Me desperté pensando en la peregrinación al Cristo Obrero, todo los veranos, siempre que fuéramos un poquito hacia el este.  Las curvas de Dieste en ese paisaje tan insípido, la luz rojiza entrando por aberturas escondidas. Nosotros, ateos, siempre turistas, siempre en papel de observadores. Le resé a la arquitectura miles de veces, que me acoja.

Me esparcí en el metro diez, rendida ante la obviedad de que estaba triste y tenía aliento a alcohol. Sentí a lo lejos tu voz diciendo “Ana du är fin” en ese sueco lento y tan de Gotemburgo. Automáticamente después corrí al baño y vomité.

Alivio.

Aunque alivio había sido abrazarte cuando llegaste de Berlín un domingo de noche. Abrazarte como si nos conociéramos, como si nos hubiésemos visto mil veces. Y capaz nos vimos.

 

Voy a comprar fruta y tomar 8 vasos de agua por día

 

Capaz fue el gusto a vomito pero algo me transportó a esos viajes eternos en el yaris verde inglés, con los Tribalistas sonando en loop. Las rutas del Mercosur no confluyen. Se expanden desde su epicentro y te dejan en lugares.

Releí tu mensaje dividido en párrafos y me quedé en el abismo de mi cama, mirando los reflejos que mi vestido de lentejuelas creaba sobre la pared. Intenté reconstruir el mapa de nuestras mutuas visitas, los clichés turísticos, los nombres de todos tus vecinos. Me imagine una línea negra, gruesa, entre el almacén y tu casa, era más precisamente un circulo.

 

Voy a lavar las sabanas, doblar la ropa

 

Vi el mundo en plano y tracé todos mis recorridos. Me desequilibró un poco.

Trenes atravesando el Öresund. Yendo y volviendo de Österport a Lund. Dejándonos de un lado o del otro. Trenes pasando a cada hora, silenciosos, en una penumbra parecida a la de mi cuarto. Ya casi llego, ya casi, te veo en la plaza, ya casi.

Di un par de vueltas mientras la luz pastel se metía más y más. Finalmente miré al techo fijo y le resé a la arquitectura, que me acoja.