I

 

Tras terminar el último vaso de cerveza, sólo quedaban los rastros casi uniformes de la espuma y la marca de donde se habría apoyado su labio. «Un cigarro más y a lo nuestro», se repitió ya sin cansancio. Estaba ya harto de no poder sentarse a escribir el final del guión que le había encargado Domínguez, hacerlo en infinitivo y sin tiempo, ni el verbal ni el del reloj, sin las ataduras del típico asceta que más que ver al Mundo deja que el Mundo lo vea a él. Incontables noches en vela, ceniceros llenos, tazas de café –primero– y vasos de lo más fuerte que tuviese a su alcance –después– habían sido testigos de su indiscutible falta de talento y de su tediosa, casi fastidiosa perseverancia. Su continua tendencia a la sobreadjetivación lo hacían odiarse; su estúpida necesidad de recurrir a un sinfín de tiempos verbales lo hacían confundirse; su incapacidad de conformarse con las palabras que usaba, lo hacían abandonarse. En ocasiones le servía salir al frío y caminar, hasta la rambla o a comprar tabaco aunque todavía le quedara, acaso hasta darse cuenta de que no tenía punto y volver, sin nada, o incluso con menos de lo que ya no tenía. Pero casi siempre con tabaco.

«Puedo llamarlo a Domínguez, explicarle que estoy con otra cosa, o que me tengo que ir del país. Me puedo ir del país». Si sus pensamientos eran o no palabras, ya no importaba. De cualquier forma no terminaría el guión a tiempo ni se iría del país, al menos no con esa simple excusa. Aunque el escape siempre había sido su principal excusa… Pero aún al volver estaría la taza de café en el mármol, con su halo de amargura negra de meses atrás, con los restos olvidados, muertos sin velar, del polvo de cafeína tostada que una vez quiso animarlo. Estaría aún Domínguez con su panza, la mancha de mostaza en la corbata gris raída, los zapatos mal lustrados y el eterno olor a encierro; estaría aún el recuerdo de Domínguez y Lourdes aquella vez en Buenos Aires, estaría intacta la infidelidad. Estaría aún la tumba de su madre, en el mismo lugar donde la dejó, sin poder hacer nada. Estarían aún las humedades del baño, el perro ladrando de la vecina, los golpes de martillo del inquilino de arriba. Nada se iría con él, y no podía dejarlos. Así era que se sentaba, cada vez, a intentar terminar el guión, sin éxito.

Las bocinas de los barcos sonaban en el puerto siempre a las seis y media, cuando empezaba a oscurecer. Era su señal para levantarse del banco de la plaza, echar un último vistazo a la estatua y al espacio de mármol más claro donde alguna vez, probablemente, haya habido una placa con un nombre olvidado por los años y el valor del bronce que alguien supo aprovechar; echar un último vistazo a su sombra ya casi inexistente, para caminar las tres cuadras calle arriba hasta la pieza, sin saludar a nadie, y volver al encierro. A las ocho llamaría a la puerta el gallego para ver que otra vez estaría atrasado el alquiler. Unos diez minutos solían durar los monólogos sermonezcos del viejo gordo y fatigoso, seguidos por una tanda de gritos e insultos, rematados por un portazo y una puteada que retumbara en los pasillos. Antes de las ocho y media, todo volvía a ser quietud. Una quietud muy parecida a la soledad.

Mientras se duchaba apoyaba la cabeza contra la pared, resignándose a las gotas sobre su espalda, y escuchaba los pasos y las conversaciones de la mujer que había alquilado la habitación contigua, con quién sabe quién. Nunca la había visto, pero la imagen de ella en su cabeza era una construcción clara y definida, como si los sonidos que le llegaban a través de la pared la hubiesen moldeado, perfecta en en el espacio, ella y su voz. Nada especial, una mujer de baja estatura, solterona, de casi cuarenta años, desgastada por los vicios y los hombres –si es que eran cosas distintas–, casi siempre hablando con “Marita” en el teléfono sobre la noche anterior y cómo Ernesto, Roberto, José Pedro o Juan María era un hijo de su madre, que nunca más le creía una sola palabra a él ni a ningún hombre, que eran todos iguales. Unos quince minutos duraban sus conversaciones a los gritos; suficientes para entrar y salir de la ducha. A las diez y cuarto sonarían las cadenas del ascensor, anunciando que en cinco segundos, las llaves de Lourdes repicarían burlonas en la puerta. Comenzaría la noche, que culminaba casi siempre con un silencio incómodo tras la cena, descartado ya hacía tiempo el sexo, las miradas hacia el piso o el techo y las manos frías sobre la mesa o el regazo propio, nunca el del otro. Después, el sueño. La cama era como una trinchera en la que el primero en moverse era quien delataba estar despierto, aún sabiendo que quien estaba del otro lado, en general a la espalda, no estaba dormido, por más que no se moviera. Y estar despierto significaba estar agónicamente vivo, y eso era la mayor desesperanza. Significaba que la noche y el sueño no habrían cumplido su único cometido, el de ser eternos. Estaba seguro de que más allá de esa nuca pálida e inmóvil estaban los ojos abiertos, perdidos de Lourdes, y dentro de ellos no había nada más que vigilia. Aún viva, era un mero reflejo de su rutina y del vacío de su existencia: el Alzheimer de su padre, los genes débiles que la agobiaban y predeterminaban, su imposibilidad de quedar embarazada; la pieza húmeda y claustrofóbica de cuatro por cuatro; la mano grotesca y peluda del Gallego cuando quería cobrar la renta y, naturalmente, no había dinero; la suciedad permanente, el asco constante a ella misma; la indiferencia de su fracasado y frustrado marido; las largas ausencias de éste que no eran peores que su inexpresiva presencia.

