(Imagen tomada de aquí)

Luego del balotaje la izquierda uruguaya (o por lo menos el FA) se debe una reflexión sobre el resultado y el proceso que llevó al mismo. Algunos ya tienen la cabeza en mayo, pero la sensatez impone bajar un cambio y pensar un poco qué pasó, y qué ha estado pasando en todo este tiempo. El contexto es el del final de un tercer gobierno progresista, una campaña electoral que arroja una derrota de la izquierda en la primera vuelta y un crecimiento hacia la segunda, que aunque no alcanzó para festejar, sirvió para aguarle la fiesta a los adversarios.

La idea es compartir algunas reflexiones sobre el papel del FA en el crecimiento de la derecha, la campaña y el voto a voto, el papel de las bases y lo que se viene.

Primera reflexión: sobre el crecimiento de la derecha

Entre otras, el FA se debe una reflexión sobre su papel en el crecimiento de la derecha, incluido lo peor de la derecha, que es la gran ganadora en las últimas elecciones. Más allá de haber ubicado a Manini Ríos en un lugar que le permitió perfilarse hacia donde está hoy, hubo un corrimiento de las políticas y de los discursos del FA hacia la derecha. Se dio el brazo a torcer, se hicieron concesiones: UPM II, negociaciones de TLC, condescendencia con las FF.AA. y el giro a la derecha más flagrante en materia de seguridad, donde el fracaso es estrepitoso y se habla mucho de reprimir y poco de prevenir.

Esos desatinos tienen dos consecuencias: primero, la derecha debe moverse un poco más a la derecha si no quiere darle la razón al oficialismo, y segundo, el fracaso de lo hecho más la pérdida de ideología es un semillero de desencantados. Estas cosas pueden explicar la relativamente baja votación del FA en octubre (relativamente baja porque casi un 40% después de tres gobiernos no está nada mal), a lo que habría que sumarle el fenómeno de CA que pescó votos del FA tanto como de otros partidos, y merece algunas palabras, especialmente respecto a su desempeño en el interior (y el del FA).

El fracaso electoral más grande, pese a la remontada, está claramente en el interior. Comprender con precisión que pasó allí y empezar a revertirlo es una tarea impostergable: mucho diálogo con quienes dan esa pelea. Creo que hay unos cuantos factores que inciden, y todos ellos convergen en CA. El tradicionalismo que reúne los valores de patria y familia percibe la nueva agenda de derechos como una aberración moral, a lo que se suma un aparato mediático servil a la derecha y un bombardeo de desinformación vía redes sociales que da manija contra todo lo que sea de izquierda, en un medio donde el ejército tiene una muy buena imagen. Surge un caudillo militar que se apropia del artiguismo y capitaliza esos elementos, además valiéndose seguramente de la logística del ejército (de manera informal) para llegar al territorio.

Desmantelar el ejército y reemplazar las muchas funciones que hoy cumple por organizaciones civiles, sean instituciones públicas o autorganizadas, es una tarea que la izquierda debió hacer hace mucho. Sin embargo, en el contexto actual, CA está llamado a seguir creciendo; la coalición no puede desmarcarse porque lo necesita, cualquier ataque contra la tendencia antidemocrática de CA desde los demás partidos le va a dar más visibilidad y oportunidad de presentarse como la víctima de un sistema político que lava sus trapos en casa desplazando al “outsider” (entre muchas comillas), lo cual le vendría muy bien para seguir creciendo con el discurso de “se acabó el recreo” ya no del FA, sino de todo el sistema político.

La coalición además está llamada a quebrarse por sus muchas diferencias internas y por el hecho de que más tarde o más temprano, los socios, especialmente CA, querrán oficiar de oposición para perfilarse como competidores en las elecciones siguientes. Es por ello que para ganarle a Manini lo mejor parece ser un trabajo de hormiga, silencioso y constante en el territorio, disputando entre otras cosas el artiguismo. Ojalá la fuerza del voto a voto se mantenga para dar esa pelea: hay una tarea de largo aliento en pedagogía política de izquierda por hacer. Luego, a más largo plazo, y para un cuarto gobierno, revisar lo tradicional y buscar la forma de fortalecer el movimiento social en el interior: de lo contrario la batalla cultural se pierde irremediablemente, sencillamente porque no hay quién la de allí donde es más difícil ganarla, y sin embargo parece un objetivo posible dado el inesperado crecimiento en algunos departamentos. Eso sin embargo, merece algún reparo, pero importa enfatizar la necesidad de extender los valores de la izquierda más allá de la militancia político partidaria, aún a través de esa herramienta.

