A veces nos preocupamos tanto por grandes problemas como la salud, el dinero, el amor, el tarot, el 5 de oro, la seguridad de nuestra fuente de trabajo, que dejamos escapar las pequeñas cosas de la vida, los pequeños placeres que son, en realidad, los que nos vuelven felices.

Periodismo verdadero se enmarca en una nueva aventura: la aventura de la vida cotidiana, que sin estar exenta de peligros, nos ofrece un libro para colorear aguardando el roce de la punta de los lápices.

La tarde se cierra sin mayores novedades en la redacción de Periodismo verdadero, nadie hace nada más original que revisar todas las historias de Instagram, una vez más, en busca de alguna idea que nos ilumine. Y de repente ¡pum! Alguien encuentra una nota. Sobre alguien que se pone a trabajar en R*ppi y muestra sus peripecias en primera persona. El resto decimos al unísono: ¡tenemos que hacer lo mismo! Enseguida agrego: pero con nuestra frescura y desparpajo característico «¡sí!» responde el resto. Nadie quiere/puede jugar a ser repartidor. Entonces empezamos a hacer brainstorming, buscamos algo que podamos llevar a cabo. «¿Y si hacemos una crónica como clientes de un supermercado?». Genial: el plan consistía en ir a un supermercado y grabar todo con la cámara que nos ha dado la naturaleza -nuestros ojos-. Filmar todo con una de verdad podría ser sospechoso y nos podrían echar y no queremos que nos echen ¿no cierto? Por último hay que hacer de esta fascinante experiencia una crónica. Hacemos un sorteo y me toca ir a mí.

Me seco el sudor de las manos en el pantalón, no puedo ocultar la euforia que me recorre y sonrío como un estúpido a las cámaras de seguridad que presencian mi llegada. Ingreso y desde un principio casi me choco con algo fantástico: las puertas corredizas que se abren justo para que pase, maravilloso. Lo primero que observo es a un guardia de seguridad con cara seria, que no condice para nada, con este paraíso de muchos colores, luces, códigos de barras y un aire frío que congela mis talones. Ya tengo que tomar mi primera decisión, no todo es fácil en el supermercado. ¿Será un carrito de metal? ¿uno de plástico más chico? Si es de los de plástico ¿cúal de ellos? ¿los que se arrastran o los que vuelan de la mano de los clientes? Descarto los de metal, solo voy a comprar algo para la crónica, creo que sería un poco exagerado si agarro uno de metal. Al final tomo uno de los que se arrastran. Yo quería uno de los que vuelan pero al guardia le comenzaba a inquietar mi indecisión, los que se arrastran estaban más cerca. Me paro frente a la góndola de los lácteos, hace demasiado frío ahí, decido moverme. Deambulo buscando una góndola con la que me sienta identificado. No tengo mucha suerte. Empiezo a sentir sonidos de pasos y de walkie-talkie desde atrás, esto se repite en cada góndola a la que voy, creo que me sigue un guardia. Claro, le debe parecer raro mi paso errante y sin ningún criterio que se base en algo remotamente parecido a un consumo racional.  La caja de un chocolate me atrae, pienso que podría ser la compra que justifique mi paseo pero es muy caro. Empiezo a buscar alguna promoción un “Todo a $10”, bueno “Todo a $20” ahora, no tengo suerte. Siento el ppshhhhh del walkie-talkie, me acuerdo del guardia y me doy cuenta que tengo que ponerle fin pronto a esta aventura en el palacio que tiene música de supermercado.

Voy caminando hacia la caja sin mayores esperanzas. Veo un Push Pop y me digo a mí mismo, valió la pena todo este trabajo puedo hacer una compra vintage por excelencia, un producto que debería haber desaparecido hace 10 años. Después descubro algo aún mejor, hay cajas donde no solo no hay que hacer filas sino que ¡el cajero es uno mismo! Uno no solo puede comprar sino que además puede jugar a trabajar. Puedo agarrar la pistola láser de los precios y lo hago. A medida que paso los productos los deposito en la balanza que comprueba que no la esté engañando poniendo un producto de otro peso, no salgo de mi asombro. Y para terminar puedo poner los productos en las bolsas yo mismo. Puedo ayudar yo mismo al Supermercado, palacio frío de luces y colores con mi trabajo no remunerado. Me voy ruborizado, me imagino todos los signos de exclamación con los que voy a transmitir esta experiencia, montaña rusa de emociones. ¡Adiós supermercado! Espero volver a decirte hola de nuevo.

Dibujo por Polyqué

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