Para llegar al final, es necesario volver al principio por un instante. O antes, incluso.

El disco que la banda largó en 1977, Animals, fue un punto de inflexión para Pink Floyd y, así, para la vida de sus integrantes. La gira que le precedió llevó el nombre de “In The Flesh” (sorpresa), y fue el comienzo de los grandes conciertos floydianos: estadios llenos, miles de almas congregadas, parafernalia en aumento. El cerdo inflable gigante, ese personaje inmortalizado en la tapa del álbum recién nombrado, vive hasta hoy (y seguramente lo veamos pronto flotando en el cielo montevideano). Pero esta nueva dinámica también implicó un nuevo comportamiento por parte de la audiencia: según Waters, los conciertos se tornaron en una suerte de “evento social más que en una relación controlada y ordinaria entre músicos y audiencia”, en los que “las primeras sesenta filas parecían estar gritando y agitando y balanceándose sin escuchar nada realmente… Y los de más atrás no podían ver un pomo, de cualquier manera”. Los cuatro londinenses empezaban a conocer lo que en nuestros lares conocemos como “actitud de cancha”, que reemplazaba de una vez y para siempre los místicos, turbios pero respetuosos antros que alguna vez supieron albergar la escena en la que se movía la banda y que tan bien le sentaba. Para ver una prueba fehaciente de esto, escuchen la primera parte del disco doble Ummagumma (1969), que contiene grabaciones en vivo en dos clubes británicos, en donde la oscuridad críptica que marcó la primera época de la banda, con el trauma de Barrett aún fresco, es casi tangible.

Pero retomando: las giras comenzaban a tornarse cada vez más demandantes, y los conciertos más masivos. Durante In The Flesh Tour, varias veces el ambiente se puso espeso, cuando por ejemplo los fanáticos de más adelante prendían bengalas o tiraban fuegos artificiales, ante lo cual Waters paraba de tocar y pedía calma – no siempre de buena manera, lo que empeoraba las cosas. Una vuelta, Waters se quemó tanto con un grupito excesivamente exaltado de las primeras filas, que le terminó escupiendo a uno de ellos. La banda se detuvo, Gilmour se negó a volver a salir, y el concierto terminó con el guitarrista de apoyo, el anónimo Terence “Snowy” White, improvisando unos riffs de blues tristes y apagados. “Música para irse a casa”, según Waters. Para el bajista, eso fue tocar fondo. Esa misma noche, habló con su productor, Bob Ezrin, y su psiquiatra-barra-amigo (rara combinación) acerca de la alienación que lo afligía, la necesidad de aislarse de la muchedumbre, de poder tocar sin siquiera tener que ver a la audiencia. Nace, así, la idea del muro: un elemento físico como metáfora teatral de la auto-alienación y aislamiento psicológicos, ya no respecto a la audiencia, sino del mundo. De las interacciones traumáticas con las figuras de autoridad. De las relaciones tóxicas. De la pérdida de su padre en la guerra cuando era apenas un niño. De la sobreprotección de su madre y la socialización fallida. En ese contexto nace The Wall.

Es muy lindo y difícil poner en palabras el deleite que me significa escuchar este disco de punta a punta. Después de años de la primera vez que me animé a pasar de las canciones sueltas, hasta hoy sigo encontrándole detalles de esos que valen la pena escuchar en loop hasta hartarse. Reparar en esos detalles se me ha convertido en una suerte de pasatiempo. Podría enumerar unos cuantos por acá pero no quiero quitarle a Rodri espacio de maniobra en su reseña. 

Prefiero, entonces, describir a The Wall para mí como las lágrimas en un COT a Maldonado, cerca de la una de la madrugada y sin ninguna otra razón aparente que el solo de “Hey You”, como la sensación de desesperación que me transmite escuchar “The Trial” o “Nobody Home”, como la paz que me provoca “Comfortably Numb” (aislada de manera brillante del resto del álbum como un oasis en el desierto) o como la manija que estoy manejando en esta semana previa a ver a su principal compositor en concierto.

