Después de un arduo año laboral, con mi novia decidimos emparejar nuestra licencia para febrero, donde con los pocos pesos ahorrados alquilaríamos una hermosa choza de barro y vitrales en la costa del balneario Marindia. Llegamos en un descascarado ómnibus interdepartamental apestado de fluidos corporales y olor a gasoil mal quemado, nos acomodamos y posteriormente almorzamos unos tallarines de acelga con salsa maniobrada por quien les narra. Realmente delicioso.
A la par de la panza llena y la siesta bien comitada fue descendiendo la temperatura junto con el sol, y acordamos entonces inaugurar la temporada de playa; nos preparamos a sabiendas de la longeva caminata que nos esperaba, por lo que llevamos el mate ya pronto para la amarga cebada, y salimos entonces, bien blancuzcos de protector solar, con una sonrisa de oreja a oreja. Recuerdo que llegamos a la playa por la primer bajada que se nos cruzó por delante, y debido al entusiasmo, en ningún momento se nos ocurrió referenciar la misma con algún distintivo, cosa de que a la vuelta, fácilmente pudiésemos reconocer cómo retornar a la choza. Recién a unos cuantos kilómetros de charla nos percatamos de nuestro error; mi novia entonces me esclarece que tenía un vago recuerdo de ver una garita de salvavidas al pisar la playa. Yo tomé por fiel su palabra, ya que al girar el cuello se podía vislumbrar una estructura borrosa -muy borrosa- con ánimos de ser una garita asentada sobre un médano de arena. Todo a nuestro alrededor era arena, arena y mar, médanos de arena y de soledad en aquel balneario inhóspito de Marindia. Posiblemente un febrero muy pobre en cuanto a turismo se refiere, ya que no había nisiquiera un módico pescador o residente en la costa. Parecía una playa virgen, no yacían desechos, ni huellas prematuras o viejas marcadas en la arena. Las gaviotas conversaban entre sí, a los gritos, posiblemente discutiendo por cuál carroñaría primero los ojos de algún pez ya desfallecido en la orilla.
Caminamos no se estimar cuánto mas, dejando nuestros pies marcados en esta inmaculada porcelana hirviente y beige que tomábamos por arena; paramos en la cima de otro médano indistinto para fumar un tabaco cuando la garganta comenzó a sollozar por agua, y vuelta de mate mediante emprendimos el alegre retorno a la choza. A esta altura, nuestras preocupaciones se vieron felizmente resagadas por la dicha momentánea, típicamente vacacional, y poco nos importó dar con nuestro camino correcto de vuelta. Ya no veíamos la garita, mucho habíamos caminado, pero por razonamientos lógico-conductivos inconcientes era de esperar que apareciera a medida que nos acercábamos a ella. Muy despreocupados caminamos, entre risas y anécdotas iba atardeciendo, y aunque ninguna silueta semejante a una garita de salvavidas se diganaba a aparecer, nos conformábamos con seguir nuestras huellas recientemente estampadas; únicas huellas en este desierto pulcro y abandonado, violado por nosotros dos.
Me comentaste que se te hizo larga la caminata, te comenté que era fruto de la charla. Me advertiste que se venía la noche, te advertí que eso ya era de mi conocimiento. Me hiciste saber que estabas preocupada, y te quise hacer saber que yo también; e inmediatamente, para nuestro alivio, muy, muy allá a lo lejos, noté y suspiré placentero, que la garita parecía ahora estar al alcance de mis retinas. Procedí a frotar ambos ojos con los dedos índice y pulgar para asegurar mi enunciado, y lo confirmé. Garita a la vista. Insisto en que no se distinguía de forma nítida o fidedigna, pero debía ser la garita, y entonces, ahora mucho menos tensionados, nuestra única preocupación era llegar hasta ella antes que la noche devorase nuestra visión.
