Un decreto presidencial, cierto día, estableció la supresión de las últimas doce horas del día domingo. Considerando, en base a encuestas de opinión pública, que la depresión alcanzaba dimensiones disparatadas en las horas finales de la semana, la decisión procuraba el bienestar general de la población. Los suicidios, pensaron, se reducirían de gran manera, y la gente podría pasar de lo mejor del fin de semana al tortuoso pero rutinario comienzo de la próxima, ahorrándose así el interludio del anochecer dominguero. La idea, en sí, era brillante. Y también lo fueron sus resultados, al principio.

    Transcurrido el minuto cincuenta y nueve de las cinco de la tarde, automáticamente, el reloj marcaría las seis de la mañana. No solo la construcción social del horario y el calendario se adaptaron a la decisión presidencial, sino también el ordenamiento del cosmos. El sol traspasaba la barrera del horizonte, se aguantaba un cachito ahí abajo y volvía a salir. Como que rebotaba. El gobierno, por supuesto, no imaginó las consecuencias que provocaría este cambio en la población.

    Al menos, la primera semana, fue hermoso. La familia reunida, mateando o tomando café según las preferencias particulares, dio culminada su clásica reunión, y al llegar cada quien a su hogar, el día siguiente comenzó. Nadie podía creer haberse salteado toda esa resaca existencial, esa invasiva y a veces injustificada melancolía , esa introspección indeseable e infructífera. El lunes anticipado fue una jornada de sonrisas plenas. Todo el mundo fue a trabajar pletórico. La productividad laboral, dicen los que saben, se disparó.

    Sin embargo, muchas veces, lo más obvio es invisible para quienes elaboran las políticas. Cuando la jornada laboral llegó a su fin, la gente, más cansada de lo normal, se percató de que no había dormido. Básico. La euforia había enceguecido a las masas de algo tan evidente como la necesidad de dormir durante la noche. Para el segundo medio-domingo, el consumo de cocaína, según estimaciones del Centro Nacional para la Erradicación Total y Absoluta de  Estupefacientes, se triplicó.

    Fue el principio de la debacle. Las alteraciones en el sueño provocaron múltiples desastres sanitarios, sobre todo en niños, niñas, ancianos y ancianas. A la tercera semana, el sistema de salud colapsó. En paralelo, la gente adelantó su depresión en términos de horario, por lo que comenzó en la mañana misma del domingo. Un porcentaje importante de la población más joven, de hecho, se iba ya deprimida desde el boliche a su casa, dando lugar a un estado de ánimo no conocido hasta el momento; que sería la mezcla perfecta de euforia y crisis existencial (mucha gente, falleció a causa de los daños cerebrales que esto produjo). Los conflictos intra familiares, por supuesto, se acrecentaron, y todo el tejido social se rompió. Apenas cumplido un mes de que el decreto fuera promulgado, la sociedad era un caos absoluto.

    Me encantaría poder escribir que la revuelta social que fermentó derivó en el derrocamiento del capitalismo, el estado-nación y todo tipo de opresión, para darle paso a una estructura social y política sin clases, sin autoridad, cooperativa y comunal. Pero no, amiguites. El fascismo es mucho más hábil. Los líderes populistas se aliaron con la Iglesia y los cárteles de droga más poderosos de la ciudad para conformar un narco-estado y un régimen totalitario que duró aproximadamente dos décadas.