Nunca voy a olvidar el verano del 2005. Ese verano se nos había antojado, a mi hermana y a mí, hacer una huerta en el fondo de casa. Capricho que mi padre consintió satisfacer solo porque la licencia le resultaba angustiante: todo el año se quejaba del trabajo, pero durante esos veinte días se quejaba de no tener nada que hacer y daba la sensación de que lo hacía con más pesar. Además por aquellos días la abuela Irma (su suegra, también de vacaciones), se estaba quedando en casa, y su estadía se había prolongado más que lo que a mi padre le hubiera gustado, esto es, cero días, por lo que ocupar tiempo y energía con la huerta le venía muy bien.

Ni siquiera había que empezar de cero por lo que el trabajo no era tanto, sino simplemente recuperar la huerta que habíamos hecho el año anterior y luego habíamos abandonado, un poco por la escuela y otro poco por impaciencia. Era cuestión de dar vuelta la tierra, sacar los yuyos, comprar unos plantines y hacer unos almácigos: en diez días estaba todo pronto y en un mes haríamos las primeras cosechas. Claro que para mí todo eso era mucho tiempo.

Ciertos cultivos son particularmente adecuados para una huerta doméstica, por su rápido crecimiento principalmente, y porque no requieren grandes cuidados. Tal es el caso del tomate, la acelga, el zapallo, la albahaca o el perejil. Plantamos unos cuantos de cada uno, y todos en mayor o menor medida se adaptaron al lugar, pero fue llamativo el desarrollo de la zapallera. El zapallo se puede sembrar sin ningún esfuerzo directamente en la tierra; basta con desparramar las semillas, apenas si hace falta cubrirlas con una capa de tierra, y con buen riego germinan todas en unos pocos días. Pero sorprendentemente solo germinó una semilla, que sin embargo lo hizo de un día para el otro.

La planta crecía a una velocidad inusitada; al primer día tenía tres hojas, grandes, al segundo medía ya un metro y medio, y a partir del tercer día comenzó a crecer a razón de dos metros por noche, con numerosas hojas y grandes flores amarillas, alejándose varios metros de los límites de la huerta, pero sin dar ni un fruto.

Luego aprenderíamos que en realidad, la reproducción del zapallo tiene sus complejidades: para que la planta fructifique se requiere de la polinización de las flores, razón por la cual es conveniente tener más de una planta para aumentar las chances de que los insectos hagan su aporte en el proceso, aunque es posible con una sola planta si ésta da al mismo tiempo flores de ambos sexos. Sin embargo la cosa se complica, porque las flores –muy apreciables por cierto- abren una sola vez, durante algunas horas, por lo que las chances de una polinización exitosa con pocas plantas son muy reducidas. Pero me estoy yendo por las ramas.

La zapallera me recordaba a la planta del cuento, que había brotado de unos frijoles mágicos y transportaba al personaje, hacia el cielo, muy alto, no sé a dónde. Todos en casa estaban maravillados y los vecinos miraban todas las mañanas por encima del muro, con la excusa de verla. Esto molestaba bastante a mi madre.

Una noche muy calurosa, con mucha luna, decidí levantarme de la cama y dar un paseo por la huerta. Era lo que la abuela Irma llamaba “insomnio en la canícula” (supe el significado de esa palabra varios años después), pero principalmente lo que me impedía dormir eran sus ronquidos. La abuela Irma era dueña de un potente ronquido. Un ronquido que merecía pasar a la historia con un nombre rimbombante. Huyendo de él y preguntándome cómo hacían los demás para conciliar el sueño, me vestí y salí afuera por la puerta del fondo.

La huerta no era un lugar agradable durante la noche. La luz de la luna daba a los vegetales un verde fantasmagórico, con cierta fosforescencia, y había muchísimas arañas por todas partes que venían a alimentarse, no de los vegetales sino de los insectos que a su vez venían a alimentarse de aquellos. Contemplé un rato las plantas y los bichos, y luego seguí la guía del zapallo, que me condujo hasta la ventana del cuarto de la abuela Irma. La planta comenzaba a prenderse de un postigo y parecía forcejear con él intentando abrirlo. La separé, y entonces me dijo

– Termina con el ronquido.

Concluí que se trataba de una ensoñación fruto del desvelo, el calor y el estrés de no poder dormir, pero comprobé que no era el caso porque en ese momento debería haber despertado en mi cama, y seguía parado allí con la guía del zapallo en la mano. La planta insistió:

– Mátala.

La solté y me quedé petrificado un instante, mirándola atentamente. Advertí que las flores –de un amarillo intenso- estaban todas abiertas. Esto me llevo a pensar que la planta tampoco podía descansar a causa del ronquido de la abuela Irma y el calor aplastante, y en su desesperación había tomado la decisión homicida.

Intenté calmarla. Le expliqué que la abuela Irma solo había venido por unos días, que tuviera paciencia, que mañana mismo ya se iba a ir y que por favor no la matara. Ella no dijo nada, ni se movió, y después de un rato decidí volver a la cama.

A la mañana siguiente apenas me desperté fui al cuarto de la abuela Irma, que estaba justo enfrente al mío (era el de mi hermana, que momentáneamente dormía en el living), y me asusté mucho porque no la encontré. Corrí a la cocina donde solo estaba mi madre, y le pregunté casi sollozando dónde está la abuela Irma. Ella llorando -estaba picando una cebolla- me recordó que ese día volvía a su casa, así que todo estaba en orden. La abuela Irma se había ido y volvía la paz para todos los vegetales y personas del hogar.

Un día después de la partida de la abuela Irma, la planta nos obsequió un delicioso zapallo de cincuenta y dos kilogramos. Mi padre estaba muy agradecido.