Hay una leyenda montevideana sobre una parada de ómnibus en la cual, por algún extraño motivo, la clásica seña para que los vehículos se detengan es llevada cabo por una sola persona. Siempre. Algún tipo de fuerza actúa sobre los transeúntes para que su accionar sea perfectamente sincronizado, en claro contraste con lo que sucede en el resto de la capital. Lograron huirle a esta sabidamente improductiva pero muy uruguaya práctica.

Es lunes y pasan veintitrés minutos de las siete de la mañana. La intensidad del frío invernal que azota las calles durante el mes de junio lleva a que en lugar de personas, por las madrugadas paseen masas amorfas e inanimadas de todo tipo de tela de abrigo, con pocos rasgos faciales expuestos y alguna mano que sale de los bolsillos solo para agarrar el celular. Por supuesto, las personas que habitan este mágico acontecer rutinario no se conocen. De hecho, los muy inusuales errores de coordinación ocurren cuando dos familiares o amigos concurren en conjunto o coinciden allí de casualidad. Hay algo del misterio que se rompe.

Una mirada, muchas veces, basta. Un rostro se cruza con el otro y asiente, como diciendo “dale vos”. Un carraspeo a veces es una señal inequívoca. La comunicación, sin embargo, suele ser imperceptible.

El rumor de esta insólita práctica, por supuesto, se dispersó rápidamente. Los analistas más metafísicos hablan de almas en esporádica conexión. Los más escépticos teorizan sobre repetidas y constantes casualidades, provenientes del libre albedrío y derivadas de la inexistencia de cualquier fuerza superior a la materia.

La informal organización tiene carácter, por llamarle de alguna manera, autonomista. Los seres que habitan esta magia escasos minutos por día, no admiten observaciones y rechazan cualquier exposición pública. Así como los juguetes de la película de animación, la performance es llevada a cabo si y solo si no hay miradas ajenas. El principal gobernador de la ciudad, de hecho, concurrió al lugar cierto día, acompañado por el amo y señor del transporte colectivo. Con ojos incrédulos, permanecieron desde el alba hasta el mediodía, viendo cómo para cada ómnibus se levantaban cinco, seis, siete brazos. Esperaban que, al menos, una casualidad pudiera darle algún grado de verosimilitud a tamaña leyenda urbana.

Es lunes y van cuarenta y siete minutos de las siete de la mañana. Pasaron muchos meses ya desde aquel día en que los vecinos se toparon con un lapidario cartel: “Parada suprimida”. La misma, fue re-ubicada a cincuenta metros cruzando la avenida. La magia no solamente desapareció sino que nadie parece recordarla. El hecho pasó totalmente desapercibido. El rumor sigue corriendo, aunque en realidad todo se extinguió hace tiempo. En ese lugar, ahora, hay un kiosco de diarios y revistas, que en verdad, todo el mundo sabe que subsiste a base de recargas y estacionamientos tarifados. Ahí llega el dueño; un viejo muy viejo que toda su vida la dedicó al rubro del canillismo. El reloj marca las ocho en punto.