De nombrar alguna canción del disco uno ya me encargué en la reseña 1×1 que me tocó hacer de él.

Aún con todo eso, nombrar partes puntuales no le haría justicia a esta obra icónica del rock. Por eso, para quienes no lo escucharon, quiero dejar como humilde recomendación que un día se pongan en ambiente y lo disfruten. Luego, si les gustó, comiencen a buscar detalles de genialidad esparcidos por ahí, los hay y muchos, ya que lo mejor que tiene este álbum es que emociona en la superficie y maravilla en la profundidad.

A quienes lo escucharon, espero nos veamos el sábado. Aunque Roger no es todo, es una gran parte de The Wall.

Leandro


Después de un breve interludio (pero eterno por los nervios), comenzaba en una noche calurosa del marzo de 2012 la segunda parte del tercer Monumental – o cuarto: la memoria suele omitir detalles irrelevantes, por suerte – de aquella descomunal serie de nueve que dio el enfermo de Rogelio. Durante la primera tanda, la escenografía había ido cambiando en función de la historia, y el muro fue levantado poco a poco, ladrillo por ladrillo, hasta que en el acorde final de “Goodbye Cruel World” desapareciera el último haz de luz visible, tras colocarse el ladrillo definitivo que diera encierro a Pink.

Por lo tanto, esta segunda parte comenzaba con el enorme muro erigido en su totalidad; efectivamente, sin previo aviso, Hey you empezaba a sonar detrás del muro. De la nada, la tenue claridad de ese mi menor arpegiado, oscuro pero hermoso, cortó el murmullo del Monumental. Durante todo el tema, todo lo que se veía era el muro: así, la voz de Pink encarnada en un Waters inmaculado y sin vejez, nos llamaba a todos desde ese aislamiento autoprovocado, nos pedía ayuda, nos llamaba a ser más fuertes. A unirnos para no perecer. Esta serie de sensaciones, aún sin hacerle justicia al despelote de ambientes e intersubjetividades que se van creando a lo largo de los siguientes trece temas, es un buen indicio de lo que será esta segunda parte de la obra mejor pensada de una de las mejores bandas de la tierra, y que veremos en este 1×1.

1. Hey You.

Bajando a tierra: Hey you es el tema que abre el segundo disco – o la cara “C” – de The Wall. Representa un momento clave para la historia y para el personaje que la protagoniza: Pink – en la voz de Gilmour, en las primeras estrofas de la versión del álbum – se encuentra ahora tras el muro que durante la primera parte fue levantando para aislarse de un mundo que se lo comía vivo, pero se lo ve arrepentido, indefenso y desamparado, pidiendo ayuda y buscando un nexo con el exterior.

Además de ser una de las mejores canciones de la banda, por su completitud cíclica, por ser una expresión perfeccionada de la típica secuencia tranqui-fuerte-tranqui; además de ser un tema hermoso, la letra no es solamente una parte de una narración más amplia, que lo es, sino que es un manifiesto de la ansiedad y desesperación que genera la alienación, una continuidad de la experiencia del DSOTM, en donde los estragos de la depresión y la locura hacen tajos en la piel.

“Hey you, out there in the cold
Getting lonely, getting old
Can you feel me?”

Conforme se desarrolla la narración, el tono con el que Pink se refiere al mundo exterior se torna más hostil y directo, dejándole saber que lo odia, pero no puede vivir aislado. La frase “Hey you, would you help me to carry the stone? / Open your heart, I’m coming home“, da lugar al solo de Gilmour. El solo de Gilmour de Hey you. Para mi es un hito de la música: esa intensidad, esa fuerza, en un tono de desesperanza y desapego, pero sin perder la sensibilidad que dejan las heridas y cicatrices propias. Después del solo, ese último esfuerzo con toda la fuerza que le quedaba, la realidad: ya es demasiado tarde, y el mundo de Pink ya no forma parte del resto. El muro, que en su faceta material es la habitación de hotel donde el tipo se está consumiendo, ya es parte de su mente, y la desesperación que eso implica lo carcome como si su cerebro estuviera repleto de gusanos.

