Estás ahí,
te ves sentado en el medio del espejo
con la miraba absorta en la superficie,
en las manchas de la superficie;
te ves allí
abandonado al ostracismo,
envuelto en una nada putrefacta;
una sombra apática,
un ápice de carne y carbón
enterrado hasta las pantorrillas
en un pantano de bolsas de basura.
Pensás en volver a tu casa
y quedarte sentado levitante
en el espacio vacuo,
entre relojes rotos
y el descoordinado canto dorado
de su ficticio campanario,
el alma perdida en las pupilas
vacías por el reflejo,
entre cuadros truchos
y adornos indescifrables
cubiertos por una capa de polvo,
espesa, de un verdoso áspero.
Vas sintiendo cómo se decascara tu piel,
apestado por algún flagelo de la modernidad
que azota en su virulencia
todo lo mediocre.

Te acordás de los bosques nativos,
del sol colándose por hendiduras,
el efecto refractario en la membrana,
cementerios bélicos
de cascarudos confundidos
alrededor de expresiones mínimas
de luz.
Te ves adentro
del soplido cándido,
que asoma, cada tanto,
por entre las pinochas que aún
no lograron la cresta;
te acordás de cómo Orión
termina siempre acostado
boca abajo en la cuchilla
del segundo cerro, muerto,
anunciando el alba
y su próxima resurrección;
se te viene a la cabeza,
como un lúcido relámpago de hipocresía,
la voz de tu vieja,
la tos de tu viejo,
el pinchazo de la aguja
seguido del gusto a metal alcalino
y el olor a sangre sucia, espúrea.

Recordás la mentira constante
y la mirada evasiva. 

Volviste a casa,
y ahí estás: solo. Estás
en la punta de un témpano violáceo
envuelto en crisálidas
de otro hielo, distinto y ajeno.
Volviste pobre e indefenso,
grotesco y moribundo,
vivo y tragicómico,
con el dolor al borde del paroxismo.
Te ves por fuera
como nacido,
apenas una protuberancia en el continuo,
sin haber podido resolver ni siquiera la primera pista;
contante y quieto,
justificás tu inmovilidad
con la excusa de turno.
La virtud imbécil,
el cuello frío por la decadencia
que se cuela por la goma vencida
de la ventana.
Los ves a ellos…
En tu trance
dejaste que se llevaran
tu fe y tu vergüenza;
los dejaste incluso que se hicieran
con la tumba que cavaste,
e incluso habías engalanado
con tus más finos harapos,
con un manto hecho de nubes
que algún día viste,
con retazos de niñez y de ignorancia. 

Y ya no tenés
ni dónde caerte muerto.
Vos querías volver…
La vista nublada
por los esperpentos del azar
que perforan minúsculos orificios
en la tráquea y los pulmones;
la cara usada,
el hilo de baba que se forma en
en la parte interna del labio inferior,
un lamparón violáceo en la mejilla ofrecida a la oscuridad,
por el cóctel de alcohol y tabaco:
una simple colección viviente
(o cúmulo accidental)
de atributos del absurdo.
Te olvidaste de la forma
de las líneas de tus manos,
te cuesta sentirle el gusto al aire de la media tarde,
y ya no distinguís
el tibio anaranjado del amanecer
del rojo incandescente del ocaso. 

Es como si te vieras
tendido en las arenas del Cáucaso,
liviano (el entrecejo al fin relajado,
la mirada al fin inocente),
cegado ante el resplandor jerárquico,
incapaz de ver otra cosa que blanco
y en el blanco ves el centro,
el eje de todo,
un conjunto incontable de puntos
y en cada uno están todos los puntos,
todos los rostros de todas las personas,
cada poro vivo y muerto
que existió jamás,
sus miedos, sus propósitos;
es como si te vieras
viéndote en el aleph.
Indolente, te quemás
hasta quedar reducido
(tú, tu pasado y tu potencia)
a nada más que hueso;
es como si te vieras
cambiar a estado gaseoso,
como si volvieras a ser uno
con la materia.
Como si, realmente,
volvieras a casa. 

Así, de a poco, vas renunciando:
te refugiás en tus desavenencias,
dejás que el polvo te envuelva
como a un reloj viejo de campanas de bronce,
y te quedás sentado
entre cuadros truchos
y adornos indescifrables.
Volviste a casa…
y no sos nadie.