artur Mas y Jordi Pujol, ese diputado, luego presidente de la Generalitat, que se vio enfrentado a un gran escándalo de corrupción desde el año 2013. Ahí, casualmente, fue cuando se comenzó a fraguar todo lo que terminaría en los sucesos del domingo. Y de esos días hasta hoy, ¿qué sucedió, más allá del despertar político? Ya no se habla más de los problemas de este señor ni del dinero que se llevó. Todas esas cosas hacen dudar a uno…

No obstante, no lo voy a decir yo, ya está dicho repetidas veces en todos lados, los cambios se logran saltando la legalidad. No siempre, eso está claro, pero sí cuando se buscan cambios que pueden considerarse revolucionarios. Y a veces hay que hacer sacrificios para lograr los objetivos, aunque se tengan que tomar alianzas que cuando menos son sospechosas. Aunque esté no parecía ser el caso.

Pero esto es lo que pensaba antes de ver las imágenes de ayer y el accionar fascista –sí, uso esa palabra, y no creo estar cometiendo un estiramiento conceptual– del gobierno español. Ese nivel de represión, esa violencia, ese ataque a personas que simplemente estaban yendo a ejercer un derecho a decidir –legitimo o no, es otra cosa–, es imperdonable. Me duele a mí, y creo que nos duele a todos, ver que se llegó a eso. Hoy, lo único que puedo desear, tras ser espectador de esa brutalidad, es independencia. Sí, con este referéndum o con otro, pero INDEPENDENCIA. La cuerda se tensó demasiado y se rompió. Ya está.

Y, lo que no es menor, creo que quedó claro a ojos de todos el nivel de crisis que vive España como Estado. Si tomamos la definición clásica de Weber, en la que se lo define como la asociación que detenta el monopolio legítimo de la violencia física, vemos claramente que estamos hablando de un Estado quebrado en Catalunya. Porque todo el mundo -casi todos, lamentablemente- tuvo la certeza ayer de que esa violencia era ilegitima, de que no estaba bien. Lo que quiso ser una demostración de fuerza terminó siendo una demostración de debilidad. Todos vimos un estado Español débil, sin ideas, ofuscado y sin capacidad de convencer a nadie. Como el niño cuando no puede tener lo que quiere, pega y patalea, así vimos al país dirigido por Rajoy. Y la batalla de la legitimidad es, sino la más, una de las más importantes.

Lo que resta pensar ahora es cómo continuar, qué pasara. Si cae el gobierno o no, no es algo que me vaya a adentrar, porque existen expertos en política española que lo analizarán mejor que yo, que todo lo que me llega es a través de noticias y artículos, pero no de primera mano. Lo que sí puedo decir es que siento que ya no hay vuelta: por más que muchos españoles estén en desacuerdo con el accionar que tuvo lugar el domingo, ya no hay vuelta atrás. Como tanto les gusta decir en la vecina orilla del Río de la Plata, se generó una “grieta”. Y las grietas no se sueldan, solo se ensanchan.

Por Manuel Serra | (@serra_sur)

Foto: Bloomberg / Gettyimages.ru