Está durmiendo a mi lado y su espalda es mucho más ancha que la tuya. Tiene la piel gruesa, las manos ásperas cuando las desliza por debajo de mi remera; me raspa la cara cuando me besa. Está durmiendo a mi lado, dándome la espalda, yo lo pateo cada tanto cuando siento acercarse el ronquido. Tiene la espalda mucho más ancha que la tuya. Es un hombre, con todo lo que eso significa, con la cara quemada por la vida, con la voz cansada.

Igual, soñé contigo. Primero caminabas en la vereda de enfrente, te chiflaba y me mirabas desganado, como si al reparar en mi existencia me estuvieses haciendo un favor. Después, en un auto, me rozabas la pierna, sabiendo que yo ansiaba contacto,  la sensación de tus labios rozando mi cara. Él sigue durmiendo al lado mío; yo lamento haber tratado de devorarte, poder ver todavía la marca que dejé en tu hombro por la desesperación de hacerte mío. Lamento no haber podido contener mi mandíbula, mi voz; lamento no haber podido con mis ganas de contarte toda mi tristeza, el pedir sin palabras que sostuvieras mi luto por la muerte adelantada. Dejar que fuera mi obsesión la que hablara, las mil voces que murmuraron mi cerebro hasta crearme a mí, entera y mediocre y demasiado confiada.

Él está durmiendo al lado mío, como ya durmieron miles. No quiero que me toque, no porque no me guste, no porque no le tenga confianza. No quiero que me toque porque el último abrazo que me convenció fue el tuyo, aunque lo sienta falsificado por el recuerdo. Mi cabeza toma los retazos que le sirven para construir las fantasías, para sustentar un poco mi deseo de ser especial. Como si entre mis piernas contuviera la magia, la fuerza para cambiar a los hombres rotos, para remendarlos y hacerlos renacer enteros y sanos. Como si entre mis piernas se encontrara la cura para mi personalidad, la cura de todo lo distante y oscuro y neurótico de mi compañía. No quiero que me toque, porque no encuentro nada sincero en su abrazo, porque él no encuentra nada sincero en mi caricia, porque nos usamos mutuamente, porque está bien así.

Santiago es como yo. Sus noches terminan todas en casas ajenas. Tiene algunos amores acumulados entre los dedos y las yemas que le arden cada vez que tiene que tocar a alguien más. Y si nos quedamos horas hablando desnudos es solo porque nuestros cuerpos no se desean. Y si nos quedamos horas hablando es porque nuestras voces se entrelazan y se dejan ir, porque volvemos por inercia a esa compañía que nunca nos hace demasiada falta. Él dice mi nombre entero, como para acordárselo, como para asegurarse que no lo está imaginando; yo no lo nombro nunca, no lo llamo. Le abro la puerta y lo dejo dormir en mi cama. Con él no me siento usada, porque no me trata de convencer de ningún cariño, porque no me hace promesas. No me mira con ninguna mirada que no se parezca a la de la indiferencia. Me toma la cara y los hombros y se aprende los recorridos solo porque es más práctico para cuando la luz se apaga y solo somos sombras retorciéndose en la oscuridad. Yo disfruto de mirarle la espalda y de mirarle el pecho. Quiero masticarle la carne. Lo pateo cuando ronca.

Y no sentimos ningún tipo de amor ni ningún tipo de cariño. Es solo el disfrute de la compañía, un paliativo para nuestra mutua e insondable soledad. No siento culpa de pensarte cuando él me toca. Cuando él duerme, cuando él me da la espalda. No siento culpa de soñarte. Podría hablarle sobre vos, no le importaría. De por qué aprieto la mandíbula y tenso los hombros cada vez que camino por las calles por las que podrías llegar a aparecer. Contarle que a veces deseo encontrarte pero que no existe nada que pueda decirte y nada que pueda hacer para  levantar el velo de vergüenza que ahoga todo lo que tiene que ver contigo. Que todo me da vergüenza, que todo me da terror, que cada vez que escucho tu nombre me tiemblan las piernas de la angustia. Que pude volver mil veces a los brazos del pasado después de derretir mi dignidad pero que contigo es distinto. Que me costaría mirarte a los ojos, porque me siento estúpida, porque siento que nunca merecí que me prestaras atención. Que soy más fea y más inocente y más neurótica de lo que pensaba. Que arruiné todo por eso otro que no conocía. Pero siempre vuelve, un cachetazo sin forma que deja latiendo la presión de algo bueno, que no sé dónde está, que no sé qué es, pero que tiene una muesca tuya condensada dentro.

Santiago es como yo. Se le ve en la cara el gusto al fracaso. Las piezas del trauma desperdigadas por la cara. Sus noches terminan todas en casas ajenas y no parece aprender nada de ellas. Tiene entre los dedos las astillas de algunos amores y le duelen cada vez que los pasa por otros cuerpos. Podemos pasar horas juntos y no sentir nada. Pero nos volvemos a ver, semana tras semana, volvemos a compartir el rancho que se inunda de nosotros; nos volvemos a ver, a no decir absolutamente nada, a desterrar las envidias y subsistir juntos esta espera común de que llegue alguien que pueda librarnos de los calambres que atraviesan nuestra espalda.

Santiago es como yo, tiene los pies gruesos por caminar demasiado. Bebe su angustia hasta olvidarla y retoma todas las mañanas el mismo camino de vuelta. Pero no lo conozco tanto. No me interesa conocerlo. Sé que tiene tres hermanos. Habla solo. Patea las conversaciones hasta quedarse sin compañía. Su cabeza tiembla, no existe por fuera de ella. Pero no lo conozco tanto. Cogemos. Hablamos de nuestros perros de la infancia. De por qué entre los pelos de mis piernas se ven decenas de heridas nuevas. No lo conozco tanto, no me interesa conocerlo. Lo invito a casa porque me gusta estar sola.