Nacemos llorando, como demostrando nuestra reticencia para adaptarnos, para los cambios, para demostrar que siempre vamos a sufrir a través de la vida por todo.

Crecemos, nos empezamos a adaptar a la vida, a un mundo al cual le importas sólo a unos pocos, y que en el momento que bajes la guardia simplemente te escupirá y te dará la espalda. Este mundo, en el cual sólo llevas poco tiempo, sólo va a empeorar para ti. Vas 10 años de vida y ya comienzan nuevos cambios. La familia no es la misma, hay menos personas cerca, quizás tus padres no sean los mismos. Y sigues creciendo, y sufriendo, y cambiando, y sigues con la misma incapacidad de adaptarte a los cambios.

Y sigues creciendo. Seguramente hayas sumado otros 8 años de vida, y te das cuenta que en algún momento todo lo que crees importante ahora se irá, para siempre. Así que comienzas a odiarte a ti mismo, como lo hacen todas las personas, sólo que algunos lo ocultan mejor. Y comienzas a ver que no eres igual a todos, que tienes pequeñas diferencias, y tratas de acentuarlas, para ser alguien distinto, pero lo que no ves es que todos hacen lo mismo, así que, en tu afán de diferenciarte, simplemente te igualas a todos.

Y sigues creciendo, día a día, cada respiración que das es una menos que podrás dar, cada minuto que pasa no lo recuperas. Y este pensamiento se instala en tu cabeza, cada segundo que estás a solas contigo mismo oyes siempre lo mismo, oyes el reloj siguiendo su cuenta regresiva.

Hasta que llega alguien. Y la voz en tu cabeza se calma, no piensas lo mismo una y otra vez. Ahora sólo ves cómo su boca se curva en los bordes cuando sonríe, cuando te habla, cuando te ve, hasta cuando piensa en ti. Y luego es ella la que comienza a darse cuenta que hay un reloj siguiendo la cuenta regresiva, pero esta vez para ella. Y su boca deja de curvarse cuando sonríe, cuando te habla, cuando te ve, hasta cuando piensa en ti. Y luego te dice que todo fue un error, que no debería haberse acercado tanto a ti.

Pero te enamoras nuevamente, esta vez de forma más cuidadosa, porque no quieres pasar por todo el dolor de nuevo. Pero sabes que tu amor es algo sin límites, como un pozo sin fin, y tú puedes tirar todo ahí dentro. Y luego lo pierdes, nuevamente. Y sientes que el pozo sin fin no era un pozo sin fin, de hecho era sólo un charco en la calle. La misma calle que caminas día a día, llena de distintas tonalidades del mismo color, ese color que pinta todo lo que toca tu visión.

Y te das cuenta que sólo eres carbono y un mal momento en el tiempo. Y tus cicatrices surgen, y la gente quiere verlas, quiere besarlas, quiere sentirlas, quiere tocarlas. Y tú los inspiras, y te das cuenta que por ti ellos viven.

Entonces es cuando te das cuenta que el mundo va a acabar. Sea tu mundo, o sea el de todos los demás, el mundo acabará. Y puedes ignorarlo o puedes no salir más de tu casa. Y luego entiendes que consume menos energía el no existir que el existir y quemarse lentamente. Y ves que eres un títere de ti mismo, con cuerdas que llevan a ninguna parte. Y hay veces que no puedes encontrar el sol, aún si está brillando por la ventana. Y por eso te tiras de lugares altos esperando que nadie te agarre, y por eso es que tienes miedo a las relaciones y a exponerte.

Por fin es que entiendes. El aislamiento no es seguro, el aislamiento es la muerte. Si nadie sabe que estás vivo, entonces no lo estás. Y no digo que encontrarás el sentido de la vida en otra gente, lo que digo es que las otras personas son las vidas a las cuales tú le das el sentido. No puedes pensar y darle sentido a tu vida, si piensas terminarás arrinconándote con miedos y pesadillas e inseguridades y certezas y tristezas. Como una moneda que compra más moneda.

Y si quieres seguir existiendo, aprende a amar cómo te odias a ti mismo, porque así tendrás algo que amar y algo que odiar. Y comprenderás que todavía puedes seguir viviendo, que ese espacio entre la cama y el interruptor de la luz no es algo infinito, sino que es algo que puedes tocar fácilmente, y te levantarás, y conocerás a alguien.

Y luego llegas tú, y detienes el miedo, y me enseñas que el mundo acabará sólo cuando yo deje que acabe conmigo, con nosotros. Y me siento idiota, y no puedo expresar todo, y siento cómo las palabras se amontonan en mi cerebro, y por más que logre crear una oración, parece que mi boca no, y todo lo que logro decir son incoherencias, cosas sin sentido, propias de alguien de 5 años. Y tus labios son tan suaves, tan suaves; tan suaves que no estoy seguro cuándo los toco, como peinar el pelo bajo el agua, o como dormir bajo una sábana llena de arcoíris, y nubes, y tus libros favoritos. Y cuando me besas… Y cuando me besas el diablo y el ángel, los que aparecen en los dibujitos, están en mis hombros, y trepan dentro de mis orejas, y juegan con mis neuronas, y se ponen a pelear dentro de mi masa cerebral, y los siento, y pierdo el sentido, pero sé que estoy contigo, así que sé que todo estará bien. Y recuerdo esa vez que en 2º año la maestra de la escuela me pegó una cachetada, y luego pienso cómo en el liceo nunca conocí a nadie así, y me doy cuenta que esa maestra fue expulsada por mi culpa, por contar lo que hizo, y que el liceo fue horrible, y que siempre estuve solo, y que desde que te conocí no lo estuve más, y que la vida va a terminarse, y que no voy a verte más, ni tú a mí, pero que siempre sabrán de nuestra existencia, y eso es más que suficiente para ser inmortales, que nos compararán con Paris y Helena. Porque cuando me besas siento que estoy colgando de un puente, con una cuerda muy débil, como esa en la que colgaba la ropa cuando era chico, esa que había comprado mi abuela, que ahora sólo vive en mis recuerdos, pero que seguirá viva mientras yo lo esté, como seré yo en un futuro, y también mi abuela, porque mientras mi memoria viva, o los recuerdos de mí, ella también vivirá. Y sé que la cuerda no se cortará, porque tú no lo dejarás, y si lo hiciera, sé que me agarrarías. Y cada vez que te veo pienso en incoherencias. Besarte es como saltar de la torre Eiffel, mientras subo a la torre de Pisa, y saco una foto desde el faro del Cabo Polonio. Y luego explotar en una nube nuclear, y reaparecer en el piso con mi boca llena de plumas. Y la próxima vez que te vea, trataré que nuestro beso sea como dos placas tectónicas, una colocándose sobre la otra, y cada placa estará hecha de gatitos.

Rodrigo Bottero