Apresuramos el paso, metimos pata, corríamos con la noche a nuestras espaldas y aún así parecía que nunca nos acercábamos a la garita. Corrimos más, nos fatigamos mucho, y sudamos cantidades preocupantes antes de dar cuenta que la garita era inalcanzable, inamovible, un oasis macabro y vivo que se alejaba proporcionalmente nos íbamos acercando. A esa altura nuestra sed y deshidratación era abismal, ya era completamente de noche, la oscuridad penetraba en nuestros poros como agujas, y la tortura de estar rodeado de agua no potable dolía en nuestras esperanzas, cuando pensé que sería una buena idea filtrar el agua con mi remera; ambas partes acordamos y así cumplimos, como un pacto, bebiendo insaciables litros de agua salada. En ese momento nunca me sentí tan animal, tan disociado de mi persona como individuo social, y creo que ella tampoco.
Poco recuerdo hasta el amanecer siguiente; me desperté entre los primeros rayos de sol con los gemidos de mi novia, que estaba volando de fiebre, retorciéndose en la arena. La cargué como pude hasta el mar y la empapé en él evitando que tome más de este tramposo líquido incoloro, y luego la arrastré hasta la orilla reojeando la garita. En cuestión de horas ella se recuperó débilmente y pudimos retomar rumbo. No caminamos mucho más cuando por puro agotamiento me descompensé y al poco tiempo ella también. Despertamos al rayo del sol entre peces roídos y gaviotas alerta, nos levantamos, tropezamos unos metros más hasta volver a caer, y así repetimos esfuerzo tres o cuatro veces más.
Mis siguientes memorias habitan en el delirio profundo: recuerdo despertar y tomar el pulso de mi novia, no sé si la di por muerta en ese instante o cuando una gaviota le carcomió el primer ojo; las espanté como pude -o como ellas me dejaron- y miré hacia la garita con mucho odio que seguía igual de lejos. Llorando la desnudé y usé sus ropajes para cubrirme la cabeza luego de empaparlos en el mar, me despedí de su vida con un beso en su frente, mojado únicamente por mis lágrimas, perdiendo así lo poco de agua y alma que me quedaba en el cuerpo. Muy dolorosamente, con la mirada encizañada en la garita hija de puta, la cargué en brazos y proseguí el paso siguiendo nuestras huellas. Caminé apretando los dientes, con la frente baja solo para descansar la vista, parando solamente para llenar el pulmón de una bocanada, llorando de un dolor más espiritual que físico; caminaba hasta que se quebrantaban mis rodillas de pesadumbre, después recomponía voluntades y continuaba voluntario. La muerte de mi amada me había dado la fuerza, el odio, la obligación y la responsabilidad necesaria para llegar a la garita, yo y ella inherte en mis brazos; a como dé lugar.
Pasaron tres amaneceres más, repitiendo mecánicamente el mismo cíclo: caía, me levantaba moribundo y recorría muy poca distancia; caía, me levantaba aún más moribundo y recorría aún menos distancia; caía y me levantaba… y la garita de mierda continuaba igual de lejos, alejándose siempre conforme a mi paso.
Otra noche cayó y nosotros caímos con ella. Desperté con una dulce brisa fría, un pitido ensordecedor martillaba mis oídos y la arena me picaba en los ojos como gaviotas; curiosa y casi alegremente estaba abrazado a mi novia como cualquier otra mañana, ella se había acurrucado en mi pecho, y me acariciaba sutilmente el pelo y el rostro; sentía su respiración viva en la nuca, la fogosa luz apuñalaba mis párpados aún cerrados; una gaviota, pico en alto, se regocijaba con mi ojo izquierdo y con el restante entendí que la garita estaba ahora al lado nuestro, que de alguna forma -no por mis medios- habíamos logrado alcanzarla. No comprendía qué clase de somnolencia delirante me había logrado atrapar anteriormente. Mi novia, más viva que nunca, intentaba inútilmente alejar a las carroñeras mientras lloraba desconsolada de rodillas sosteniéndome en brazos y sus labios humectados en lágrimas refrescaban mi frente ya carente de vida. Y me despojó de toda prenda; y me despojé.

“Todos somos gaviotas cuando en el mar no hay peces”

23-26/12/2019
Marindia