Carlos Gardel, sentado con las piernas cruzadas, tomando un copetín en el histórico bar de los hermanos Facal, de nombre epónimo, en 18 de julio y Yi. Obviamente se respira tango, y el arrabal penetra todos los poros de la piel de los presentes. Hoy hay una estatua del Mago en esa esquina.

Eduardo Darnauchans, acompañado por ese mítico grupo de poetas y músicos, muchos de Tacuarembó y algunos de Montevideo, con el recientemente fallecido –QEPD– “Bocha” Benavidez como faro entre ellos, tomando siempre esa última, que siempre convertía en mil, en el legendario “Los Girasoles” (Yi esquina Colonia). El humo de tabaco sube como una chimenea, y choca contra el techo generando una humareda eterna, y los parroquianos no cesan en su charla, en esa búsqueda por algo de sentido en esta existencia endeble. Cuántos versos y canciones habrán salido desde esas paredes.

El “Continuado”, de las Ciudad de las Piedras, donde Julio Sosa se formó en el mostrador y la milonga empezó a hacerle mecha en su cuerpo. El “Varón” se apretaba contra la barra, y como una esponja mamaba toda la poesía que salían de adentro de las copas. Historias de vida, que luego serían canciones, y que lo catapultarían en el futuro a la Secreta Buenos Aires donde alcanzaría la fama.

Galeano y Onetti sentados en la misma mesa, saboreando el café, algunas veces cargado, mientras compartían una charla de rutina. Parece imposible de concebir, pero era un paisaje usual en el “Café Brasilero” (Ituzaingó y 25 de mayo), mítico lugar de encuentro de las artes, donde el sabor de la bebida filtrada convergía con el humo de tabaco, mientras en las mesas se elevaba el ambiente con discusiones tan eternas como necesarias.

El “Canario” Luna, ese Pierrot popular y criollo, con más mostrador que la noche entera, acodado en la barra de “Los Yuyos” (Luis Alberto de Herrera 4297), allá por el Prado, mientras gime constantemente su mítico “serví la otra”. No toma solo, invita a los afortunados, que, por las casualidades de los caminos, se encuentran también esa velada alimentando el espíritu con el licor. Y no cualquier licor, con grappa, con todo tipo de grappas: esa es la especialidad del establecimiento. Y vaya qué especialidad.

Luca Prodán, ese italiano loco con vínculos con la aristocracia y que, huyendo del maldito caballo, se exilió en la otra orilla del Plata y fundó una de las bandas más icónicas del continente, Sumo, sentado en el Bar Arocena (Alfredo Arocena 11500) mientras aguarda su turno de ir a tocar al Montevideo Rock. Como no podía ser de otra manera se pide otra Bols, la fatídica ginebra, que tan bien le hizo, que un día también se lo llevo.

Se preguntará el lector de qué estamos hablando, porque cada una de las situaciones parece salida de un cuento de hadas. Pero no: son situaciones, que, en otro momento de nuestra ciudad, eran cotidianas. Uno podía salir una noche, a patrullar la ciudad, y terminar tomando con el “Zurcidor” Darnauchans, con el “Canario” Luna o compartiendo un café con Galeano. Con ellos y con un millón más de personas que en la bohemia encontraban su refugio espiritual, su forma de aguantar el mundo.

Hoy, lamentablemente, la realidad es diferente. Si bien hay resquicios de lo que fuera Montevideo como esa ciudad bohemia por excelencia, las políticas culturales y la llegada de la globalización extrema amenazan con destruir lo poco que queda.

Por un lado, se favorece las grandes discotecas sobre los pequeños bares. Y todos sabemos que entre un ruido enorme retumbando reggaetón en los parlantes, el intercambio y la discusión si no es imposible, casi. Por el otro, este auge de las discotecas no es solo resultado de políticas estatales, también es producto de una industria cultural del extranjero, que está ganando la batalla del deseo y que expone que es preferible una borrachera vacía, con música bailable, con letras simples y directas, que una velada donde la reflexión y la discusión sean el centro.

No obstante, no todo está perdido. Solo lo estará el día –la noche más bien– que nos demos por vencidos y soltemos la bandera. La bohemia respira en cada copa, en cada barra, en cada discusión y en cada verso, y quiere seguir haciéndolo. Está en nosotros ayudarla.