La primera vez que escuché The Wall tendría, no sé, unos nueve o diez años. Quizá más. Un día mi viejo, en una especie de ataque nostálgico, se compró el CD; estaba chocho, orishinal y todo. Nunca se le ocurrió que la obra había trascendido, y para apropiarse de ella no era necesario más que ir a la disquería más cercana. En fin. Un domingo de noche, Rorró (yo, así me llamaban en casa del viejo) puso el CD, agarró la lista de temas de adentro de la tapa, se sentó en el living y empezó a escuchar. La idea era, en una libretita que había siempre arriba de la mesa, ir anotando el número de los temas que me gustaran para después bajarlas en el Ares (alto pirata eh). Pero no funcionó. En el momento en que sonó el primer acorde – de la nada, sin aviso previo – la idea de la libreta fue completamente abandonada en el olvido. Y no hubiera tenido ningún resultado, porque desde ese primer «mind-blow», me di cuenta de que era todo una sola cosa, algo íntegro e indivisible.

Fue pasando el tiempo; el disco pasó del living al auto, del auto al Discman (todos somos millenials) y al MP3. Y me fui cruzando con las palabras “album conceptual”, “rock progresivo”, y así llegaron el Wish you were here y el Animals y demás etcéteras. Y llegó la película, y fue un nuevo impulso a esa llama primigenia de la que nació todo. Otra vez era el niño desorbitado, entre aturdido y anonadado, cuyo rostro se derretía del asombro y la manija. Y así, de la misma forma, llegó el año 2012 y los 9 Monumentales de Waters en Bs As. Yo fui a uno, no a los nueve, claramente. Aunque no hubiera estado nada mal. Otra vez, de la nada, como un avión que se estrella contra un muro en ruinas, volvía a nacer el niño que apreciaba con la inocencia que los años fueron quitando a los golpes.

A todos nos marca alguna obra. Más si la marca se da tempranamente, dicen que dura más y pega más fuerte. Leandro y yo somos claros ejemplos. Por eso y por muchas razones más, es que decidimos dar comienzo a esta suerte de “ciclo” de columnas de rock, y hacerlo de esta manera. Aparte tiene contexto:  el sábado viene Roger, y si nos viralizan capaz que metemos meet-and-greet. Al principio, y como la idea fue colectiva, no nos pusimos de acuerdo de si le correspondía a alguno en particular emprender con la tarea de reseñar el “El Muro”; por eso decidimos hacerlo entre los dos. Y la sección promete; todos en las sobras (y quien quiera sumarse) va a aportar algún disco para el harén popular. Esto no es más que una exagerada introducción.

The Wall vio la luz en 1979; es el álbum número 11 de la banda, después del Animals y antes del The Final Cut. Esto quiere decir que The Wall es el último en contar con la formación clásica de la banda: si bien Waters se va en 1985, después del Final Cut, este último no cuenta con la participación en teclados de Rick Wright, ya que Waters lo echa antes de empezar a grabar. Ni idea por qué, pero qué sorete Roger. Después Wright vuelve, ya sin Waters y con Gilmour al frente. Novelesco. Ciertamente, este disco representa un cambio en la rúbrica de la banda, tanto a nivel musical como a nivel estético. No hay que darle mucha presentación: es una de las obras más escuchadas, vendidas, reproducidas, usen el criterio que quieran, de la historia. Este es el 1 x 1 de The Wall.

Rockdrigo


 

La intro de Rodri habla particularmente de un disco que comienza con la mitad de una frase. “we came in?” Dice una voz baja acompañada por el sonido de un clarinete que toca la melodía de la última canción del disco (Outside The Wall). La primer genialidad. Se instala así la idea de un álbum conceptual no solo en lo lírico sino también en lo musical, creando ambientes a través de la música para diferentes situaciones. Además, se introduce implícitamente la idea de una historia cíclica. A partir de allí, se abre el telón para una de las mejores obras conceptuales que ha dejado la historia del rock.

1. In the flesh?

“Tell me is something eluding you, sunshine?
Is this not what you expected to see?
If you wanna find out what’s behind these cold eyes
You’ll just have to claw your way through the disguise”

Pink interpela y avisa a su audiencia a través de la voz de Waters, lo que van a ver a lo largo del relato es una cruda y oscura realidad. La guitarra de Gilmour se hamaca en nuestros oídos durante algo más de un minuto para una introducción con un aire imperial que no tiene nada de casual, la música en este disco ambienta además de acompañar. La entrada triunfal y desafiante del protagonista es una fina ironía a modo de preludio.

2. The Thin Ice.

Después de cualquier preludio, el comienzo de la historia. Nace el bebe, amado por su padres y lanzado a una vida donde ese amor no alcanzará para mucho. El hielo fino hace las veces de metáfora para hablar de una fachada, un espejismo, algo fácilmente destructible. Y cuando el hielo se destruye empieza la locura.

3. Another Brick in the Wall (Part 1).

La frase “Another Brick in the Wall” es sin duda la más representativa y conocida del album. Da título a una canción de tres partes, de las cuales la segunda es la más conocida. Esa suerte de “hit” en el que se ha convertido esta segunda parte, a la que mucha gente confunde de nombre con el disco, ha hecho pasar desapercibidos detalles conceptuales de la pieza entera como tal. Me gusta destacar particularmente el hecho de que cuanto más avanzada en la historia (cuanto más complejo es el muro) está una parte de “Another Brick in the Wall” más instrumentos musicales son fácilmente perceptibles para nuestros oídos.