“But it was only fantasy
The wall was too high
As you can see
No matter how he tried
He could not break free
And the worms ate into his brain”

El tema finaliza en la voz de Waters, con una frase que nace del desasosiego de no encontrar escape, pero que refleja la más pura naturaleza humana a la que Pink renunció: “Hey you, don’t tell me there’s no hope at all / Together we stand, divided we fall“.

2. Is There Anybody Out There?

La necesidad de establecer un contacto sensible y humano con el exterior, con el afán de superación que daba a entender el tema anterior, se debilitó ante la ausencia de respuesta en apenas un gemido desesperanzado. No, ahí no hay nadie.

El principio de este tema introduce una técnica que será marca en este disco: el sonido de voces en la televisión. Casi indistinguibles, casi sin sentido (o no), este elemento es el ser abandonado ante su propia enagenación. La televisión encendida en el fondo o ante una mirada perdida, es una buena imagen para representar el momento de Pink, que no es otro que el Waters en el contexto presentado en la intro.

Musicalmente, el tema está en dos partes: la primera, un climático bien floydiano, logrado casi en su totalidad por Gilmour, que le da vuelta los cables a un pedal wah-wah y le saca esos ruidos como de fondo del mar, con la repetición de la frase que da nombre al tema casi como un mantra; y la segunda, un solo de guitarra clásica que te hace bajar pero seguir flotando.

3. Nobody Home

De nuevo las voces de la televisión, y Pink sentado muerto pero vivo en el sillón cambiando de canal cada medio segundo sin detenerse. Este tema es una suerte de descripción de las cosas materiales que le van quedando a nuestro personaje, puesto que de las cosas no materiales que conforman la vida humana, ya no queda nada. La voz de Waters describe a un individuo demacrado pero melancólico, destructivo pero tranquilo. Pero la descripción de Waters es más de Syd Barrett que de Pink – mindblow: son lo mismo -; si bien la figura de Barrett siempre está un poco presente en todo lo que hace la banda, en este tema hay referencias casi literales, como el pelo “a la Hendrix”, el librito negro con poemas – que más que poemas, tenía pires y dibujos -, las botas Gohill, las manchas de nicotina en los dedos o los ojos de mirada salvaje. Gran descripción, por cierto. Todo hilvanado por la soledad y el desapego (“When I try to get through / On the telephone to you / There’ll be nobody home” o “I’ve got a strong urge to fly / But I got nowhere to fly to“: líneas desgarradoras).

Nobody Home fue el último tema en escribirse; nació porque el productor Bob Ezrin y Gilmour le pidieron a Waters que metiera otro tema que le diera densidad al lado C, y Waters de quemado se saca este temún. Tira a Ezrin al piano, y hace una minuciosa selección de efectos sonoros usando pasajes de programas de televisión o películas que veía de niño, en las largas noches de desvelo tras la muerte de su padre. Es el tema que más le gustó a Gilmour, dicho por él. A mi me la baja un poco el apoyo orquestal, un poco excesivo por momentos. Pero le da un sonido distinto, que sirve para marcar una atmósfera distinta, suave pero intranquila.

4. Vera

Los sonidos de televisión son sustituidos por sonidos de guerra, estallidos, estruendos, gritos de un soldado que llama a otro a las puteadas. Y después suena Vera, un tema de minuto y medio y no mucho más de cuatro líneas, pero para el cual la palabra hermoso no alcanza.

