Serie Continuidad del estanque

Cuando se trabaja desde lo artístico, saber que se hace a partir de otros es tranquilizador. Esto no quiere decir que vea a la creación como una palabra imposible sino como algo que hacemos desde lo que nos excede. Lo  que quiero compartir es la importancia de conocer el punto de partida desde donde hacemos las cosas. Saber el punto de partida es conocer nuestras limitaciones, mismo si intentamos ir al origen de todas las cosas acabamos por volver a lugares idénticos, al barro que nos resulta familiar y del que están hechas todas las cosas que conocemos.

Hace poco fui a ver una exposición sobre Botero y Picasso, me quedó resonando la reinterpretación como fundamento del trabajo de Botero. Retomar el trabajo de otros como experimento para ensayar un lenguaje propio. Botero toma muchas pinturas que lo inspiran y trabaja desde su lugar en el planeta, con su mirada, sobre ellas. Lo que tiene en común la reinterpretación con la “inspiración mágica que eleva a los artistas” es que ambas trabajan con lo conocido. Lo que las diferencia es que desde la reinterpretación se trata de hacer un trabajo más consciente con el diminuto universo conocido. La inspiración mágica lo niega. Entonces siguiendo esta tradición que es bastante fuerte en la pintura y que desconozco cómo funciona en la literatura, es que decido retomar ciertos textos dentro del diminuto universo que conozco. Mi estanque, mi tajamar para llevarlo a lo criollo. Mi intención es zambullirme, chapotear un poco en esta agua estancada aunque me llegue solo hasta las rodillas. Agarrar el barro del fondo y darle una forma propia. Esa finitud no es un limitante sino todo lo contrario. La continuidad está en hacer el mismo trabajo con distintos textos. El primero de la serie es Continuidad de los parques de Cortázar.

 

 

Continuidad del estanque

Un poco de sol en la cara lo despertó de la siesta. Tenía la panza llena y había tomado una copita de vino, no fue difícil que llegara la modorra. Se movió un poco para alcanzar de nuevo la sombra, el resto de las cosas estaban por demás agradables. Corría una suave brisa que hacía al calor muy disfrutable. Se distrajo con un cacareo y unos ladridos que después pasaron a ser parte del sonido ambiente. Arrancar algún pastito del costado se había vuelto un pasatiempo mientras leía pero las condiciones ideales para dormir decretaron el fin de ambas actividades. Cuando se durmió solo le quedaban algunos capítulos de la novela. Era la historia de dos amantes que se estiraba sin demasiada gracia pero que le era imposible dejar. Se acomodó la espalda contra un árbol, abrió las piernas y las estiró, en el ángulo que quedaba entre ellas, un poco hacia la derecha, estaban sus dos manos sosteniendo el libro. A su izquierda le quedaba el campo visual suficiente para darle forma, color y movimiento a las letras, un espacio para la imaginación. Le entró fácil a la lectura. Fue testigo de la desazón del personaje principal cada vez que perdía su entusiasmo por su más reciente pasión. Primero fue la pesca, después la caza, más tarde las motos y por último los cigarrillos electrónicos. No fue difícil ver cómo flotaban en el espacio que se abría a la izquierda del libro, una variada serie de objetos: motos Harley-Davidson, cañas de pescar y riles de lo más diferentes, cigarrillos electrónicos con varios gustos y rifles Remington. Los cigarrillos electrónicos lo dejaron pensando, eran una especie de chupetines para adultos socialmente aceptados pero al mismo tiempo “pueden estar buenos, para variar, salir de la monotonía de armar un tabaco, yo qué sé…puede ser”. Agarró el celular, no tenía ninguna notificación nueva. Se metió de nuevo entre las calles diagonales que se dibujan en los párrafos, salió cuando leyó la palabra estanque «¿Por qué no escribió tajamar? Otro criollo que cree que escribe para un público hispanohablante». A la izquierda apareció el personaje cortando pasto con la mano, bobeando con el pasto, era un gurí chico. La suave luz del celular se encendió una vez y no tardó en volver a hacerlo. Después de un tiempo se dio cuenta del patrón que seguía la luz, en fin, cuándo se prendía y cuándo se apagaba. Lo dio vuelta para que no lo molestara. Unas figuras medio enclenques aparecían a la izquierda, no se terminaban de formar del todo pero tampoco se desvanecían, eso lo mareaba. Un poco fatigado apoyó el libro sobre su lomo, puso una piedrita para que no se cerrara y agarró el celular. La suave luz que titilaba anunciaba las tareas pendientes. Al final no eran más que notificaciones de varias aplicaciones que no le despertaban el menor interés: el cumpleaños de un pariente lejano, descuentos en artículos de bazar y alguna cosa más que no logró retener. En el espacio imaginario se abrieron paso unos ruidos que no podía identificar, al rato vio y oyó unas botas pisando fuerte en el pasto y unas palabras de despedida entre los amantes que tampoco logró reconocer. Sin darse cuenta dio vuelta el celular, sus ojos quedaron fijos en dos mensajes de dos remitentes distintos: uno era de Amor y decía «Mi amor vení y pedimos algo de comer» el segundo era de Delivery y decía «Che te extraño ¿cuándo nos vemos?».