Marqué el número, esperé a ser atendida, saludé, hice saber mi solicitud, coordiné la fecha, di las gracias y corté; todo con la absoluta convicción de que “tengo cáncer”.

Mi abuela tuvo, y hace casi medio año, también la hermana de mi padre- la llamo así porque no tenemos relación, pero a los genes eso qué mierda les importa. Es más, capaz que fue todo un juego del dios de alguien para que nos unamos bajo la fútil tragedia de esta enfermedad.-así que, en cierto punto, el margen de posibilidad de tener cáncer de teta nunca me fue muy estrecho.

Con el primer paso dado, pude seguir mi vida por dos meses recordando esa fuerte combinación de palabritas solo de vez en cuando, si bien siempre acompañados de una sacudida vivencial bien intensa. Casi como los tornados en el Uruguay, o – en ejemplo más softporn- como esos jingles de reclames truchazos que te invaden la cabeza con su sida de la nada y te revuelven en el oído como cassette trancado todo el día.

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El día de la consulta fue, de inicio, la peor sacudida del retorno melancólico residual.

Me levanté pensando “hoy es cuando me dicen que tengo cáncer”, “hoy me toca volver a mirar The Fault in Our Stars para ver si en esta vuelta sí me emociona”, “hoy es cuando puedo escuchar esa canción de My Chemical Romance y realmente sentirla”.

Me tomé el bondi con pena y me senté en el único asiento roto de entre otros veinte vacíos, “si total, tengo cáncer”, pensé, “seguro alguien con una mejor mañana se merece un recorrido cómodo”.

Pasé por toda esa transa de la orden del día y del retiro del ticket que nunca entiendo porque siempre lo hago con las lagañas pegadas o un ojo dormido, y fui a la sala de espera reafirmando, con cada paso, cada vez más, que “TEN GO CÁN CER”.

Llegué a la sala de espera e inmediatamente me senté, como una babosa anémica.

Había muy poca gente. Solo dos pibas y una pareja. Me pareció extraño, porque a pesar de que ginecología es uno de los pocos departamentos que se salva de tener a todo un geriátrico aguardando ser atendido en las afueras de los consultorios, igual siempre está lleno; no sé si hay mucha demanda por la obligatoriedad del PAP, si hay un baby boom cada vez que voy yo o si por lo contrario, la gente verdaderamente no quiere tener hijos y precisa estar al tanto del último anticonceptivo en el mercado – comentario aparte: después saqué el celular y me di cuenta que era sábado, un sábado a las 9 de la mañana, y entendí todo.-

Con la desolación detecté un aromatizador en una esquina del techo que emanaba un olor similar al que hay en los cines de Movie Center; esencia de aire viciado y alfombras manchadas de coca cola y pop tirado.

Después, seguí el plano de mi mirada y no vi más que la típica decoración del Círculo Católico: Estatuas, estatuitas y cuadritos de santas y santas; todo lo necesario para que no te olvides que es un instituto religioso que deriva los abortos, y se te active, como efecto secundario, el recordatorio mental de que ni bien abra el corralito mutual huyas de ahí.

Solo quedaba la sencillez del piso con lo que distraerme.

Había llevado un libro con el que, por supuesto, ni hice el esfuerzo de buscar en mi mochila, porque las sillas eran súper incómodas y chilleaban con el más mínimo movimiento, porque la parejita de al lado no paraba de quejarse del calor y del aire acondicionado que no andaba (se murmuraban entre sí, en dirección a la recepcionista: “viste muy bien que no funciona el aparato e igual cerraste la ventana, ¿pero sos boluda o nos querés ahogar a todos?”), y, aparte, porque en cada párrafo que leyera iba a hacer una sopa de letra imaginaria en donde las únicas palabras a buscar fueran: tengo y cáncer.

Era evitar lo inevitable. Evitar que me cayera la ficha de que podría estar al borde de tener que afrontar la posible miseria de la muerte consciente. Evitar el ver mi nombre con iluminador flúor en el listado de una de las más temidas enfermedades. Evitar la concientización de que mi vida tiene más planes que méritos y toda esa cantarola recriminatoria – Lo de todas las noches, Pinky-

Me imaginé las despedidas, no teniendo energía ni para ponerme 1/4 de tripa en la boca. El tener un buen impulso para raparme. El hacerme toda la Jesús redentora y acercarme a toda la gente que se alejó o me declaró el odio, para decirles: “me estoy muriendo, ¿algo que decirme, hijos míos? Sea lo que sea, os perdono”.

De la nada, escucho mi nombre -celular y saco caído como reacción inmediata- y me levanto, con mi resorte vencido de voluntad, al consultorio número 3.

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Como en toda ocasión, la cosa empezó con un intercambio de saludos y la secuencia de esas preguntitas banales que persiguen hacernos creer que los doctores se acuerdan de nosotros – como si no fuese que atienden a más de 50 personas distintas por día.

