Hace unos años se desató, en un populoso barrio montevideano que mejor mantener en el anonimato, una guerra digna de las peores pesadillas. Los cuadros más laureados de nuestro país, Nacional y Peñarol, Peñarol y Nacional, trasladaron su eterna contienda desde las tribunas hacia los murales callejeros. Esto no debería sonar ajeno para ningún habitante de cualquier tipo de urbe; persianas, columnas, portones, y hasta árboles, suelen albergar voluminosas cartelerías en favor y en contra de los mencionados clubes. Ahí, entre afiches de recitales y propagandas políticas siempre acecha un “vos corriste por cagón”. Además de la eterna vanagloria a los colores propios, las vitrinas bidimensionales, las gestas inolvidables, la categórica afirmación sobre la pertenencia absoluta de un barrio, las pintadas suelen incluir algún grado de amenaza y/o violencia explícita. Desde la clásica referencia homofóbica “puto” (que no se entiende muy bien, ¿Qué sería lo homosexual, la institución, sus jugadores, sus hinchas, todo eso? Bueno, dejemos la lógica de lado) hasta el frío y sanguinario “te matamo a dos”.

Hasta aquí, nada nuevo. En ese barrio, ocurrió, sin embargo, y con una duración difícil de calcular, un ida y vuelta entre fanáticos con ciertas características inverosímiles.

Todo comenzó en las grises y desvencijadas paredes de una fábrica. Tres letras aparecieron inscriptas una fría madrugada de junio: la ce, la a y la pe. Una sobria pero muy clara manifestación de amor de parte de un parcial carbonero. Inmediatamente, fue replicada por un atento fan bolsilludo, quien le añadió tres nuevas letras: la u, la te y la o. Era el comienzo de una inusitada batalla.
En el lenguaje barrabravesco, la homosexualidad es quizás el más abominable y humillante de los insultos. Esto, por supuesto, tiene un signficiado social que es interesante de pensar, en otra instancia. Por el motivo que fuese, esa simple modificación cartelaria significó una mojada de oreja inaguantable para los enrgúmenos aludidos. Fue apenas el comienzo.

Todas las mañanas el arte rupestre le mostraba a la cuadra una nueva mutación. “Zona Bolso”, que luego fuera “Zona anti Bolso corre”, para ser “Zona q’ el Bolso corre al Mansha”. Ese último “al” se transformó en “con”, y luego comenzaron los tachones hasta que solo quedó legible una “e” y un “gallin”. La pintura de las columnas, de tantas manos que recibió, dio como resultado un marrón espantoso. Tras varios meses de disputa por el predominio, los protagonistas comenzaron a perder el sentido. Dejaron de dormir de noche para vigilar las cuadras, y cuando lograban hacerlo mantenían bajo su brazo la brocha. El desvarío comenzó a hacerse notorio cuando primó el ansia de pintar por sobre la lógica del mensaje en sí . Un vecino pudo ver boquiabierto, mientras paseaba al perro, como un individuo con un camperón de Nacional, visiblemente apurado, le añadía un “frío” a la palabra “pecho”, pero que en verdad venía antecedido de “Contra el manya siempre pusimo el”. En su afán por agraviar por agraviar lo hizo consigo mismo. Yo mismo vi una madrugada, a un fanático transformar la R de “Peñarol” en una D, la l en una Y, al tiempo que borraba el ~, y puedo jurar que bajo el buzo se divisaba una camiseta a bastones oro y carbón. Parece no tener sentido.

En verdad, como es sabido, estos hinchas no sienten ganas reales de pelear. Son, en general, vecinos, compañeros de trabajo e incluso, muchas veces, familiares directos. Hubo un caso muy connotado, a fines de los noventa, en el que dos hermanos se disputaron durante años la pertenencia del muro interno de su propio jardín, hasta el triste fallecimiento del menor a causa de un confuso episodio de consumo accidental de tiner. Los rumores de las barridas de vereda señalan con cierto ahínco la responsabilidad del mayor en el cambio de etiquetas de los envases.

Como decía, las materialización de las amenazas escritas nunca se dio. Pero llegado un estado de esquizofrenia identitaria, les resultó imposible no cruzarse en la pinturería, o mismo en las calles, balde en mano. Un día, El Caracortada, líder de la agrupación carbonera en la zona, y su par tricolor, El Rengo, decidieron organizarse para evitar estas indeseables coincidencias . Se creó un grupo de whatsapp llamado “Pintadas barrio” (que luego tuvo que ser administrado exclusivamente por un parcial de Danubio, ya que el nombre y el icono eran permanentemente modificados con los agravios más variados). Las reglas, impartidas por el franjeado, se cumplían a rajatabla bajo amenaza de expulsión: “la pintura debe ser al agua, para su fácil vandalización posterior”, “hay veda de 48hs previo a un clásico”, “la cuota para la coima es de $30 por semana, si se complica y se requiere más se avisa con 24hs de antelación”, “los asuntos de drogas se resuelven en otro ámbito”, entre otras. Llegó un momento en que la coordinación se daba en tan buenos términos que una tarde se leyó: “Negro Carlo, vi el “Bolso Rey de Copas” que pusiste en la esquina de enfrente a la farmacia, ¿te jode si le encajo un “Rey de la fuga”? Es que me la dejaste picando”. La respuesta no se hizo esperar: “Dale Tito, pasaná. La próxima que pintes un “Campeón del Siglo” hacé la eme y la pe chiquitas así puedo hacer arriba una G más o meno del mismo tamaño que lo otro”.

Hubo un día, lo recuerdo muy bien, en que los murales del barrio aparecieron todos inmaculados. El barrio se conmocionó. Nadie supo por qué ni cómo. Simplemente sucedió. Hay quienes aseguran que la contienda se trasladó, nuevamente, pero a las redes sociales. Una versión importante, no obstante, le adjudica el hecho a la feroz represión que sufrieron la noche posterior a vandalizar en conjunto la mismísima seccional y que terminó con una jornada general de tarea comunitaria (lo cual fue hermoso de presenciar). Lo real, de todos modos, tampoco viene al caso. La pinturería, por su parte, se fundió. En su lugar abrió, ayer, recordándome esta historia, una barbería.