No me gustan los cumpleaños.

Eso. Quémenme en la hoguera o llámenme amarga, no me importa.

Sean ajenos, de familiares, simples conocidos, bebés, cucarachas o muñecos inflables- poco importa el destinatario- su simple idea me incomoda.

No los veo como más que otro recordatorio bien acotado de mis nunca superadas y recurrentes crisis existenciales; que en buena ironía dictan que lograste hacer lo básico y seguir vivo asique vamos a aplaudirte por eso, y al mismo tiempo parecen escupirte que con cada velita apagada estas a un paso más cerca de la muerte  -sea esta por vejez, intoxicación o cualquier otro autoconsumo. Eso. Eso y su función de oficiar como prueba constante a la falsedad y poca cuestionabilidad de todo un pueblo, mundo, o hasta planeta.

Y, como en todo listado de mierdas, siempre hay una mierda que supera a todo el resto de las otras mierdas y se lleva el título de rey mierda – la onotomanía es un lujo-  Es decir, el peor de todos los cumpleaños es el propio.

Cuando se trata de terceros y alguien no solo anuncia a todo pulmón que nació ese día –como si tuviese algún mérito propio- sino que también toma la misión de hacérselo saber a todo el que cruza su paso, puedo fácilmente mirar al techo, pellizcarme, morderme la lengua y ofrecer mis más actuadas felicitaciones con el fin de no amargarles el día y recibir su eterna enemistad.

Qué utilidad le ve la gente a esas obsoletas palmaditas en la espalda, no sé. Si es por el cariño, la verdad que les deseo bienaventuranza, los quiero, agradezco su presencia y todas esas pelotudeces todo el año; no me cambia que hace algunas vueltas al sol en esta fecha te parió tu vieja o te extirparon de su panza. Pero bueno, si bien no salgo de mi camino para un saludito boludo de cumpleaños, tampoco voy a negarme a ir a fiestas o leer un manifiesto anti estatuto cuando terminan de cantarle al infeliz parado enfrente a los postres. Después de todo, kién soi para desplomar la inocua excitación del otro.

 

Ahora bien, cuando soy yo la muñeca de la torta, las sonrisas forzadas duelen.

No me gusta ser el centro de mesa. Y mucho menos por algo no reclamado; algo que no considero anecdótico.

No estoy segura de saber qué es la felicidad, por favor no me la deseen. Y mucho menos si es por mero compromiso.

¿Se supone que me tengo que sentir querida cuando me mandan mensajitos por mi cumpleaños por el solo motivo de que se los recordó el féibu?

Si te importa, preguntás. Si te importa, lo registrás. Si te importa, en una de esas, te acordás.

Todos sabemos que en la mayoría de los casos lo que recibimos es una cortesía impulsada por una banal, injustificada y materialista costumbre. Y cada “gracias” que tengo que emitir es un cuchillito de manteca que se retuerce en mi garganta.

Asique, si quieren olvídense de mí tal como lo hacen los restantes 362 días del año – navidad y fin de año entran también en el plano; el nacimiento de baby Jesus porque aunque nunca hayan leído la biblia y el Estado sea laico, ¿qué es eso de cuestionar la tradición?, y año nuevo es la misma porquería del cumpleaños pero en distinta escala- quédense tranquilos que no me ofendo.

Aparte, no solo hay que recibir con elegancia, aparentar felicidad, montar un show de emoción y gragancia, expresar con el cuerpo y palabra de que ese es el mejor día del año e irradiar felicidad, sino también servir a los seres que ceden a la excusa de comer y chupar de arriba a cambio de un triste regalito.

Y al otro día ahí quedas vos, resaqueado, atormentado por las incapacitantes preguntas de ¿qué mierda has hecho con estos 22 años? ¿Tiene sentido tu vida? ¿Acaso lo tiene la de alguien? ¿Para qué carajos te gastás si al fin de cuentas nada vale? ¿Te da orgullo tu hoy? ¿Quién lleva la correa, vos o la vida?

Ya todo el mundo se fue, retornó a sus rutinas, y vos volviste a ser solo un nombre más. Te queda el simple consuelo de unos restos de torta – si es que sobró alguno- y la plata que te mandó la abuela/tía/bisa-tátara-agüela/niñera de la infancia con quien mantenés un extraño vínculo.

Es entonces cuando te das cuenta que tu mayor miedo no es el palmar, caer en el infierno o cualquier otro cuentito de terror, sino a ésto. A enfrentar un presente desierto, un pasado vergonzoso y un futuro poco cierto. A la duda. A la ausencia. A nunca ser suficiente. Al puto vacío, y a tu tendencia insaciable de siempre tirarte abajo.

Para peor venís chocando cabezas con esto desde que te dieron el primer barniz de filosofía* – si bien por muchos años igual se transfiguró en una molestia sin nombre o sensación rara de envejecimiento- y probablemente te atormente hasta el día que te tornes en madera no trabajable

 

Creo que hay un pozo de aire entre la buena educación y ser un autómata sin sentido en el que flotan las felicitaciones de cumpleaños.

No pretendo que se popularice la ordinariez sino que puleen los por qués. No escupan los “feliz cumple, que pases muy lindo, besos” por simple mecanización, como si fuesen las rechazadas semillas de una mandarina.

Puedo entender eso de tomarlo como un festejo al seguir vivo, pero aún en ello rechina la imposición, introyección, contrato implícito, llámesele como se quiera.

Qué tan adentro tenemos la cabeza metida dentro de nuestro propio orto

que necesitamos una obligación social para acordarnos de la existencia de ese familiar o amigo perdido y hacerles una llamadita para ver en qué anda.

que precisamos que nos fuercen a dar regalos.

que nos hace falta una excusa para juntar a nuestros seres queridos y lograr que asistan todos y evitar de que, sea por pereza, agotamiento, otros asuntos o porque simplemente no tienen ganas, acudan a su repertorio de excusas para no asistir.

 

El tiempo es un invento, y aunque muchos lo hagan, el casarse con una idea no es muy aconsejable.

Además, si se quiere hablar de fechas, esa celebración a la vida propia no debería tomar lugar en el día de tu nacimiento, sino el momento en que abandonaste tu innata condición de parásito humano y empezaste a tomar algo de control sobre tu persona; en el momento en que te tornaste en el Colón de tu propia América; en el momento en el que ya no necesites que te obliguen a salir de tu armadura indiferente para abrazar a tu amigo/familiar/pareja/ mascota/ vecino/reflejo y decirle cuánto lo querés.

Ponete pillo y festejá tu vida cuando se te cante y con quien quieras. Nada cambia festejar hoy o mañana mientras te tomes al menos, un mísero día en el que no te importe un carajo no tener trabajo ni el no haber encontrado a tu medio limón. Que no te importe que se esté yendo todo a kién sabe dónde, que no tenés un auto eléctrico ni casa propia, que haya injusticias, que el estado sea un chanta –y hasta persona, sí-, que el bondi esté caro y que te hayan robado la bicicleta, que el machismo aún late, que no te realizaste como persona y que nunca vas a escribir como Sylvia Plath.

 

*Russell ❤ (corazoncito emo), circa 1911/12, no sé, buscalo.

Nota al pie- Si en pos de esos azares sos una persona que, por algún motivo que escapa mi entendimiento – capaz sea ausencia de instinto maternal (?- ha llegado a la conclusión de que los cumpleaños son un evento digno de alboroto y emoción, expresalo con ganas, sentilo a flor de piel y por favor decime qué concha les ves.