Segunda reflexión: sobre el crecimiento del FA en la segunda vuelta

Volvamos a hablar del FA. Luego del baldazo de agua fría de octubre, la militancia es la que se pone la campaña al hombro y carga en andas el peso muerto de una plana mayor vencida. La remontada de noviembre es obra de la militancia, de una militancia nueva, joven, y de una no tan joven que se había alejado, y advertida del peligro volvió a salir al ruedo. Es un logro que no se consiguió gracias a los dirigentes, sino a pesar de los dirigentes. Toda esa gente no salió a la cancha para militar por sentirse convocada por Daniel Martínez ni por ninguna otra figura (lo habrían hecho en octubre si fuera el caso), ni tampoco por los atractivos del programa de cara a un futuro gobierno, ni menos aún para defender una gestión que en el mejor de los casos, oscila entre regular y buena. La gente salió a impedir un retroceso, a frenar una derecha neoliberal, cristiana y militarista, a defender los derechos conquistados y la herramienta que permite esas conquistas. La gente es consciente de que el FA sigue siendo la única alternativa de izquierda viable y salió a defenderlo del avance de las derechas.

Ahora bien, el voto a voto fue un golazo electoral, pero ideológicamente puede haber sido un gol en contra. El FA creció y perdió de la mejor manera, con la frente en alto, a tal punto que festejó más el resultado que el ganador. Sin embargo, es sabido que se defendió lo indefendible y se propuso lo improponible a efectos de buscar votos en la derecha; desde mano dura y represión hasta la militancia del consumo. Mucha gente votó en noviembre algo que se supone es muy distinto a lo que votó en octubre; ¿será tan distinto entonces? ¿por qué un cambio de opinión tan radical en cuestión de un mes?. Un proyecto “de izquierda” que es respaldado por la gente solo porque ofrece crecimiento económico y bienestar material individual muestra su debilidad como proyecto de izquierda: el consumismo y el individualismo no deberían ser patrimonio nuestro. Si esas son las razones para votar al FA, es porque no supimos comunicar un verdadero proyecto de izquierda, lo cual es una derrota ideológica, y si como se dice, algunas derrotas son más dignas que una victoria, la verdad es que haber achicado tanto la diferencia de votos seguramente costó mucha dignidad. Más aún, cabe preguntarse si es un problema de comunicación o si en realidad no existe un verdadero proyecto de izquierda, y vamos a asumir sin más que el FA es de centro, y que su propuesta debe ser mitigar las desigualdades del sistema sin cuestionarlas abiertamente, asegurando su reproducción.

¿Cómo seguimos?

Advertida la importancia de las bases, y recuperado algo que quizá muchos creíamos perdido en el individualismo imperante, que es la existencia de una masa de gente dispuesta a dedicar tiempo y esfuerzo de su vida a la militancia, al proyecto colectivo, creo que es importante –primero- saber conservar e impulsar toda esa energía, y –segundo- canalizarla hacia un proyecto bien zurdo. Y si bien la reflexión requiere de una pausa, las elecciones departamentales de mayo no necesariamente serán un obstáculo.

A nivel nacional y a largo plazo lo segundo será más fácil, puesto que ser oposición permitirá un discurso de crítica por izquierda que indefectiblemente será visto como un camino viable frente a los resultados esperables de las políticas que se vienen.

De cara a lo primero, creo que es bueno señalar algunas cosas que más o menos ya sabemos, y que pasan por abandonar ciertas formas de hacer política. Las viejas formas de organizarse y de militar son una máquina de alejar a la gente, y a veces son también rasgos odiosos de los (otros) partidos tradicionales. Esa militancia que creíamos perdida probablemente no se acercó antes por dos razones: por un lado, es probable que en contextos anteriores no haya sentido la necesidad de involucrarse puesto que al FA le iba bien, y por otro, es probable que aunque le hubiera gustado involucrarse, optó por no hacerlo porque la forma de participar es un embole (además de tener un candidato poco atractivo y un partido que generó desencantos).

¿A qué me refiero con esas viejas formas de hacer política? Me refiero a la lógica del comité (que es una herramienta valiosa pero no tal como han funcionado hasta ahora). Hay mucha gente que no está dispuesta a fumarse horas y horas de discusión improductiva, ni a hacer número para aportar al carguito de fulano de tal, que es dueño del comité (en el peor de los sentidos atribuible a la palabra dueño). Para los jóvenes, actividades como pintar muros y volantear más allá de ser útiles y desarrollarse con gusto son un botijeada importante si no hay participación de verdad. Hay mucha gente que quiere aportar desde un lugar donde haya discusión pero que sirva de algo, con incidencia en las decisiones, y sobre todo de una forma más horizontal, es decir, sin un jerarca que siempre tiene la última palabra, rodeado de un séquito de trepadores que esperan ocupar ese lugar cuando el tipo asuma el carguito, ni con prácticas que implican que las decisiones se cocinen entre unos pocos y luego se convaliden en una instancia que es un simulacro de pluralidad.

