Ustedes dicen “pobre”. Dicen, “lo encandilaste”, “está enamorado”. Ustedes dicen, “si tanto te molesta, bloquealo”. Como si la única realidad fuese la virtual. Como si bloquear alguien de Facebook también significara eliminarlo de la existencia, como si no tuviera siempre la sensación de que no importe donde esté, él va a aparecer. Y se me va a quedar mirando, fijo, lascivo. Haciéndome sentir que la que está loca soy yo. Que no es tan grave. Que estoy exagerando, que yo lo seduje, que yo lo atraje hacia mí porque me servía, porque me iba a dar fama, porque me iba a subir la autoestima.

Y yo lo creí así. Lo creo así. Me cuesta aceptar que no es mi culpa. Sí, digo, es mi culpa, fui yo quien le dio el espacio para pensar que lo deseaba cuando no le dije inmediatamente que no. Porque quería ver si tenía algo de poder sobre él. Porque soy una trola, pienso, porque me gusta seducir, porque sostengo mucho la mirada. Es mi culpa. Yo me traje esto y ahora tengo que lidiar con las consecuencias; nunca le dije nada. No le dije, basta, dejá, no quiero. No quiero que aparezcas en mis espacios, no quiero que me hables, que me comentes cosas, que hables sobre mí. Y no es que tuviese miedo. Me volví pasiva. Pensé que si aguantaba la respiración iba a pasar pero cada tanto me despertaba y ahí estaba de nuevo. Quince notificaciones, violentándome. Y resulta que es una gracia. Que él es así, un loco, un rarito, qué le vamos a hacer.

Ustedes dicen, “pobre, está enamorado, no sabe lo que hace”, porque en el amor, vale todo, ¿no? Porque soy el objeto de deseo, un personaje de la ficción que él construyó alrededor de mí. Existo solo como destinataria de su amor, de esa locura que lo invade. Yo no decido. No soy un sujeto. Soy la pendeja que lo encandiló.

Yo no existo. Soy un cuerpo cargado de subjetividades que se completan a partir de su mirada, subjetividades que toman forma solo cuando es su ojo el que se posa sobre ellas; pero yo, no existo. Soy un ser complejo tan solo en la medida que funcione en su historia. Soy mujer. Solo existo como cuenco de su masculinidad.

“Lo enamoraste”, dicen. ¿Cómo puedo enamorar a alguien que nunca se tomó el tiempo de conocerme, que solo se aferró a la representación que hizo de mí? Y  se aferró, con las uñas y dientes, rasgando tan hondo que se volvió real. Que la piel que terminó lastimada sí fue la mía, esta que habito, que cargo todos los días, que me vuelve humana.

Porque yo existo. Yo soy un sujeto. Soy una persona. Soy una persona, soy una persona, soy una persona. ¿Cuántas veces tengo que repetirlo para que se vuelva verdad? Cuántas veces tengo que afirmarlo.

“Si tanto te molesta, bloquealo, si tanto te molesta, ¿por qué no decís algo? No es tan grave”.

Sigo convencida de que es todo mi culpa. Que es mentira. Que estoy loca. Que no está pasando, que invento cosas. Que cada vez que se acerca a donde estoy es por otros intereses.

Pero después se me queda mirando.

Juro que no estoy loca.

Me siento culpable, y es una culpa vomitiva. Me siento culpable por no hablar, por no decir que me molestaba, por haberle dado espacio para acercarse. Como si mi espacio personal solo pudiera delimitarse cuando el “no” es verbalizado. Como si tuviera que estar todo el tiempo señalando que líneas los hombres pueden o no pueden cruzar; como si fuera mi responsabilidad enseñarle que no está bien que me respire en la nuca.

Y terminé silenciada, censurada por el miedo de que fuera a hacer acto de aparición.

Llena de disgusto y repugnancia hacia mí misma, totalmente desprotegida.

No.

No estoy loca. No es mi responsabilidad enseñarle que no está bien que se ensañe conmigo, que no está bien que me persiga, que me busque cuando yo ya lo rechacé una y otra vez. Que no está bien que se den vuelta, que digan, pobre, está loco. No está loco. No está loco, no está loco, no está loco. No es un caso aislado. No soy la única.

No tengo por qué ser el fetiche de nadie. No soy un objeto. Soy una persona.