Entre mateos y contumancias te visualicé a lo lejos por la rambla de Barrio Sur algún día acompañada de la mano con el atardecer. Caminaban tan felices… tan al par… ¡qué recuerdos!
Si no me equivoco tenías puesto un jean azul, rasgado, manchado y arrugado, tan bohemia…

El abundante grosor de las lentillas de tus anteojos me llamó poderosamente la atención; no necesité mayor entrega para intuir tu defectuosa vista, por lo que tímida e inocentemente me atreví a acercarme —muy de a poquito— con la intención de probar tu rango y longitud de visión, parándome aproximadamente a unos cincuenta y siete metros, con tres centímetros, y cuarto milímetros mas adelante en tu camino.
—¿Qué tanto verá?— pensé para mi mismo  mientras la distancia entre nosotros se acortaba
—¿Tendrá miopía o astigmatismo?—

…..
—Miopiastigmatismo.— me autorespondí convencido al cabo de unos segundos de reflexión, y enseguida una intrépida risita se escapó de mi pensante rostro.

Faltantes unos pocos metros para que te topases conmigo la cuestión se me hacía cada vez mas intrigante.
Recuerdo fruncir los ojos de tal esfuerzo que hacía para notar alguna señal de que me vieras, en tanto vos te me acercabas al ritmo de una locomotora, de un león.
A una distancia ya prudente —un par de pasos quizás— me preparaba para abrir la boca y soltarte así un tímido ‘hola’. Y antes de siquiera pronunciar la primera vocal, me interrumpiste firme y agresiva:
—No existe algo llamado ‘Miopiastigmatismo’, tarado.—
me dijiste y fue ahí que dí cuenta de tu increíble visión, veías mas que yo, mucho mas que yo, y que cualquier ojo normal; y me enamoré, porque veías tanto que eras capaz de ver dentro de mis pensamientos y porque diagnosticaste una desconocida ceguera en mi.
En cuanto a vos, solo quedaba la furiosa brisa de tu andar, y a unos cincuenta y siete metros, con tres centímetros, y cuarto milímetros detrás mío, avisté —aún boquiabierto por lo recién sucedido— a un inocente hombre, jugando a mi mismo juego… pobre de él…

Lautaro Antía Gorostiza

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