El título parece una canción de Mux, pero a veces la literalidad rinde.

El año pasado, a fines de diciembre nos juntamos con Las Sobras a jugar juegos de mesa, escribir (un poco) y chupar un montón de birra, como siempre. No me acuerdo si fue antes o después de jugar al Dixit que quisimos hacer un juego de escritura, o algo así.  Alguien propuso un tema  y empezamos a escribir sobre eso. Las fiestas de fin de año. Abarcaba bastante y no era nada nuevo pero cada uno tuvo distintas ideas relacionadas con nuestras personalidades. 

A mi se me ocurrió escribir sobre una Navidad muy particular y triste que siempre quise escribir pero nunca tuve el momento. Guardé el texto por mucho tiempo, en algún momento lo perdí. Cuando empezó diciembre de este año, en pandemia, con gente estresada y saturada se me ocurrió volver a relatar esa historia que empezaba más o menos así. 

En diciembre de 2001 nadie quería festejar las fiestas en mi familia. ¿ Cuál era la gracia? No había nada para festejar; lo sentía en la mirada de mi madre y en el poco interés por organizarla a diferencia de otros años. Sus ojos cansados, las ojeras exageradamente marcadas por el llanto. El silencio en casa, lo poco que hablábamos. Yo jugaba con mi perro, hablaba con él y éramos mejores amigos. En la escuela no tenía con quién hablar, quién entendería.

Nuestros cumpleaños en ese diciembre fueron aburridos y sin sentido. No pasó nada interesante que pueda recordar en este momento. Algo que valiera la pena y nos haya hecho olvidar por unos segundos que hacía menos de un mes se había ahorcado mi hermano, en el baño de casa. Yo no podía ni podía acercarme a ese baño, cuando tenía la necesidad de ir mi madre me acompañaba y se sentaba afuera. Esperándome. En mi mente, estar en ese baño implicaba perder la cabeza y terminar haciendo lo que mi hermano hizo; como si esa habitación de azulejos blancos y celestes fuera diabólica.  Supongo que mis padres se sintieron obligados a festejar y querían estar bien por mí, y por mi otro hermano que cumplíamos años seguidos; el 5 y 6 de diciembre respectivamente.

Esa navidad la festejamos por mi primo que no paraba de cantar canciones de Papa Noel y hablar de Santa Klaus, había mirado muchos dibujos en español neutro y ya su voz no era su voz y papá Noel era Santa Klaus. Los fuegos artificiales estuvieron buenos. La comida también. Después vinieron los regalos, con mucha emoción por parte de mi primo y yo solamente siguiéndole el juego.  Me acuerdo que pensé que no habían sido los mejores regalos. El helado y las masitas pasaron desapercibidos entre tanta tristeza. Como las sobras de las masitas más ricas y que nadie quiere comer.

Años después encontré una foto de esa navidad, en ella se ven mi tío con mi primo. Yo ya era grande y podía razonar lo que había pasado. La obligación de festejar por mí y por mi primo con la angustia que estaban viviendo. Pienso en la increíble fuerza de mi familia.  Y era fin del 2001, Montevideo gris, cercano al  2002. 

En los ojos de mis tíos se ve un dolor inmenso, cansancio y amargura. 

No he hablado nunca de estas fiestas con él, ni con mi primo; ni con mi madre.