«Está despierta. Pero ella quiere creer que no, para que yo lo crea también. Espero que crea, al menos por momentos, que estoy muerto. Así conocería la dicha momentánea y la miseria del descreimiento. Quisiera yo también creer que estoy muerto, así no tener que preocuparme por si está o no dormida. Tal vez lo estoy, y la muerte es esto justamente: esperar que crea que duermo, mientras espero que se duerma. Tal vez Muerte sea insomnio eterno, y creemos que morir es el castigo, cuando en realidad es la salvación de este limbo interminable. Qué ingenuos aquellos que le temen a la muerte y no a la vida, a la vida sin muerte.»

 

 

 

II

 

Podía ver a través del cristal esmerilado de la puerta de la oficina de Domínguez, la silueta de su panza que superaba el escritorio y hacía sufrir a los botones de la camisa. Las ventanas que daban a la plaza estaban siempre sucias con la arenilla de la brisa que venía del río. Con el segundo cigarrillo, Hassler procuró dejar la charla liviana y afrontar la demora del guión.
–Sabés que no lo tengo todavía.
–Sí, ya sé.
–Capaz para la próxima semana.
–Sí, capaz.
–Igual ya lo tengo empezado.
–Sí.
–De verdad.
–Te creo.
El último silencio de Domínguez evidenció que, ciertamente, no le creía una palabra, pero que en realidad no le importaba.

–Amigo Hassler, yo sé bien que un asceta como tú no puede medirse según el tiempo del hombre común y buen burgués como procura uno ser. Tratá de que Courier no te rompa mucho las pelotas. Si me pregunta, entendé que le voy a tener que decir. Pero ese es tema de otro día. ¿Sabés a quién me encontré la otra vez? ¿Te acordás de Julia? No, no, esa es Juliana. A Juliana si la veo te lo tengo que contar desde el teléfono de la comisaría, porque seguro me ve y me denuncia. No, Julia, del trescientos ocho. Claro, de la calle Soca. Dejálo, dejá que suene, debe ser la patrona. No, no, dejálo. Bueno, a Julia me la encontré en una feria en Morón, la última vez que anduve allá. Sí, sí, sigue igual que siempre. Sabés que mi debilidad son las mujeres independientes, no te tengo que contar el resto. Mi buen amigo Hassler, Usted me entendería mejor si no hubiera elegido el camino de la monogamia vergonzante. Ahora el asceta pone cara de descreimiento. ¡Pasen y vean! ¡La conformidad existe y tiene apellido judío! Por cierto, ¿cómo sigue Lourdes? Puede ser complicada una situación como la de ella, tan jóven. ¡Y qué bonita!–. («Igual que cuando dormiste con ella en Buenos Aires», pensó casi en voz alta Hassler, que apenas lo escuchaba pensando en lo que diría Courier cuando Domínguez lo llamara, cinco minutos después de dejar su oficina, para advertirle del guión). –Pero, ¡ya qué! Si hemos de seguir la charla mejor con uno escocés bien seco. ¿O el asceta ya no bebe? ¿Abandonar los placeres implica olvidar las razones por las que vivimos? Yo me considero más bien un apasionado, pero no más que un utilitarista, en el buen sentido de la palabra, si es que existe algún otro…