En esta primera parte, pasan casi desapercibidos los 350214 (trescientos cincuenta mil doscientos catorce) instrumentos que toca nuestro querido Richard Wright con un teclado en algún lado y directamente no está la batería de Nick Mason por ninguna parte. Voz, bajo y guitarra son bien perceptibles en este primer set de ladrillos que el protagonista reconoce como uno de muchos, traído al muro por la muerte de su padre en la guerra. ¿Qué le hace una mancha más al tigre?

4. The Happiest Days of Our Lives.

El bajo de Roger Waters. Nada más que agregar.

5. Another Brick in the Wall (Part 2).

Qué lindo mi hit, se rompió mi album.

La segunda parte de Another Brick in the Wall es la canción más conocida del disco, un himno de la crítica al sistema educativo como productor de ciudadanos estándar, con todo lo que una canción de rock que marca época tiene que tener: disconformidad traducida en crítica en la letra, una melodía bien marcada por el bajo y la batería, un solo de guitarra para el deleite del oyente y un sello que grabe el tema en la memoria del imaginario popular (y el coro de la “Islington Green School” cumplió este papel con creces).

Si algo se le puede recriminar a esta canción es que le roba protagonismo al lado conceptual de toda la obra, pero es una consecuencia inevitable. Dentro del disco, presenta al sistema educativo que envuelve la infancia del protagonista y sus actores como otros ladrillos en el muro.

6. Mother.

La última canción del lado A del primer disco y, como todo detalle de esta obra, no por azar. Este lado A cumple la función de introducir al oyente al espectáculo y pasearlo por la infancia del personaje. Un solo de Gilmour precioso es la frutilla de la torta de una canción por demás agradable al oído. Waters encarna a Pink mientras Gilmour (como lo hace en la mayoría del disco) hace lo propio con el personaje que Pink dialoga, su madre; a quien pinta como la sobreprotección hecha persona.

7. Goodbye Blue Sky.

Prueba de que Gilmour no precisa mucho para hacer una canción notable. Canta en un coro de algo más de dos minutos junto a sí mismo, acompañado de su guitarra y poco más. La letra, primer referencia directa a la guerra en el disco, tiene como dato de color una referencia al libro “Brave New World” (“Un Mundo Feliz”) del escritor Aldous Huxley.

8. Empty Spaces/What Shall We Do Now?

Las restricciones de tiempo del formato de vinilo hicieron que “What Shall We Do Now?” no figure en The Wall disco pero, por suerte, sí figura en la película The Wall. Si bien en las mangas de la versión en vinilo sí figura su letra, en la grabación se decidió incluir “Empty Spaces”, una versión más corta que se engancha directamente con el siguiente tema (“Young Lust”).

En la película “What Shall We Do Now?” comprende mis escenas favoritas junto con las de “The Trial”. La famosa y fálica animación de las flores se desarrolla con los teclados y sintetizadores de Wright de fondo (sintetizadores con los que Roger Waters dio una mano porque estaba con muchas ganas de trabajar se ve) y el resto de las animaciones no solo acompañan a la letra de forma maravillosa sino que cargan con un simbolismo estremecedor sin desperdicio.

9. Young Lust.

Cada vez que la escucho siento que está bastante traída de los pelos, tanto en letra como en música. Es la única canción que no transmite un ambiente sombrío de todo el lado B del primer disco. Parece un grito de rebeldía de un rockerito canchero.

En el contexto de este bloque del disco puede ser visto como un impulso de resistencia en la crisis, la letra se resume como un “todo me chupa un huevo, sexo y rock and roll” pero no le dura mucho a Pink.

10. One of My Turns.

Del triste reconocimiento del fin del amor a una escalada de violencia.

La letra de “One of My Turns” es la primera que nos deja ver sin eufemismos la misoginia del personaje principal de esta obra, que se podía entrever en el desdén que muestra por su madre en “Mother” (personaje principal que después va a tener un delirio Nazi, pero hay gente que se cuestiona porqué Waters hizo de sus conciertos en Brasil un canto contra Bolsonaro). Tras violentar a su pareja deja implícito su miedo a la soledad en el último verso de la canción “Why are you running away?” dice a quien se aleja de él. Ese mismo miedo a la soledad se desarrollará en la siguiente canción del disco “Don’t Leave Me Now”.

11. Don’t Leave Me Now.

Junto con “Goodbye Cruel World” lo más sombrío del disco. Sin ningún tipo de autocrítica, Pink se pregunta cómo pudo ser abandonado por su pareja cuando más la precisaba. Como canción aislada es un embole que el mini solo de Gilmour al final hace valer la pena.

12. Another Brick in the Wall (Part 3).

Además de ser el cierre de Another Brick in the Wall, hace innecesaria a Young Lust si de llenar el espacio de grito de rebeldía se trata. El último alarido antes de apagarse está representado en esta canción. El personaje se autoconvence de que no necesita nada, al final de cuentas todo es solo otro ladrillo en el muro.

13. Goodbye Cruel Word.

El primer disco se cierra con una despedida de Pink, decidido a suicidarse.