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Las explicaciones posibles sobre por qué la derecha tiene tanto peso en el interior son muchas; el peso histórico de los partidos tradicionales, el fenómeno Cabildo Abierto, la debilidad del movimiento social, etc. Pero junto a esas lecturas, creo que deberíamos reflexionar sobre cómo es el interior y cómo piensa; muchos aspectos parecen obvios y sin embargo se nos olvidan, y luego, algunos, apresuradamente tachan al interior de facho sin intentar comprender qué pasa (ni intentar revertirlo).

A veces parece que el centralismo montevideano es tan grande que cuando la izquierda montevideana piensa a sus adversarios, la reflexión tiene por objeto a la derecha también montevideana (caracterizada al estilo de la alt-right de las redes sociales digamos) y no a la derecha del interior. Creo que hay razones para decir que son bastante distintas. La idea de éste texto es reflexionar sobre esas diferencias y compartir algunas impresiones.

Es posible que la derecha urbana, aún en el interior, se asemeje a la derecha montevideana: evidentemente el interior no es homogéneo y poco tienen que ver ciudades como Punta del Este con los “pueblos de ratas”, para hacer una comparación extrema. Dicho de otro modo, no estoy seguro de la conveniencia de distinguir entre Montevideo e interior, o entre rural y urbano, porque hay rasgos compartidos que hacen difusa la distinción, digamos, rasgos ruralistas en la derecha urbana, y rasgos capitalinos en la derecha del interior. Pero analíticamente conviene marcar las diferencias aunque la generalización sea injusta.

Por qué el interior es de derecha

Voy a intentar algunas explicaciones. Primero creo que la tradición tiene un peso importante en las preferencias políticas. En las fiestas típicas del interior (el raid, las criollas, los “beneficios”, las fiestas patrias) se reivindican muchos valores que pueden asociarse a una sensibilidad de derecha: la familia tradicional, el machismo, el nacionalismo, el cristianismo, la reivindicación de la violencia armada y de la violencia política a través de las divisas. Montevideo choca con todo esto en cada rural del Prado, reeditándose las fricciones entre los vestigios de la “sensibilidad bárbara” y la idiosincrasia capitalina, y sin embargo, no parece haber una reflexión sobre cómo y por qué se conservan las tradiciones sin al menos una revisión. En cambio, la “civilización” montevideana prefiere confrontar o expulsar.

Al mismo tiempo, el interior percibe con rechazo a Montevideo, a raíz de esa incomprensión, de los “dotores” y “los maracanaces que vienen del pueblo”, que no entienden el sentir y las necesidades de la gente. El centralismo, los aires soberbios de superioridad con que la capital mira al resto del país generan desprecio. Mucho de eso hay en el surgimiento de “Un Solo Uruguay”, especialmente en la simpatía de la gente de a pie, sin perjuicio de un posible componente ideológico-partidario que USU niega, y quizá honestamente. Por razones comprensibles, es tan fácil para la derecha política, en especial para el Partido Nacional (pero también para Cabildo Abierto), capitalizar esos sentimientos y eventualmente articular con un movimiento como USU, como lo puede ser para el Frente Amplio articular con el movimiento sindical. Y si bien hay afinidad y una sensibilidad compartida, no son una misma cosa.

Además de las fiestas, las sociedades tradicionalistas y los comités patrióticos que las organizan, hay otros productos culturales que seguramente tienen que ver en la reproducción de la derecha en el interior. Mucho se habla en Montevideo de ciertos programas de radio y cómo alimentan la sensibilidad autoritaria, neoliberal y machista, pero quizá sean otras las voces que hay que tener en cuenta para entender qué pasa en el interior. En la frontera seca por ejemplo, seguramente los medios brasileros sean más influyentes que los montevideanos, y eso aporta a la bolsonarización de nuestro país. También es probable que en el litoral se consuman más medios argentinos que uruguayos.

Al margen de esa influencia, habría que estar más atentos a la 610 AM (Radio Rural) para entender ciertas cosas. A modo de presentación, para que les progres montevideanes tengamos una idea, La Rural fue fundada por Domingo Bordaberry, colorado riverista, fundador también de la Federación Rural, padre de Juan María, colorado golpista condenado por delitos de lesa humanidad, abuelo de Pedro, político colorado sin apellido. A través de la 610 AM se hizo popular “Chicotazo” (Benito Nardone, blanco ruralista, cercano a Domingo Bordaberry).

