Miro el word en blanco. La tintineante barrita de escritura me incrimina. Es como la mirada de mi vieja la primera vez que me vio en pedo pero electrónica y nada que ver. Analogía pichi. Minimizo para no llorar, cedo al escapismo, y aparecen las 13 ventanas de pdf, aún vírgenes. Yuta 2.0. Minimizo de nuevo. Fondo de pantalla, Lou Reed de pendejo. Me embobo por unos minutos.

Calma.

Cansancio, distracción, todo sigue su curso y termino en el rincón derecho del monitor. Fecha y hora… tengo menos de un mes para terminar esto; pánico.
Sigo en picada hasta el silencio del teclado que está inevitablemente todo manchado de acetona y quién sabe qué más.
Después,

voces.

mi. celular. emite. voces. Es la nueva serie con la que elegí obsesionarme y adoptar a mi manga como otra as de saboteo para todo intento de concentración.
Ni me digno a mirar la pantalla sostenidamente, pero de alguna forma entiendo todo.
El wachi tiene cara conocida y no me acuerdo de dónde. Pienso. Escurro neuronas. Black mirror, vieja (lo googlié, confieso).
Para esta fecha debe ser re popu esta cosa y tener a todo Tumblr atrás; principalmente porque es rara -eso y el dato, no mínimo, que aparece en la página de inicio, Virginia; no te hagas la hip que vos siempre llegas tarde para todo- Igualmente, nada de eso le quita lo linda. Tacho. Genial. Magnífica. Multicolor.

Siento que plasma perfectamente las distintas problemáticas de cualquier angsty teen, representadas mitad en forma de sátira y mitad con absoluta seriedad, si bien todo a través de un nudo no tan factible. Así también incluye asuntos sociales, tales como el caretismo, la fragilidad sentimental masculina, y hasta la humanización de detectives, bo.

Me colgué. Divagué.  Ahora aparentemente soy una crítica de series frustrada cuya opinión nadie solicitó.
Cierro el nétfli y exploro mis espacios (siendo espacios mi cuarto y este, un nido de rata).
Tengo el bolso de viaje de hace dos días todavía intacto, acostado de espaldas en la alfombra como un ataúd en esperas de la reducción. Veo cuadernos del semestre pasado (los cuales mantengo al alcance por las dudas de cualquier nosé); un pingüino de plástico (regalo que me hizo un alguien en momentos en los que me quería) que suele deambular por mi cuarto sin encontrar nombre ni lugar estable; el libro nuevo en el que no me puedo concentrar; y, bien en frente, un espejo que refleja una foca en bikini toda traspirada y con migas de galletitas en el pelo.
Más allá de eso, me maravillo con la pulcritud de algunos sectores de mi cuarto, claramente avalanchados por mis viejos en pos de su total ignorancia de mi privacidad, la cual me ha hecho una experta en escondites (o al menos así lo creo).

Vuelvo a la compu y repito: word. pdf. fondo. coordenadas. cuarto.
Agarro el celular. Le quiero escribir. Leo sus mensajes cortados. Me convenzo, trato de creer por más que duela, que no quiere hablarme. Dejo todo. Chau datos, kién sois wifi (léase wi fi a lo España)

Vuelvo a la compu y repito: word. pdf. fondo. coordenadas. cuarto.
Solo se oye el motor de mi vencida computadora que lucha contra el pegoteo de la primera quincena de enero.

Empiezo a tararear a Antolín, Nostalgia del Futuro.
Futuro.
Mi psicóloga dice que es posible que tenga miedo a graduarme, al futuro.
Y tiene razón. No por el hecho de tener un título pedorro en mis uñas largas que denotan la absoluta soltería, sino al deber enfrentar a la parca obsesiva de qué mierda quiero hacer con mi vida.
Ya pasé por esta crisis, somos conocidas o hasta amigas (es un límite bastante difuso). Pero esta vez viene con la fuerza de cuatro años de esfuerzo ciego y una juventud arrepentida, casi transparente.
Empecé la carrera deprimida y con bulimia. La termino con mocos y ojeras permanentes delineadas por dos pibes y una piba.

¿Avances?
En la tesis, al menos, por ahora nada.

Aparece la angustia. Brota de mi pecho como un ataque de epilepsia de nervios que se traduce en una necesidad imperiosa de echarme al piso a morir.
Encarno, nuevamente, a esa niña de 9 años que dice que no puede, que no llega, que todo es muy difícil, y que contempla los seis pisos de caída de la ventana de la cocina y se pregunta cómo ha de ser la muerte con tal de no estudiar para las pruebas.
Exagero un poco más. Dejo poseerme por el pensamiento catastrófico tan propio mío en momentos de distensión. Lloro poco. Me sueno los mocos. Lloro mucho, mucho, hasta agotar las tristezas momentáneas (las de siempre nunca se van, a esas se las saca con lobotomía).

Me doy una pausa.

Prendo los datos para ver si cualquier algo.
Nada.
Sori Rogilda.
Decido volver a la precariedad de solo llamadas. Mejor no mandarme cagadas, puesto que la ansiedad me erotiza. Va, es una sensación rara. Me da ganas de coger y a la vez no quiero que me toquen. No sé cómo explicarlo.

Me tiro en la cama con el ventilador en la cara. Quedo ahí un rato. Me pajeo y vuelvo a la compu. Escribo el título:
“La importancia de la familia en el proceso de privación de libertad de la mujer” (o algo así).

 

Nota al pie: Escribí esto para burlame de mí misma cuando haya pasado todo esto- y capaz leérsela a los profesores en la mesa de defensa en caso de que pierda-; la subo para que se sepa que, entre otros encantos, también tengo mis dotes de neurosis.