Seguido de eso – bien a lo cognitivo- se dio a lugar a la extirpación del motivo de consulta.

Le conté sobre bolita, intentando sonar lo más madura posible – por ejemplo use la palabra bulto y toda mi jerga de parciales y entregas- y me hizo acostar en la camilla boca arriba y con las manos en la nuca.

Para toda persona que no posea tetas/ no tenga más de 50 años/ mala suerte o una piscina genética de mierda, el procedimiento a seguir consta del individuo especializado en el sagrado arte la curandería  realizando lo que ha de llamarse palpitación mamaria – lo cual es que básicamente te empiezan a tocar las circunvoluciones de grasa que tanto tenemos sexualizadas, mientras vos quedás mirando el horizonte con la misma sensación de querer guardar tus manos en los bolsillos de una campera que no los tiene; porque por más que sea un rito médico, no deja de ser incómodo –

En este punto fue cuando mi condición de falluta me dejó en pelotas.

En lugar de una sonrisa de despreocupación o palabras de tranquilidad, la doctora hizo una mueca, cambió su tono y propuso la derivación a una ecografía con tal rapidez que en segundos me sacudió la esperanza de que bolita solo sea una pelotudez desmesurada, y me dejó con el pitido borroso de la disociación.

Después de eso, la catastroficidad invadió toda red de pensamiento.

Oí palabras. quiste. algo benigno, nosequé de fibrosis. cosas. cosas que no pude procesar por el bombardeo de imágenes de mi vida entrecortada.

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El humor negro me tragó por completo y la veracidad de lo que hace minutos decía poder aceptar con total convicción se me escapó de las manos.

Hasta el momento, la pseudo-certeza de enfermedad había transitado en un plano puramente delirante figurativo, con el confort, como colchón último, de que me dijeran que era un quiste de grasa derivado de todas esas veces que arrasé con una pizza entera, o me tiraran con el diagnóstico de hipocondría emergente del dolor de alma, o de última, el de malcogida.

Pero, eiste una diferencia entre el verse atraído por el romanticismo patológico de la enfermedad y poder bromear desde la cuna de la salubridad, y el caer en las telas de su real posibilidad, a ser confirmada por ultrasonido de aquí a un mes.

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La consulta terminó con una orden y vi a mi cuerpo dirigirse como un autómata a la puerta principal para gestionar la hora, pagar 600 pesos con la tarjeta, ingresar pin y verde, levantarse, saludar, darle las gracias al portero y volver a un afuera que parecía no ser igual al de antes.

Empecé a volver a casa por el camino gastado de Canelones/Av Brasil/ Libertad y recobrando conciencia de lo que había pasado, muy lentamente, como cuando te levantas de una siesta de 5 horas.

El consultorio se fue decantando en mi memoria.

Cobró nitidez hasta teñirse de persuasión.

Me invadió el frío y dejé de sentir mi cuerpo. Se volvió frágil, tembloroso, incapaz.

Comenzó a llorar en plena calle, como solo lo había esbozado cuando perdí la prueba de conducir (problemas de primer mundo sí los hay).

Le llegó el destello de que tener que encarar esto sería algo mucho más grande que cualquier corazón roto.

Sería dejar el estigma de la palabra tan temida, para hacer del cáncer un ente propio. Reconocer eso que puede (o no) correr por mis venas.

Sería contactar, en primera persona, con un dolor familiar previo a mi existencia. Enfrentar la cicatriz en el pecho de mi abuela. Ir más allá del recuerdo de mis deditos infantiles jugando con la prótesis de silicona en la mesita de luz. Recordar el dolor en su mirada cada vez que se ponía una malla. Sería admirar su fuerza, de la que narcisísticamente por tantos años nunca me percaté.

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El viaje fue largo.

Fueron

Cuadras de reojos chusmas y miradas de extrañeza. Mangas de pañuelo y respiración palpitante

Metros y metros de cachetadas de realidad. Realidad filosa. Realidad imprevista. Realidad ajena.

Pisadas de introspección. De Realce. Hasta llegar a casa con un teatro en la frente, las tripas salidas y 10 vueltas solares más de crecimiento.

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En la puerta de mi edificio hay un espejo que actúa de portero. Es una red de entrada que te ayuda a sacarte de las suelas todos los arrastres que se absorben en las salidas. A limpiarte. A hacerte saber lo que importa.

Ese día, mi reflejo me dijo que hasta el 21 de abril no hay de qué hablar si es solo en aguas de lo condicional negativo. Si es solo para zambullirse en esas vertientes no favorables de un futuro que quizá no tenga la solidez necesaria para poder llegar a soportar.

Así, me devolví las entrañas al cuerpo. Saturé los puntos con la luz tenue de mi reciente cordura y subí a mi piso en amnistía con la incertidumbre.

Porque si bien la evitación tiene fecha de vencimiento, hasta entonces voy a/tengo que permitirme la pseudo-normalidad