Las agujas de Kant

El monitoreo constante de cada paso caminado. La distancia perfecta entre cada uno de ellos. El balance del vaivén de la cadera. El universo resuelve sus ecuaciones a la perfección y todo parece estar donde corresponde. El tiempo parece guiarse a través del trastorno obsesivo del filósofo, lo toma como referente y lo sigue con la mirada. Rozan los ojos, los de él contra los de todos los relojes de muñeca.

Su caminar parece tironear los engranajes. Hipnotiza pulgares e índices que movilizan rosquillas para actualizar la realidad. Era su simple presencia la que generaba un aire de excentricismo, de obsesión, de raciocinio ideal. Es un trabajo agotador el de manejar la eternidad y ser el productor del cambio incesante, pero en eso fue donde Heráclito vio un rio siempre diferente, un símbolo de la más brillante fugacidad.

Immanuel Kant, filósofo alemán, salía a dar un paseo vespertino todos los días de su vida. Su puntualidad no fallaba, quienes lo veían pasar solían ajustar la hora de sus relojes. Tenía un gran respeto por la mortalidad de su cuerpo y la de sus fieles seguidores.

 

Los triunfos son en el bar

La victoria y la gloria recorren las venas de todos los presentes. Festejan sobre los vencidos, se empecinan en no dejar de sonreír, en no dejar de abrazarse, en no dejar de alucinarse. Las gargantas atragantadas de gritos todavía suenan en su oído, es la resaca de cualquier gran partido. Lo enloquece la torpeza del triunfo, los ve como tortugas inexperientes recién ingresando al mar, una total impericia.

Definitivamente los de afuera son de palo, y ningún palo va a limitar su libertad. Sus declaraciones de independencia son una caminata desde el Hotel Paysandú al bar de la esquina en Rio de Janeiro, un 16 de julio de 1950. Un pancho y una buena cerveza son señal de que cabalgan, Sancho. Define dentro de su filosofía que algunos momentos solamente valen la pena por lo que viene después. Allí fue donde realmente encontró la victoria, junto a su cultura, su patria, y a Matucho disfrutando del paraíso de una leve borrachera catártica.

El legendario día del famoso Maracanazo, Obdulio Varela, el “Negro Jefe”, decidió ir a festejar su victoria al bar de la esquina de su hotel en Rio de Janeiro. Por más de que los dirigentes habían indicado a los jugadores que permanecieran en el hotel aquella noche, Obdulio se retiró con Matucho y festejó con el alma. Un personaje solitario, un personaje de colores sobrios, un gran yogador.

 

La solución más práctica

Rebrota la necesidad catártica ahogada en el cerebro. Hace eco y le pide la expresión de manera urgente. Agarra el lápiz y lo tortura contra la hoja en blanco. Escribe. Flexiona la muñeca en ademán de aflojar la tensión. Escribe más. Comienza a sentir puntadas en las yemas de los dedos. Relaja el lápiz aún atrapado entre rejas de hueso y carne. Escribe aún más. Se siente como un pez recién capturado por el anzuelo.

Se mira los dedos saturados por la presión del lápiz contra el papel y encuentra dibujadas líneas coloradas marcadas a fuego. Su cabeza comienza a desarrollar un pánico creciente con la idea de una posible gangrena. Le arden. Dos de diez le arden. Intenta convencerse de que en un rato no tendrá más aristas tatuadas, de que es parte de su enfermedad de escritor. Pasan los minutos y efectivamente el dolor comienza a disminuir, pero su memoria de aquella experiencia entre la locura y la muerte no se evanescerá nunca.

Dentro de las excéntricas manías que poseen los escritores, John Steinbeck era bastante simple. Escribía siempre a lápiz, pero con la única condición de que fuera redondo. Declaró en alguna que otra ocasión que las aristas del utensilio lastimaban sus dedos y por lo tanto, solo escribiría cuando sus dedos estuvieran a salvo. Le debemos a los lápices redondos obras como Cannery Road y Al Este del Edén.