Tirado en el sillón, con todos los ojos rojos, perdido en un llanto histérico y desconsolado. Así me agarró el partido de Uruguay después de 89 agónicos minutos. Pero las lágrimas no eran de tristeza: eran de una alegría inexplicable, un sentimiento transcendental que no se puede poner en palabras, algo superior. Claro que lo que había venido antes era lo opuesto: angustia, ansiedad, pánico, dolor en la panza, desesperación. Lisa y llanamente, sufrimiento. No había pasado para nada bien. Ni un solo minuto.

Entonces me vino a la cabeza una serie de preguntas: ¿No es un poco mucho exponerse a estas situaciones una y otra vez? ¿Vale la pena? ¿No somos, en el fondo, unos masoquistas crónicos?

La respuesta a las tres preguntas fue la misma, claro: sí. Es exagerado el sufrimiento que vivimos, somos masoquistas y nos gusta la desesperación, pero también vale la pena. No solo eso: en estos días de apatía, anomia y posmodernidad vale más la pena que nunca.

Cada vez nos cuesta más sentir, expresar nuestros sentimientos, creer en las cosas, la inmediatez de las redes sociales nos tiene extirpados de vida, y el fútbol y, sobre todo, la selección – esta selección – nos da un vehículo que nos transporta a un mundo en el que todo es posible. En el que vale la pena sentir y sufrir. Volvemos a creer y a tener esperanzas.

Si el desarrollo económico se preocupó por mejorar nuestra realidad material – cosa que hizo con mayor o menor éxito –, el fútbol se concentra en lo espiritual, lo sagrado, lo olvidado por la economía, los números y los datos. Golpea en lo olvidado por el mundo estéril de los índices e indicadores.

El fútbol tiene un ingrediente que lo hace único: la magia de lo impredecible. Y esto crea una ilusión de que otro mundo es posible. Lo creemos en serio. Sin dudar. Un pequeño país como Uruguay, de apenas tres millones de personas, puede ser grande en el tablero internacional, puede pisar fuerte, cosa que, en la actual dictadura de los PBIs, la industria, las financieras y los ejércitos es simplemente imposible. Puede pararse derecho y sacar pecho. ¡Estados Unidos y China, las dos principales superpotencias globales, no pudieron clasificar al Mundial! Si será una realidad aparte. Y si será vitalizante tener en lo que creer…

Y los uruguayos, en particular, tenemos también una forma única de vivirlo. El fútbol cumple en nuestro país un rol enorme de identificación nacional y de integración. Quizá al ser un lugar donde la laicidad pegó fuerte desde principios de siglo y donde el ateísmo es la moneda corriente, también precisamos en lo qué creer. Y también tenemos el complejo de tener un prócer que ni siquiera quería la existencia de nuestra propia patria, lo que nos hace menos obvia nuestra identidad. Pero, precisamente por eso, nuestra mitología es el fútbol.

Escuché muchas veces una frase que dice algo como que “el fútbol es lo más importante de las cosas menos importantes” y no estoy de acuerdo. Si bien entiendo su sentido y en cierto modo lo comparto, me gustaría reformularla: “el fútbol es una cosa importante entre cosas importantes”. Claro que un plato de comida, un techo y un libro son cosas vitales para la vida, nadie lo discute, pero la trascendentalidad y la esperanza también lo son. Con la modernidad nos escapamos mucho de lo tribal, de los rituales, del fuego sagrado, de la creencia en “algo” superior, pero estoy seguro que cuando estamos mirando a ese equipo de once leones dejar la vida en la cancha todos lo sentimos. No sabemos decir qué es, pero sabemos que está ahí. Y es necesario: el humano precisa creer en algo, en lo que sea, porque si no está desamparado. Necesitamos sentido.

Me emociona también pensar que este mismo gol que gritamos como unos desaforados con mis hermanos y mis viejos, lo gritaron también familias en Salto, Rocha y Paysandú, parroquianos en los bares de Caraguatá, Fraile Muerto y Castillos, niños en las escuelas de Casavalle, Carrasco, Florida y Cerro Largo, y los milicos en el Congo. Lo gritamos todos juntos, en el mismo momento, por todo el país. Hay algo que nos une y es hermoso.

Y quizá se termina el Mundial y volvemos a pelear entre todos. Seguramente lo hagamos, y está bien. Así es la vida. Pero nadie puede negar lo lindo de esta ilusión que dura un mes donde todos somos lo mismo y tiramos para el mismo lado. Jugar este Carnaval donde el más chico le puede ganar al más grande no tiene precio. Es simplemente inexplicable. Es que no hay vuelta: el fútbol es mucho más que fútbol.

Por Manuel Serra | @serra_sur