Tantas veces Roberto había luchado por los derechos de los animales, tantas como había fracasado, que un día se hartó, mandó todo al carajo y se fue a un safari en Sudáfrica. Cargo su rifle, se subió al Jeep y salió, acompañado por el guía claro, en busca de un león. Cuando lo encontraron, Roberto empuño el arma, le apuntó a la cabeza, puso su dedo sobre el gatillo y cuando estaba a punto de dar muerte a la pobre criatura escuchó una voz en su mente, casi como que el León le estuviera hablando telepáticamente…

VOZ: Antes que nada, buenas tardes, me presento, yo soy el León.

ROBERTO: ¡No! No puede ser… ¿Qué es esto? Creí que había tomado la pastilla, a ver… me quedaba una… – sacó de su bolsillo un blister de medicamentos vacío – Sí, la tomé… ¿entonces cómo puede ser que…

LEÓN: No, Roberto, esto no es una alucinación, estoy hablando contigo en serio, escuchame. No lo hagas. Por el bien de Green Peace, Briggite Bardot, los osos panda y el pelado de R.E.M. que ahora que se separaron quién sabe en qué andará. No abandones tus convicciones.

ROBERTO: ¿Sabés qué pasa, Leo? ¿Te puedo decir Leo? No te molesta, ¿no?

LEÓN: No, no hay problema, decime como quieras. ¿Qué pasa, estimado colega mamífero?

ROBERTO: Bueno, eso de colega está por verse… – vuelve a levantar el rifle que había bajado hace instantes.

LEO: No, no seas malo, Rober… ¿Te puedo decir Rober? No te molesta, ¿no?

 

ROBERTO: Prefiero que me digas Tito.

LEO: Bueno, Tito, te decía… No hay razón para matar a un pobre animal que ningún mal te ha hecho a ti. Estás intentando canalizar tu frustración en un acto del que después te vas a arrepentir y te va a costar años de terapia superarlo.

TITO: ¡No me la laburés por la sensibilidad psicológica que yo no entro en esa! – mintió, él era un hombre muy sensible.

LEO: ¿Te acordás de lo que le pasó a Robbi, tu perro, cuando tenías cinco años?

TITO: No lo metas a él en esto, no tiene nada que ver con nosotros.

LEO: ¿No te acordás del accidente con el bugui de tu hermano? ¿No te acordás de lo que sufriste en el sanatorio de mascotas junto a su cama, esperando una  recuperación que…

TITO: ¡Que nunca se llegó! – gritó sin poder disimular las lágrimas – ¿Por qué me hacés esto? ¡No me hagas recordar!

 

LEO: ¿Y no te acordás de cómo cuidaste de aquella paloma que apareció una tarde de invierno herida en tu balcón? De cómo cuidaste de ella y de cómo lograste su recuperación…

TITO: Sí, me acuerdo – bajó de nuevo el rifle y se secó las lágrimas – Laurita se llamaba… ¡Cómo me voy a olvidar!

LEO: ¿Y no te acordás de aquella vez que fuiste al zoológico y le salvaste la vida a un mono que se había atragantado con un cande vencido haciéndole respiración boca a boca?

TITO: Sí… – dejó entrever una sonrisa.

LEO: ¿Y no te acordás, querido Tito, de aquella vez que encontraste una caja con veinte cachorritos en la calle y que fuiste puerta por puerta ofreciéndolos y no descansaste hasta encontrarles un hogar a todos?

TITO: Sí, así fue, no dormí en una semana, me acuerdo…

LEO: Y bueno… ¿Por qué hacer esto entonces?

TITO: Puede ser que tengas algo de razón, Leo, puede ser.

LEO: Sí, claro que sí, hombre, deje el arma, venga y deme un abrazo – el león se hincó en sus patas traseras

Tito estaba por soltar el arma, pero escuchó la voz del guía que venía desde afuera de su cabeza:

GUÍA: Disculpen que me meta, señor, pero le queda un minuto, si se pasa de la hora le tengo que cobrar una hora más. 1.500 dólares, serían…

Roberto no lo pensó dos veces, le encajó un tiro en la frente al León y emprendió la retirada. Así es el hombre, estimados, ustedes ven. Está a la luz de los hechos.