Con más frecuencia de lo que me gustaría, la Iglesia Católica y sus representantes son noticia en nuestro país. Y, cuando la mano se pone brava, se vuelve común ver fieles separándose de su institución como ver a los opositores defendiendo esa separación. Parece existir un acuerdo en el cual la fe es intocable más allá de los ataques a las instituciones que la encarnan. Podríamos permitirnos, entonces, romper con este acuerdo y cuestionarnos si es realmente esa fe inofensiva. E ir más allá y preguntar si la fe, en general, es inofensiva

Lo primero que hay que hacer es diferenciar “creencia” de “fe”. La fe va más allá que la
creencia. La fe aquí tratada es entendida como una creencia que implica el seguimiento de un conjunto de principios, normas de comportamiento social e individual y una determinada actitud vital, puesto que la persona que la práctica la considera una parte importante y hasta esencial en su vida. En segundo lugar, es necesario puntualizar que esta opinión no apunta a la fe entendida como confianza. Si alguien le da ese sentido a la fe, no es el sentido que quisiera cuestionar acá.

Es importante destacar también que la fe no se apoya en una evidencia comprobada. No es inferencia y no necesita de ella porque, como nos dicen si logramos acorralarla, es fe y punto.

Varias veces me han hablado de las bondades de la fe pero, francamente no le veo ninguna; lo que sí veo son muchas contraindicaciones. Al momento de cuestionarse los resultados que tuvo la fe como forma dominante en ciertos períodos históricos, se coloca la culpa en las instituciones- y con razón justificada. Pero si apuntamos a lo dogmático e injustificado de la fe, se la defiende mencionando sus propiedades, de las cuales las principales serían que es un motor de acciones, que proporciona la confección de una “escala de valores”, y que es un salvavidas para las personas desesperadas.

Con respecto a lo primero, es importante destacar que la virtud motora que se le asigna a la fe ha sido, como es lógico pensar, mayor cuanto más importante esta es para la época, aumentando esta importancia de manera directamente proporcional a cuán oscura y nefasta fue esa época para la Humanidad, siendo así porque ésta habilita el “porque si”. Entonces, si para tener grandes obras de arte pintadas en techos de capillas y trabajos filosóficos inspirados en la teología hay que pagar el precio de miles de vidas inocentes, capaz la mejor respuesta es no, muchas gracias pero no.
Reducida la importancia de la fe, su impulso en las acciones positivas pasa a ser insignificante, pero no así sus potenciales implicancias negativas que, si bien también se reducen en gravedad, siguen existiendo.

Con respecto a los valores conferidos por la fe, estos, además, también pueden ser adoptados y practicados por otras razones. La moral no empieza con la fe ni es intrínseca a ella. A su vez, ésta última trae consigo incongruencias de todo tipo y color, las cuales, por su naturaleza misma, son más difíciles de cuestionar, porque la fe y el cuestionamiento no tienen buena relación, y termina siendo contraproducente para quien la posea y/o para el entorno que habita.

En el caso del tercer aspecto, va de la mano con la idea de que la fe puede ayudar a alguien a mantenerse a flote que ya no tiene por lo que pelear. Pero, esto comúnmente lo hace convenciéndole, de cierta manera, de que eso es lo que le toca, y que en algún momento mejorará, y, si su fe está ligada con un Dios personal, significa que alguien está velando por su bienestar- aunque la realidad de su situación diga lo contrario. La fe ha sido siempre una gran herramienta para mantener en sumisión y bajo control a quienes sufren la desdicha, la opresión y la postergación.

La fe no es inofensiva. Tener fe implica construir a partir de ella un conjunto de principios y vivir acorde a ellos. La fe va más allá de creer, y al decir “tengan la fe que quieran, el problema es la Iglesia”, nos olvidamos de que la Iglesia es la forma más aberrante de la fe. Manipulando a sus fieles, la cúpula de la Iglesia logró poder, y quienes la profesaban realizaron atrocidades mayúsculas a lo largo de toda su historia; cuando se habla de la Iglesia comúnmente se pasa por alto que es una institución compartida por personas unidas por un mismo motor, la fe, que parece la única que goza de una separación fáctica de los hechos que genera. Una organización que se basa en el odio seguramente nunca tendrá para sus constituyentes frases del estilo “odien a quien quieran, el problema es la organización”. La fe generó cruzadas, oscurantismo, segregación y hoy y siempre ha sido la principal enemiga del pensamiento crítico. “Benditos son los que creen sin ver”. Es esto lo que diferencia principalmente una creencia, aún llevada al mínimo de la ortodoxia: la primera acarrea consigo un concepto implícito de negación de la duda, suprimiendo al cuestionamiento cuando este la desafía, mientras que la segunda es el concepto que tenemos sobre algo que desconocemos completamente o en gran parte. Es obvio que una persona de fe, solo por el hecho de poseerla, no va a perder completamente su capacidad de cuestionar- sería incorrecto pensar que estos dos conceptos son totalmente incompatibles- solo que es evidente cómo la fe pone freno al análisis crítico que la interpela, y que su forma de imponerse es acallando las dudas. La fe cristiana es un caso descriptivo de esto, aunque no la única. Uno puede tener cualquier tipo de fe y esta no se define por la cosa en sí sino en lo que implica para la vida de uno y de quienes lo rodean.

No podemos decir que no tener fe significa por antonomasia ser cien por ciento racionales. Es completamente imposible pensar eso. Tampoco se debería buscar señalar a los que sí la tienen, sino reducir la ortodoxia de esta hasta extinguirla, no privando a nadie de practicarla sino educando, cuestionando y problematizándola, llegar a que la creencia sustituya la fe como tal. Sacarle su velo intocable y sagrado, velo detrás del cual fue escondida muy eficientemente de todo tipo de análisis crítico, el cual no resistiría.

Estoy convencido de que la posibilidad de un mejor mundo viene de la mano de la reducción de la mencionada ortodoxia, la cual fomenta el escape a cualquier tipo de veracidad – mientras más evidencias hay, menos fe y, mientras menos, mayor fe. 

Existe aún cierto pudor social en cuestionar la fe de las personas, traspasando el hecho en sí de cuestionar las instituciones que la representan; pudor asociado con el respeto y que acarrea consigo el sentimiento de que es una ofensa pasar esa línea. Dejado atrás ese pudor, la pregunta puede surgir sin faltar el respeto. Mientras menos temas intocables tenga una sociedad, mientras menos pactos sin fundamento existan en ella, mientras más se busque erradicar la irracionalidad pura y dura, mejor va estar.

La duda, sin agresiones, nunca puede ser ofensa.