Ya apoyados en la barra, la conversación continuó durante varias horas como si nunca hubiera sido interrumpida. Y de no haber sido por los tropezones y los gritos de Domínguez, los vasos partidos y su nariz rota de un golpe, la charla hubiera continuado, siempre en el mismo tono, durante horas, sin decir nada realmente.
–¿Seguís con esa maldita costumbre de no escribir nunca con las ventanas abiertas?–. De a poco, Domínguez iba volviendo en sí mismo, aunque las palabras aún resbalaran.
–Insisto en que no es una costumbre. Es una práctica que se sostiene en su mera utilidad: las hojas con el viento se vuelan.–, respondió, sobrio, Hassler.
–Capaz que terminás el guión el día que te dejés de joder y abras la ventana. Y por ahí Courier no me sigue atosigando como si fuera la Policía Secreta.
«Tiempo. Dos semanas. Tres. Después del pago nos vamos de esta ciudad condenada. A un lugar tranquilo para que Lourdes descanse. Con árboles que den sombra. Mucha sombra para este sol que nos va pudriendo. Que descanse. Y un escritorio largo, con ventanas fijas, ventanales, mucha luz y poca corriente, para escribir pero cuando quiera. Dos o tres semanas. Después se ve. Escribir. Escribir palabras. Es fácil. Los dedos en la máquina y salen solas. Plata que viene sola».

Todo lo que deseaba era poder abandonarse a su ascetismo: su fin último era quedarse vacío. Que toda esa sed, esa juventud, esas ansias en forma de alegría y sueños en forma de esperanza, desaparecieran, o que aun estando ahí fueran silenciados hasta el punto de la inexistencia. Si para ello era necesario morir, entonces eso era lo que quería. Morir y matar todo lo que dentro yacía, molesto. Los ascetas samanas de la India lo llamaban «despersonalizarse», y su fin era matar todos los vicios e impulsos para desprenderse del yo y hallar el atman, el saber último y Divino, el Único. Pero para él, para Hassler, no era diferente a un borracho que en su narcosis logra huir de sí mismo y de lo que los demás ven de él, siente un dolor máximo que hace desaparecer el resto de los dolores, que ya no existen, porque lo son todo. ¿Cuál es la diferencia entre el desmayo etílico del borracho y el desfallecimiento del samana con hambre y sed de meses? Ambos logran el cometido de vencer el cuerpo. De uno u otro modo, ambos sucumben ante su deseo de no sucumbir, y lo trascienden. Las manos de uñas manchadas de Hassler danzaban grotescas sobre las teclas de la Olivetti 82′, mientras pensaba en el hambre de los ascetas y se servía otra copa. «La plata viene sola. Después se ve».

 

 

 

III

 

El agua negruzca que salía de la pileta floja de la pieza se escurrió por la cara de Hassler hasta caer por la cañería desfondada, y entre las manchas negras del espejo podía verse su cara demacrada por la ausencia. Gran parte de sus días se reducían en responderse por la ausencia de qué, precisamente. De camino a la agencia paraba siempre en el café de una calle abajo, compraba el diario –que rara vez leía– y se sentaba en la mesa de la ventana esquinera. Desde ahí se veía su puerta, registrando la cara de cada persona que entraba y salía durante el período que se mantuviera sentado en ese lugar, que cada día duraba más. Tenía la teoría de que una mujer pequeña, de cabello oscuro y desordenado, era la vecina, la del teléfono, la de “Marita” y el millar de hombres malditos. No fue hasta después que se acostó con ella que pudo confirmar su teoría. Con cada paso que daba calculaba la distancia a la pared que daba a su propia pieza, para poder determinar si los sonidos que emitía podían o no ser percibidos del otro lado, y si efectivamente alguno de ellos podía hacer que se lo reconociera. Se llamaba Ofelia, lo cual enseguida olvidó, era divorciada y tenía diabetes; además iba al psiquiatra y tenía un amorío con él. Lo único que compartía con Hassler era, al menos en principio, su clara capacidad de apasionarse, su discreción y su facilidad para pretender que no lo había visto nunca. Ni antes, ni después. Efectivamente, así fue.

Cuando la salud de Lourdes empeoró, decidió irse a lo de su tía Elena en Barros Blancos, donde creció como aquella chiquilina de colegio, de melena rubia hasta la cintura y de piernas robustas y largas, mas aún delicadas y frágiles. Murió a las dos semanas, sin haber llegado nunca a escribir. Pero la Lourdes que murió era otra distinta a la chiquilina del colegio, de mirada inocente y sonrisa desafiante: esa a la que enterraron en el Cementerio Norte al lado de su padre era una Lourdes incompleta, amputada, demacrada por la vida… Por él, por Hassler, por los años de amor que le prometió y nunca le dio; por las ganas que le bebió con cada copa que lo llevaban a los tumbos a su tristeza entre cuatro paredes; por los días que asesinó entre el trabajo y la espera, entre las mujeres y los bares, entre el silencio y la ausencia; por cada parte de ella que mató al negarse a verla y a tocarla, hasta que ya no había necesidad de negarse, pues no había a donde mirar, ya su mirada no demandaba ser devuelta; por hacerle bajar su mirada hasta el punto del abandono.

