Relato (i)real, (im)personal, (in)significante y (a)temporal de (des)amor.
Hay mil formas de matar la ilusión. Ya la mate un montón de veces de diversas maneras. Una de las primeras que recuerdo es cuando me despedí de la mujer más importante de mi vida. Pregunté si iba a volver y pum, se murio Juanita ilusión.
Todos los que pasan por mis noches suelen irse sin un sin más, y yo sigo como si nada, conmigo misma.
El día menos pensado apareciste y fue como si todas las heridas de mis caías se curaban. Lo peor y mejor que pudiste decirme Juanita, es que no podías sacarme de tu mente y con eso te dejé vivir en la mía, dejando de estar conmigo para estar contigo. Desconocía si eso tenía sentido, ya que los cuentos de hadas hay que matarlos, eso deberían enseñarnos desde chicos, pero lo que me fusiló fue que vos hayas matado al cuento primero.
La ilusión se quemó, y es igual a cuando te dicen que Papa Noel no existe, solo que acá es peor, porque tal vez si puede existir. Sin embargo lo vas a dejar morir, porque quizá dejarlo vivo no signifique que te regale algo, sino todo lo contrario, como que esté en tu casa todo el día deprimido porque nadie cree en él.
En la penumbra de una habitación oscura llena de ventanas me despido una vez más. Veo como ardés cual libro a 451 grados, mientras que en silencio recuerdo a esa persona invisible, que fue tan real que ni él lo creía, y con el rótulo de irreal llegó a lo más hondo, a un lugar desolado y sombrío que una tarde de lluvia se llenó de luciérnagas, bengalas y algodones de azúcar.
Ahora que puedo decir que resolví todo (mentira), ya no me importa (mentira) si no hay nada (mentira, mentira) como si me importaba antes, porque ahora se que puedo volver a estar conmigo de nuevo.
El problema es querer estar contigo también.
Adriana Ramón