I

“Soledad es independencia”
me digo a mi mismo
una y otra vez
hasta que las palabras comienzan
a sonar raras
y fuera de contexto
No lo decide el azar
es fruto de cosecha
es obra u omisión
lo quiere lo tiene
Mientras más lo pienso
más lo veo
en las estrellas del firmamento
en las olas del mar inmenso
en las nubes que se incandilan
con el incipiente sol
lo veo
en el colectivo de nuestra existencia
“Somos los nietos de los que perdieron la Guerra Civil/
no somos nada”
Nosotros los nuevos
nos olvidamos de seguir buscando
y estamos más cerca que nunca
pero los hilos los mueve el Diablo
que más sabe por viejo
pero nadie es inmortal
Mientras más lo pienso
más lo creo
y lo sufro de forma inexorable
y me gana una desidia
con gusto a mar
y se tiñe de empatía
al ver las estrellas
y me hacen pensar
que el cosmos no sufre la soledad
La sufre la humanidad.-

II

«La isla era un camalote», pensé mientras miraba de forma inquisitiva el cacho de tierra que flota a unos 300 metros de la playa Malvín. El pensamiento me perturbó de una forma que no esperaba, por lo que tuve que apagar el pucho y levantarme del banco en el que yacía desde hacía unos 12 minutos aproximadamente. Habrían unos 12 o 13 grados de una invernal, hermosa temperatura que anunciaba el eventual abandono del estío. El paso era cansino pero seguro, templado como la sangre que abastecía y aceitaba la maquinaria caminante. El andar bípedo como victoria sobre las especies, estándar fisiológico interpretado en términos literales de la basta mayoría de posturas ético-morales de nuestra civilización cuyo síntoma de hundimiento comienza a avizorarse más que nada en Occidente. «Pegó mal», pensé apurado, mientras la querellante mirada se concentraba en los pies y en su traqueteo sistemático. «Es la Isla de las Gaviotas y según Google es un islote. Ignoro el porqué de la etiqueta, entonces». Seguí caminando, esta vez con más prisa. El frío había quedado tallado en la piel y habitaba en las fosas nasales y en las falanges. Un envión de hambre se hizo sentir en la parte inferior del estómago refiriendo a cierto hastío propio de la nocturnidad. Pensé en la isla del fallido aerocarril, en su fotografía fuera de foco como señal de avistamiento de un cuerpo desconocido; pensé en imágenes y sonidos que se comunicaban entre sí por Código Morse, jugando con la simetría de un corte sagital y la ilusión de un millar de espejos cuyos bordes convergían todos en un punto, que era un punto y todos los puntos y cada recuerdo del pasado y cada proyección del futuro cercano era un colorido cristal en un caleidoscopio interminable que no para de girar jamás. La prisa era ya aceleración, hasta que llegué. Tras golpearse la puerta con el viento, casi rompiéndose los dientes, me limpié los pies en la lengua y subí por el ascensor. Saqué la llave de la retina de abajo del felpudo, entré por el pasillo del nervio óptico y tranqué las meninges. Al fin, apoyé con cansancio la cabeza en el cerebelo. Me tapé con el lóbulo parietal. Y me dormí. 

Y soñé con el Islote de las Gaviotas.