No fue porque la costumbre con su implacable inercia me arrastrara por sus veredas.

No fue por los tonos grises, verdes,  fríos.

No fue, porque fui y vine.

Porque voy y vengo.

 

Y tardé semanas en entender por qué me gustaba tanto.

Por qué tenía que haber una razón.

Y es que sube y baja como las calles de esa ciudad en la montaña que nunca recorrimos juntos.

Y algo me hace volver, y recorrerla de memoria. Es el otoño, que hace madurar esa fruta, no prohibida, pero hermética.

 

Eran otros los guayabos de entonces.

Yo era otro.

Ella también.

 

Ahora la corteza dura envuelve la pulpa aun tierna, pero agridulce.

La lengua sabe bien.

Y el invierno nos quiere cerca y el verano nos ahuyenta.

Sabemos mucho del fruto, poco y nada de la flor.

Aprendí a quererla, recorriéndola, con los ojos, hasta cansarme.

Para mí, es una calle sin salida.

 

¿Qué significa cuando todos los ruidos tapan las voces?

¿Y qué cuando se muestra desnuda, silenciosa?

 

¿Por qué calles andarás cuando Guayabos, desparramándonos, nos traiga el perfume del invierno?

Seguro yo estaré esperando.

En cualquier esquina.