A las 7:10 de la tarde un domingo, caminaba hacia donde yo creía era “abajo”, a juzgar por la elevación del terreno. Al final del camino de pedregullo había un cielo. Era el cielo de las 7 de la tarde, cuando quienes trabajan en los campos exprimen las naranjas hacia arriba y lo tiñen. Era un cielo absorbente y un poco prendido fuego, porque el otro poco bien podría decirse que tenía la pesadumbre de una penitencia para un niño; era cielo tormentoso.
Me sentía bien, envuelta por una esponjosidad que arriba yacía… y protegida. Percibía la mirada del cielo en mi frente, mis brazos y mi nuca. Lo que tiene el cielo es que uno trata de devolver esa mirada fija que arroja, pero nunca le encuentra los ojos.
Estaba la tristeza del domingo atenuada por esa sensación de confort del cielo tibio. Fue sorpresa darme cuenta de que la tibieza no sólo provenía del cielo sino también de una figura que conmigo contemplaba los alrededores.
Era un perro chico o mediano, no diminuto. Era el perro que uno se imagina cuando dice “perro”. Tenía un aspecto un poco salvaje, y también un poco dócil. Noté parches en donde le faltaba el pelo y se veía su piel rosada. También un brillo caliente en los ojos con el que me identifiqué. Ese brillo que abandona los ojos de un ser cuando éste muere. Y ahí lo sentí más cercano.
Le pasé la mano por el lomo y me miró como si quisiera conocerme. Hice recíproco el interés queriendo decirle algo, pero me fallaron las palabras. Pensé, y todavía pienso, que es raro hablarle a un animal, y más todavía a un animal ajeno. No es estar sola, en un cuarto vacío, porque las palabras no mueren: después de todo van a parar a un par de orejas. Pero la costumbre de hablar a cambio de una respuesta, hace que un encuentro así desconcierte.
Decidí  que hablarle a un perro era un término medio. Hay un intercambio, pero no de palabras. Y cuando quise hablarle a este perro que me tenía con la mirada clavada, me desconcertó. Sólo en ese momento vi que traía un papel en la boca. Decía: “yo tampoco pude”.
Maru Abascal