También deberíamos escuchar voces como la de Walter “Serrano” Abella (“blanco, artiguista y federal”, según él mismo; un blanco que discrepa con los blancos de Montevideo)[1], quién fue el lector de la primera proclama de USU, o Jorge Landi (ahora conductor en Radio Montecarlo, antes en Radio Rural).

Pero además de los locutores, la música que se escucha es otra. El “folklore” que tiene más impacto no es el de los artistas que se engloban bajo el rótulo de “canto popular”, cuya temática tiene mucho que ver con la resistencia a la dictadura y que introducen otros estilos, como la murga y el candombe, que son mucho más populares en el sur que en el resto del país. Aunque parezca raro, Zitarrosa probablemente tiene más llegada en Montevideo que en el interior (de más está referir al componente ideológico). En cambio Tabaré Echeverry, quizá no muy popular en la capital, es ampliamente conocido fuera de ella; se trata de un intérprete excepcional cuya obra tiene conexiones tanto con el Partido Nacional (por ejemplo “De poncho blanco”) como con la izquierda más radical (por ejemplo “Por ser tan pocos”). El hilo conductor en esos extremos claramente es el ideal revolucionario, la rebeldía, la insurgencia.

El factor militar

La incidencia del ejército merece un capítulo aparte. La vivencia de la dictadura en el interior fue muy distinta a la de Montevideo. Hay todo un otro relato, del cual es parte la idea de que la dictadura vino a poner orden y no fue violenta con la gente bien, al cual no se le opone el ejercicio de memoria histórica y militancia que existe en la capital. Subsiste en combinación con el nacionalismo el temor a la amenaza del comunismo, y por comunismo se lee todo lo que parezca de izquierda.

Probablemente en la construcción de ese relato incida la proximidad y el prestigio que tiene el Ejército en la comunidad. El ejército quizá sea la política social más desarrollada en muchas localidades; una salida laboral en un mercado que no ofrece muchas opciones, una posibilidad de resolver el acceso a la vivienda, la salud, la alimentación y la educación entre otros derechos, un mecanismo de ascenso social y económico, además de brindar apoyo en múltiples ocasiones, desde catástrofes hasta eventos deportivos, todo lo cual prestigia su imagen pública. Cabe destacar el apoyo que brinda el ejército a las sociedades tradicionalistas y a los comités patrióticos en la organización de desfiles y otras actividades.

Pero los milicos no son bobos aunque sirvan para todo. Además de significar todo eso, el Ejército se define como “una escuela de moral estoica” y proclama los valores de abnegación, desinterés, honor y ecuanimidad. Por obvias razones es extremadamente jerárquico y reproduce lógicas autoritarias, además de machistas, entre otros valores comunes con lo tradicional, como el nacionalismo y el catolicismo. Pese a ser una institución laica, subsiste en la mística militar el componente religioso (cada arma tiene su santo, por ejemplo), del mismo modo que pese a ser una institución sometida al poder político y democrático, subsiste la doctrina de la seguridad nacional y el anticomunismo. Además, es una institución sumamente corporativa, que funciona de modo tal que involucra no solo a su propio personal sino a la familia; la famosa “familia militar”.

Algunas características de la derecha del interior

La derecha del interior es obviamente nacionalista, pero bastante más que la capitalina. No le caben las concesiones que le hace la derecha urbana (e incluso la centro-izquierda) al poder económico extranjero. Desconfía de todo lo extranjero, empezando por las multinacionales y siguiendo por los inmigrantes. Es una derecha que a diferencia de la neoliberal, tiene mucho interés en la propiedad de la tierra y en la protección de los recursos naturales.

Ese nacionalismo se combina con un artiguismo no muy definido, vacío más allá de la exaltación del mito del héroe nacional, reforzado en cada fiesta patria, con tradicionales desfiles militares y de caballería gaucha.

Otra característica de la derecha del interior es un racismo del que no hay plena conciencia. Es decir, nadie lo va a asumir, pero está presente cotidianamente. Cabe recordar el episodio del afiche de la Patria Gaucha. La cultura afro no tiene el peso que tiene en la capital, y quizá sea vista como una de esas cosas de montevideanos.