 

 

 

IV

 

Las palabras de Domínguez apenas retumbaban en un rincón perdido de la cabeza de Hassler, como si alguien avisara que allí estaban, pero nadie le prestaba atención. Los estantes a la espalda del ostentoso y casi risible Director General comenzaban a doblarse por el peso y la humedad; la ventana aún sucia casi no dejaba pasar el azul del mediodía, tiñéndolo de gris.
–Courier me dijo que habló con vos, que casi terminás el guión.–, apenas masculló Domínguez con un escón atravesado en la laringe.
–Sí. No. Me falta una línea.–, terminó de decir Hassler cuando Domínguez rió, entre despectivo e incrédulo, para luego poner cara de asombro, cuando vio que no era broma. –Y no se lo voy a entregar hasta que esté terminado.

Ese día fue el primero en mucho tiempo en que Hassler se fue directo del trabajo a su casa. Ya no estaba la vecina de al lado, pero aún sentía su forma delimitada por el silencio más allá de la pared, por los espíritus de todos los hombres que descansaban en el tubo de su teléfono, aguardando en su purgatorio sus amantes, más allá su ex marido y su psiquiatra, más acá Hassler. Aún sentía la forma de Lourdes delimitada por las marcas de las sábanas que se confabulaban para construirla. Las manchas de humedad del baño habían crecido; ya no sabía cómo estaba la tumba de su madre, pues no había vuelto a visitarla; ya no le quedaba nada, excepto el guión sin terminar. Recordó su primer amor, el de Lourdes, y todos los que hubo en el medio, y cómo los dejó morir, y cómo dejó a Lourdes morir. Ni siquiera en sus brazos. La dejó morir sola en la cama de su tía Elena en Barros Blancos. «La dejé morir sola en la cama de su tía Elena en Barros Blancos». De repente, no le importó que no le quedara tabaco. Los labios ya estaban tan secos y los pulmones tan negros, que ya no sentía la necesidad de fumar. Vio el cenicero, lleno de meses de ceniza vieja, casi polvo, y se decidió por limpiarlo. No había nadie más que lo hiciera. No lo hubo nunca.

Se dio cuenta entonces de que estaba sólo. Había dejado ir a todas aquellas personas que pudieron llegar a considerar, algún día y de algún modo, amarlo; había ignorado deliberadamente, mas sin quererlo, cualquier oportunidad de hacerlo él mismo, de amar a alguien, quien fuera. Se dio cuenta, entonces, de que su mundo no era más que un mundo habitado por fantasmas, ya ni siquiera recuerdos, de amores que murieron sin haber nacido; un mundo de formas sin forma, de almas sin alma. Y que, en ese mundo inhóspito y hediondo de cloaca y muerte, estaba sólo, parado en una calle desolada, sin nada a ambos lados, sin vida creciendo en los rincones abandonados, sin nadie esperando al final, si es que esa calle llegaba a algún lado. Había llegado ahí por mano propia, nadie sino él mismo era culpable de su agraciada soledad –pues era lo único que, a fin de cuentas, sabía que existía–, había cavado un pozo tan profundo y había construido un muro tan alto que su mundo ya no era el mundo de los hombres sino uno distinto, enteramente suyo, pero sin más. Sin la vida que sustenta a los mundos y a los hombres, sin la cual estaba condenado a perecer. Sólo. Y lo sabía. Sabía que, al final, no lo matarían los años ni el trago ni el tabaco: lo mataría la soledad. Y tratando de huirle, lo iba a matar la desolación de despojarse, al fin, hasta de él mismo. Lo sabía, y era eso lo que más lo asqueaba y atemorizaba.

En su última noche, se dice que lloraba, pero no había nadie que lo confirmara. Siendo así, realmente no importa si lloró o no. De haber llorado, sus lágrimas han de haberse secado en el vacío sin vida de su mundo. Y se murió esa misma madrugada, sólo, apoyado en su escritorio, sobre las hojas desperdigadas del guión sin terminar. No con certeza, se cree que abrazó a la Muerte cuando la vio llegar y se abandonó a su placer. Apagó la luz y abrió las ventanas de par en par. Por fin el asceta se despojó de su condición y sintió el gusto del aire en su cara, del silencio de la noche, de la tenue luz de la luna bañando las estrellas, del recuerdo de la infancia, el primero, el amor por ese niño a punto de morir de viejo; de la Lourdes de las piernas de colegio, largas, eternas. Por fin se abandonó al placer de la vida y de llegar a su final. Y así lo encontramos: sólo, muerto boca abajo, con la luz apagada y las ventanas abiertas, de par en par.

Eran las seis y media y empezaba a oscurecer, y las bocinas de los barcos volvían a sonar en el puerto. Al fin, la última línea estaba escrita. Era cuestión de esperar.

 

*


 

*Foto: «El asceta», Picasso (1903).