El ladrido de los perros, la chismosa sobre sus ruedas chirriantes, el humo que inundaba el -para variar- húmedo Montevideo. No era un sábado más. La Selección uruguaya de fútbol tenía una parada muy importante por la Copa del Mundo, enfrentando a la portuguesa en instancias de octavos de final. No sé si el más grande del mundo, pero iba a haber un asado generalizado de una magnitud incalculable en todos los rincones del territorio. Veníamos de tres victorias al hilo, lo que nos había clasificado con un puntaje perfecto. Los nervios, la ansiedad, la unidad social. Que Cristiano, que Godín, que Suárez, que el Maestro. El partido lo tenía todo. El país se paralizaría durante, al menos, dos horas.

Picada, chela, chorizos y unas tiras de asado. Lxs gurisxs venían para casa y el menú no podía ser otro. A poco de comenzar el partido, llega un inesperado y polémico whatsapp:

Euge: “Hola, ¿Se juntan en lo de Rafa? Yo no vi ningún partido en lo que va del mundial, ¡Pero voy!”

Para qué. Faltaban escasos minutos para que el juez diera el pitazo y se nos presentaba un dilema colectivo del tamaño del Estadio Centenario. Mirá que yo soy un tipo racional, demasiado racional, tal vez. Ni en el alma te creo. Pero con las cábalas futbolísticas no, loco, en serio. ¿No viste ningún partido del Mundial, los cuales ganamos todos, y se te ocurre venir a ver este? Era una locura. Una real locura. No había nadie en el grupo que no tuviera esta idea. Eugenia no tendría que venir, jamás, bajo ningún concepto. Pero cuando mandó ese mensaje ya estaba en camino. La pregunta era qué hacer con eso.

-No le abrimos ni en pedo- Fue la primera reacción. -Ni en pedo.

-Pará, cómo la vas a dejar afuera con el frío que hace, no seas sorete- Comentó otre, con una mezcla de ingenuidad y piedad- Al menos le tiramos una frazadita por la ventana- Se rectificó, al ver que se le clavaron un sinfín de miradas de reprobación.

Sin haberlo resuelto la cuestión, el partido comenzó. Parejo, raspado, con un gran planteo celeste. Gol. Pase cruzado de Cavani para Suárez, que avanza unos metros, acomoda el cuerpo, y levanta un milimétrico centro para el mismísimo Edinson, quien la cuelga de un cabezazo. Golazo. Corrían 8 minutos, apenas, faltaba una eternidad. Y que apareciera Eugenia. Lo que llegó, en ese momento, fue otro whatsapp pidiendo la dirección exacta o la ubicación.

-No se la pases, Rafa, no se la pases- Imploró alguien.

-No, mejor pasale otra, a muchas cuadras de acá. -A esa altura era difícil pensar quién se compadecía más de la pobre gurisa- Hagamos que se pierda hasta que el partido termine.

Había un cagazo generalizado. El gol tempranero, en general, despierta al rival y lo torna más peligroso. Y en el fondo todxs sabíamos que no había cábala que nos hiciera ser tan basuras con una persona que, en el fondo (para esos momentos, demasiado en el fondo), queríamos. Además, no teníamos pruebas fehacientes de que fuera yeta; tan solo teníamos el dato de que sin haber visto ningún partido los habíamos ganado todos. Es menos fuerte que si, por ejemplo, vio todos los que perdimos. Con gran desgano, se le pasó la dirección correcta.

Las cervezas se acababan y, mágicamente, iban apareciendo bebidas más fuertes. Bah, mágicamente no: fui a hacer uso de mis reservas. Y además el whisky no me gusta, lo tengo ahí para emergencias como estas. De un momento para el otro, timbre. Llegó Eugenia. Advertida de la polémica que había generado, y sintiéndose, con razón, un poco señalada, se sentó en un marginado rincón, prácticamente que en el oscurantismo de la culpabilidad. Todo lo que pasara de ahí en más iba a ser, lisa y llanamente, a causa de su presencia.

Gol de Portugal. Silencio. Ensordecedor silencio. Todxs pensamos lo mismo, pero a la vez todxs optamos por no quitar la vista de la televisión. Las piernas temblaban y las cabezas se sostenían, temerosas. Si fueron minutos largos para nosotrxs, ni quiero saber para ella.

-Ta, creo que te tenés que ir, Eugenia- Una voz rompió el silencio.

-No, ya está acá, ya fue, mantengamos todo como está que todavía falta mucho partido, no rompan los huevos- Una voz resonó molesta y estridente. No hubo réplicas.

Ni en el punto más álgido de la Guerra Fría el destino del planeta estuvo tan en manos de una sola persona. Pobre Eugenia. Siempre fui muy cabulero para esto del fútbol. Escuchando los partidos en casa, si mi cuadro jugaba bien intentaba mantener la posición, el lugar, los gestos, lo mismo que si mi tradicional adversario perdía. Nunca traté de explicarlo, y en el fondo siempre me pareció descabellado.

El resultado es sabido. Cavani mojó de nuevo y Uruguay ganó, para jolgorio y algarabía (perdón, esas dos palabras tienen que ir juntas, necesariamente) de 3 millones y pico de personas, valga el cliché. Eugenia, con cierto desinterés en lo concerniente al deporte en sí, lo festejó más que nadie. Alguien sugirió que era la prueba irrefutable de que las cábalas son mentira. Bueno, por hoy dejémoslo así, démosle la razón, hasta dentro de 6 días, cuando volvamos a olvidar todo nuestro costado racional. Mientras, sigámonos burlando del horóscopo.

 

Rafael Dighiero