Tiene visos autoritarios pero se considera plenamente democrática, y convive con el mito romántico del gaucho rebelde como ideal de hombre libre. Al mismo tiempo, no es una derecha que tenga particular afecto a la libertad de mercado, porque a diferencia de la derecha urbana o montevideana, si bien comparte la oposición a las ideas de izquierda, no tiene el eje de sus discrepancias en las diferencias de orden económico sino más bien en los valores y aspectos culturales. Lo que importa a la derecha del interior es la tradición, la familia y la patria más que la libertad comercial, los tributos y el déficit fiscal.

La derecha paisana no tiene un perfil aburguesado, sino más bien humilde, pero se identifica con valores de derecha y se preocupa por mantener el status quo del orden social. En esa escala de valores la nueva agenda de derechos es vista como una debacle moral, y el cambio en la matriz productiva y los avances tecnológicos aparecen como una amenaza al modo de vida tradicional. Con la nueva agenda de derechos desaparece la familia, y con la forestación y la soja desaparece la estancia y la peonada. La campaña se despuebla, la gente se va a las ciudades, se pierden fuentes de trabajo y los extranjeros se adueñan de todo. Y por supuesto, todos los males son culpa del gobierno.

Cómo entrarle a la sensibilidad derechista del interior

Es un error considerar al interior como un territorio irrecuperablemente facho y optar por venderle a Brasil todo el norte del Río Negro. Deberíamos empezar a tender puentes. La capital no ha sabido comunicar su visión al interior del país, y al mismo tiempo el interior ha hecho su propia lectura de la realidad, la cual no es comprendida por Montevideo.

Parece haber dos claves para comprender por qué el interior se comporta como si fuera otro mundo y obviamente tienen que ver con el centralismo montevideano.

Por un lado la moral tradicionalista, plagada de valores conservadores y reaccionaria frente a la nueva agenda de derechos que no es vista como una mejora en la calidad de vida, y por otro, combinado con ese factor, un nacionalismo que percibe los cambios en el modelo productivo y la incorporación de tecnologías como una amenaza al modo de vida tradicional, que le vende el rico patrimonio de los orientales a multinacionales extranjeras, encima con facilidades de pago que no se le dan a los locatarios.

A largo plazo, parece urgente analizar el relato de la tradición e incorporar expresiones culturales que sin perder lo original, renueven o resignifiquen los valores tradicionales. También reducir la incidencia del ejército y de las iglesias (factor presente aunque apenas mencionado en éste texto). El gran desafío para la izquierda es volver a incidir en los sectores más populares donde hoy tienen más peso esas instituciones que a la vez nutren a y se alimentan de la derecha del interior; lograr que la gente vuelva a creer en el proyecto colectivo y pierda la fe en la salvación divina, sustituir las funciones que cumple el ejército con instituciones civiles y con la comunidad organizada.

A nivel más micro, dialogar con el machismo (y esto vale para la derecha urbana/montevideana también): muchas de las discrepancias que hombres y mujeres tienen con el feminismo pasan por una errónea comprensión del mismo. Lo que perciben como invisibilización de problemáticas de género masculinas es un error asociado a que ven al feminismo como un machismo de signo contrario y no comprenden (porque nadie se los ha explicado bien, quiero creer) que lo que llaman problemáticas de género masculinas también tiene su origen en los roles tradicionales de género que alimenta el patriarcado. Al margen de eso, la discrepancia más fuerte surge sin duda de los valores tradicionales, que ven con desconfianza la libertad sexual, por no decir pánico moral, y allí hay una ardua tarea pendiente de educación en derechos.

Buscar la forma de sacar lo xenófobo del discurso nacionalista y quedarse en todo caso con lo antiimperialista. Combinado con el amor por la naturaleza y lo autóctono es un valor importante en la defensa del medioambiente y puede haber allí puntos de entendimiento.

Hay un sentimiento libertario que puede pesar más que el autoritarismo y puede desligarse del significado actual del término para volver a su significado más ácrata. El artiguismo, siempre en disputa, es otra clave para entablar el diálogo.

Creo que muchas de estas cosas acercan a ciertos líderes de la izquierda con la gente del interior, a la vez que alejan a los líderes de la derecha montevideana, la cual de todos modos tiene sus caudillos locales, e incluso algunos nuevos a nivel nacional, como Manini Ríos. Todo lo dicho aquí es discutible, y ojalá hubiéramos empezado antes a discutir estas cosas, a revisar el centralismo montevideano y el tradicionalismo del interior. De todos modos, más vale tarde que nunca.

 

[1] https://www.busqueda.com.uy/nota/walter-serrano-abella-desprecio-los-periodistas-militantes