Hoy vi en tus ojos nublados de ron los ojos tristes, semicerrados, de los pajaritos muertos.

Me acordé de cuando era un niño y pasaba la tarde cazando gorriones. Quería tener todos los que fuera posible en mi jaula, aunque todos los días sacara uno muerto y cada día fuera más difícil cazar uno nuevo. Yo no lloraba cuando eso, y tampoco ahora al ver tus ojos.

Algún día me pregunté, ¿para qué tener estos pajaritos encerrados muriéndose? Y los solté, a los que quedaban, y nunca más cacé gorriones. Fue un otoño como éste – me acuerdo bien cuando todavía no había empezado el frío. Y me alegré de verlos irse volando.

 

Nunca entendí esa inconciencia. La misma que se necesita para sacar un pajarito muerto de una jaula sin llorar, sin saber por qué se amontonan pajaritos, y luego ir a poner la trampa de nuevo y los bichos vuelta a entrar, uno tras otro. Esa inocencia perversa, ese no saber por qué, ni para qué, y entre los miedos del hombre no figura nunca, y no debe haber cosa más dañina. Lo que más lastima lastima siempre sin querer.

Y hay que saber lastimar. Cómo y cuándo lastimar.

El gorrión en la jaula seguro que tampoco entendía, ni por qué ni para qué. Estaba ahí. Sin saber que se iba a morir hasta morirse, rodeado de gorriones que revoloteaban igual de inocentes.

¿Habrá algo de esa inocencia en tus ojos tristes? No quiero saber porque ahora, cuando tus ojos no me ven, tal vez pueda llorar. Porque estos ojos han visto muchos ojos, muchos pajaritos tristes.

 

Hoy supe que voy a morir sin haberte conocido. Porque para decir que te conocí tendría que haber conocido tus ojos, y nunca estuve tan cerca. Nunca estuve tanto tiempo cerca para conocerlos y distinguirlos de cualquier otro par de ojos, porque los ojos de los gorriones son todos iguales.

Mañana volarás por ahí, como es costumbre. Y yo no me voy a alegrar, pero jamás voy a cerrar una jaula.