Vera Lynn, si googlean, fue una cantante inglesa de la década de los cuarenta. Se hizo conocida cantando baladas de apoyo a las tropas durante la Segunda Guerra. Y hay que escucharla diciéndole a los soldados que se encontrarían de vuelta, algún día de sol. Capaz que es muy lejano y no lo entendemos, pero para un niño cuyo padre está lejos y no se sabe si va a volver, debe estar salado.

5. Bring the Boys Back Home

Traigan a los chicos a casa, no dejen a los niños solos. Los bombos y platillos, el estruendo coral y la fanfarria de trompetas y violines, y un niño pidiéndole a su padre que vuelva. Está salado.

6. Confortably Numb

Momento álgido. No sé por donde arrancar.

Un poco de historia. Ya hablamos un poco de los tensos momentos que vivió Waters y toda la banda en la In the Flesh Tour del 77. Cuando uno piensa en ser estrella de rock, seguramente piense en vivir el momento, gozarla, partirse al medio sin que importe nada realmente. O esa es un poco mi idea. Pero la realidad que comenzaba a vivir la banda era otra: los toques masivos implicaban un compromiso total; la cantidad de fechas hacían la experiencia de los toques como una tediosa obligación de la que no tenían margen alguno para escapar o evitar por cualquier motivo; el despliegue les impedía cualquier tipo de disfrute, dado que cada minuto estaba pautado con anterioridad; las cantidades de gente impedían el contacto sin poner en riesgo sus vidas. La idea de la estrella de rock bohemia, despreocupada y sin ataduras, se fue al demonio. Y eso los empezó a agobiar. Más que nada a Waters.

Supuestamente, la letra, que refleja ese mismo momento pero en la vida de Pink, está inspirada en una anécdota de la gira en cuestión: tocaban en Filadelfia, y Waters se quejaba de un fuerte dolor estomacal. Llaman al doctor, que está empecinado en que el bajista se suba al escenario mientras éste se excusa de que no, que cree que puede ser algo serio, que viene de hace tiempo. Como cuando uno quiere el certificado para faltar al laburo y le mete color. Tranqui wacho, un pinchazo y tas como nuevo. Pimba tranquilizante. Según Waters, fueron las dos horas más largas de su vida, completamente ido, apenas pudiendo levantar el bajo (ni hablar de postura escénica). La presión de la industria concentrada en una aguja y directo a las venas, cuando el cuerpo y la mente ya no quieren responder: un cómodo adormecimiento para que el show pueda continuar.

Del tema puntualmente no creo que sea necesario hablar: creo que es perfecto. Si existe algo perfecto, es esto y nada más. La vileza del doctor en la voz de Waters, la agonía de Pink en los estribillos de Gilmour. Y los solos. Debe ser el único tema que me viene a la mente en el que los dos solos, tanto el del puente como el de la outro, son PERFECTOS. No se puede describir con palabras, me siento un irrespetuoso, un insensible, queriendo expresar en palabras algo que claramente supera todo lenguaje articulado. Escúchenlo, y sientan cómo se les eriza la piel. Es eso lo que hay que entender.

7. The Show Must Go On

El comienzo del final. Sacar el disco de la bandeja, darlo vuelta, apoyar la púa y que suene el lado “D”, que se abre con un delicado coro que pide explicaciones, que no entiende qué está pasando, cómo fue que todo terminó así. “Am I too old? Is it too late?“, se pregunta Pink, mientras se prepara para el show.

8. In the Flesh

La intro de explosiva guitarra, de tono imperial y triunfante, levanta el telón nuevamente. Entra una nueva versión de Pink (“Pink isn’t well, he stayed back at the hotel“), ahora encarnando toda la acumulación de odio, conflicto con la autoridad y alienación de la que fue víctima, en forma de dictador fascista. La metáfora no sólo es políticamente relevante, sino que, a mi entender, conforma un mensaje a aquellas multitudes fanatizadas que en la gira del Animals cambiaron la impronta de los toques de la banda: les dice, claramente, que no son distintas a las de un acto fascista, en la que enaltecen de tal forma al “líder” que son capaces de cualquier cosa, pero terminan inevitablemente siendo víctimas.