Creo que es posible pensar nuevas y mejores formas de organización más atractivas para la militancia. Formas de organización que pueden y deben surgir desde las bases, puesto que el verdadero cambio en un proyecto de izquierda es de abajo hacia arriba, y además son cambios que implican cuestionar una estructura de poder ampliamente legitimada e institucionalizada desde arriba, por lo cual allí habrá resistencias.

Algo que me parece relevante es que la gente se desanima si no ve resultados en plazos más o menos breves. Esto quiere decir que quizá no haya mucho interés en ponerse al hombro un proyecto transformador omniabarcativo; todos queremos cambiar el mundo, pero da mucha paja hacerlo, e intentar ir a por todo puede conducir a una gran decepción al enfrentarse con lo inabarcable del objetivo. Trazar metas accesibles puede ser mucho más estimulante. En ese sentido, la organización de la militancia en base a temáticas concretas puede ser muy atractiva, por lo que organizarse en círculos temáticos o comités funcionales puede ser muy útil: de alguna manera funcionan como colectivos más que como órganos de un partido y permiten enfocar esfuerzos, cumplir tareas y ver resultados que siempre son un estímulo a seguir. El desafío es la comunicación entre ellos; lograr que pese a la especialización todo el mundo esté alineado en el discurso y aporte desde su lugar a la construcción del proyecto común, lo cual requiere instancias de intercambio y de formación.

Pero además de esta forma de organizarse, la horizontalidad es clave para romper con las viejas formas de hacer política: un espacio donde alguien ocupa un lugar central y donde se percibe una estructura jerárquica en la que cada uno tiene un lugar, es muy poco atractivo para generar participación, especialmente en los más jóvenes. El que es nuevo rápidamente percibe que su opinión no es importante. Romper con eso es clave no solo para retener a los más jóvenes, sino también para empezar a mostrar que es posible una forma de organización no jerárquica, o menos jerárquica, que a su vez vaya permeando un sentido común muy anclado en una especie de principio de autoridad, según el cual siempre alguien debe asumir el mando, como si ningún grupo humano pudiera funcionar democráticamente aún en su peor crisis, lo cual mucho tiene que ver con el auge autoritario que vivimos. Necesitamos que el comité sea un espacio de diálogo y de construcción lo más horizontal posible para disputar ese sentido, y para que ciertos valores, como la horizontalidad, la tolerancia y el diálogo permeen otros ámbitos. La militancia política y sus espacios son solo uno de los campos donde la izquierda debe disputar hegemonía: el proyecto político debe trascender ese espacio.

Pero, ¿cómo hacerlo? Tiro algunas ideas; cuidar el promedio de edad de los espacios puede ser útil; evitar especialmente que los referentes monopolicen la palabra (obligatoriamente deberían ser los últimos en hablar, y no necesariamente con la última palabra); evitar en general que se monopolice la palabra (límite temporal a rajatabla); evitar que los encuentros sean dirigidos por una persona y más aún que sean dirigidos por la(s) misma(s) personas siempre (rotar quien cumple las tareas típicas de cualquier encuentro; convocar, llevar lista de oradores, proponer orden del día, etc.); democratizar el espacio (nunca debería haber un montón de sillas orientadas hacia una mesa con unas pocas personas, siempre debería haber una ronda); democratizar la palabra (en lugar de una lista de oradores, quien usa la palabra decide a quién la cede, de entre quienes la hayan pedido mientras hablaba[1]). Todo esto puede parecer poco práctico al principio, y quizá cueste un poco, pero rompe con una lógica jerárquica que alimenta un sentido común autoritario, y a su vez genera su antítesis: participación, democracia y autoorganización. Toda una nueva forma de hacer las cosas de manera colectiva que es necesaria para generar una sensibilidad de izquierda a largo plazo, además de hacer de los espacios de militancia un lugar más ameno.

El voto a voto nos mostró que aún hay muchas ganas de militar, de defender un proyecto de izquierda, de involucrarse en lo político sin ambiciones personales, pensando en lo colectivo. Fue principalmente la juventud la que se organizó y se movilizó para darle pelea al embate de la derecha, y casi logra hacer lo que la dirigencia no pudo. Y especialmente meritorio es el trabajo de lxs compañerxs del interior. Todo esto hace pensar cuán necesario es darle mucho más lugar a los jóvenes, cuán necesario es horizontalizar la organización, si es posible al punto de no hablar más de bases, que presuponen un arriba y un abajo: democracia, más que el gobierno de los de abajo, es la abolición del arriba.

No perder esa energía es clave para revitalizar al FA, y las elecciones de mayo pueden ser una oportunidad para revisar las prácticas, romper las viejas formas y recuperar el terreno cedido a las derechas.

[1] Ésta práctica es una enseñanza del colectivo ENTRE.