Caminar.

Caminar por la calle lavada por la lluvia.

Dejar que el agua empape con las horas, que corra por la frente, que resbale por el cuello de la camisa mientras voy esquivando las baldosas flojas y esperando lejos de las esquinas para cruzar entre los charcos.

Sentir ese pequeño placer entre las bocinas, los edificios y las corbatas, como un baño de libertad donde lo único libre son los taxis, a veces.

El cartel de neón del hotel de Bartolomé Mitre brilla como a media noche en la tarde gris. Los linyeras se refugian bajo los aleros de los edificios públicos y se entibian las manos con una botella cortada que hace las veces de mate, los apuros de la gente se amontonan en las paradas, y yo recorro la Generación del 45, abriendo la ciudad como un libro y puedo sentir cómo llueve en Andes y Colonia.

Es tan disfrutable que casi no me amarga el ultraje de los cajones de verdura apilados en la esquina del Hollywood.

Veo la ciudad que veían mis abuelos, paso por los cafés y bares del centro sin entrar en ninguno -¿por qué no entrar en ninguno?- y me sigo escurriendo por las veredas, entre la gente. Gente que ve lo que yo veo, y otra gente que está seca. Gente horrible que hay que matarlos a todos, gente buena que de tan buena, tiene miedo.

 

Soy una gota más cayendo desde el cielo gris a su reflejo en la Ciudad Vieja, soy parte de este charco sucio de aceite donde anclará un barco de papel de diario que alguien soltó tiempo arriba, cuando se soltaban barcos de papel en las cunetas.

Un barco más en esta ciudad puerto, con su olor a ganado en pie, for export del Uruguay recitaba Alfredo, y su olor a tierra mojada, tristemente feliz como debe ser. Feliz en la soledad, en la melancolía y en la tristeza.

Más que feliz allí, extraño en cualquier otra parte. Extraño triste, extraño melancólico, extraño solo.

Montevideo cuando llueve es solo un Montevideo entre tantos otros. Otros que hubo y que hay, más atrás y más afuera. Y es siempre el mismo, siempre igual, como los boliches que cada tanto cambian de dueño y nada más, como por cambiar algo.

Las penas se ahogan en nuestro vaso siempre por el medio. No hay lágrimas cuando llueve.

Hay calles, las mismas calles de siempre donde se rema todos los días, donde alguien se queja del tiempo, y otro de los años, y un niño ve a un hombre sentado bajo el alero de un edificio público y piensa, pobre, cómo se puede vivir así, mientras el hombre se pregunta si alguna vez el niño habrá echado a andar un barco de papel.

 

Veo mi reflejo difuso en un charco, y mi reflejo me ve a mí, difuso, en una esquina.

Miro hacia arriba y sigue gris. Y hacia adelante, y hacia atrás…

Respiro hondo.

Aún hay aire en este charco.