9. Run Like Hell

Una explicación literal de esta última idea. Y un riff pa bailotearla como si no pasara nada, al mejor estilo one-hit wonder. Combinación ganadora.

PD.: en este tema está el único solo de teclado del pobre Rick Wright. Bien igual Ricky, te re bancamos.

10. Waiting for the Worms

Al grito de “Hammer! Hammer!” (el símbolo que asume el “movimiento”), la alucinación del viaje fascistoide de Pink empieza a fundirse en su cabeza. Aparecen de nuevo los gusanos, como referencia al deterioro psicológico. Ahora Pink recorre las calles repartiendo su discurso de odio y dominación: hay que mandar a los “primos de color” de vuelta a su país y “prender los hornos” (podría haber dicho abrir la llave del gas, tanto da). “In perfect isolation, here behind my wall / Waiting for the worms to come.”

Los cánticos van escalando y la voz de Pink en el altavoz va aumentando el tono, ya no se distinguen uno del otro, el suelo comienza a vibrar, los rostros se desvanecen, y de repente, todo se apaga en un grito:

11. Stop

I wanna go home
Take off this uniform and leave the show 
And I’m waiting in this cell because I have to know 
Have I been guilty all this time?”

El viaje supera a Pink, que al borde de la locura se quiebra y tiene un breve momento de claridad, en el que decide juzgarse a sí mismo.

12. The Trial

Este es uno de los temas que más me gustan de Pink Floyd, porque se despega por completo de cualquier criterio musical, para ser meramente estético. Es una ópera, en donde Waters, con brillantez y genialidad teatrales, va interpretando los distintos personajes, algunos de los cuales han formado parte de la historia y son las influencias tempranas en la vida de Pink: la madre sobreprotectora, el maestro abusivo, la mujer que lo abandonó; también interpreta a una especie de procurador de la corte (un abogado, digamos) y al nefasto Juez. Es una chorretera de genio y talento, y las animaciones de la película son la frutilla de la torta.

El crimen que se le adjudica a Pink es, básicamente, demostrar la necesidad de interacción humana, cuando había sido él quien se había encerrado en el muro para eliminarla. Los alegatos de los personajes – el odio y el asco de la mujer y su recriminación por haberla excluido de su vida; la preocupación de la madre que con sus brazos lo envuelve en un muro y lo culpa por haberla abandonado; las excusas del profesor por no habérsele permitido ponerlo en su lugar (aunque la palabra que usa es “desollarlo”) – son seguidos cada vez por los delirios de Pink, que aseguran su inminente locura. Por último, el Juez, que sin mediación alguna sentencia a Pink a derrumbar el muro y exponerlo ante sus pares.

13. Outside the Wall

El muro finalmente ha caído. Resulta que no era más que una pila de ladrillos apilados, que no dejaban ver la luz.

Un final que no es final. La melodía es la misma que se escucha al principio del disco, antes de la explosión de In the flesh?. Eso da una idea de continuidad a la trama que cierra de forma redonda y perfecta. Un detalle: cuando se detiene la música se escucha una voz que dice “Isn’t this where…”, que cierra con lo que introducía Leandro en el 1×1 del primer disco, “we came in?”.

Pero esta idea de continuidad no necesariamente refiere a algún tipo de inevitabilidad del ciclo. Todos tendemos a aislarnos ante las dificultades; a veces, la respuesta más sencilla es no asumir la respuesta. Y vamos sumando ladrillos al muro, sin darnos cuenta de que la vida está del otro lado. Para mí, el mensaje de The Wall es ese: negar a quien tenemos al lado no lleva a otra cosa que a la autoaniquilación y al abandono, y por más que seamos víctimas del miedo, la opresión, la traición, somos nosotros los que levantamos el muro. Pero también los que lo tiramos abajo. “Together we stand, divided we fall”.